Derechos LGTBI
Salir del armario en el instituto: "¿Cómo vas a decir que eres gay si los chicos están todo el día con el 'maricón' en la boca?"
Alumnos y educadores explican que una nueva "LGTBIfobia banal" alimenta el miedo a la burla y el rechazo
Más del 50% de alumnos LGTBI de entre 15 y 17 años dicen haber sufrido acoso, según datos de la UE

Adolescentes a la salida de un instituto en Barcelona. / MANU MITRU / EPC
Paula Ortega
Pol, de 15 años, no tiene muy clara su orientación sexual, pero sí que "ser gay" no es ahora mismo una opción. El otro día, por ejemplo, estaba sentado en un banco y, casi sin querer, reposó su cabeza sobre el hombro de un compañero, que se separó de él como agua hirviendo. "No seas maricón", le dijo. "Ja, ja, ja", se rio él, como si realmente le hiciera gracia. De hecho, lo hizo con el mismo entusiasmo impostado con el que sale a la carrera cuando alguien grita "gay el último" o se queda paralizado cada vez que un compañero suelta ese estribillo del patio y el pasillo: "¡Quien se mueva es gay!".
A Pol le gusta Bad Gyal y en casa lee las novelas encendidas que devoran sus compañeras. Pero en clase no dice nada sobre sus preferencias. No porque tenga miedo a sufrir bullying, aunque la amenaza esté ahí: al fin y al cabo, según datos de la UE, más del 50% de alumnos LGTBI de entre 15 y 17 años dicen haber sufrido acoso. A lo que realmente Pol teme es al rechazo, a convertirse en una especie de apestado social. No son manías suyas. De un tiempo a esta parte, tanto educadores como alumnos apuntan a que una especie de homofobia banal se ha convertido en una obsesión adolescente, sobre todo entre los chicos. "Quita, maricón" y "eh, gay" son otras de las consignas que más se arrojan, entre el chiste y la granada, los unos a los otros. "Dicen que es broma, que es humor negro, pero en realidad es discriminación", afirma Amanda, que ha acabado primero del Grado de Educación Primaria y explica que en su 'cau' también ha detectado comportamientos "homófobos y racistas" entre los chavales de la ESO que antes nunca habían visto.
"Dicen que es broma, que es humor negro, pero en realidad es discriminación"
Entre chicos
"Los insultos no van tan dirigidos a los 'diferentes' como a ellos mismos, y los utilizan desde los populares, los machotes, hasta los que quieren ser aceptados, por lo que ¿cómo alguien va a decir que es gay sabiendo que se reirán de ti?", apunta Lara, de 14 años. "Es verdad, lo decimos todo el rato, en broma, supongo que muchas veces sin tener en cuenta que puede afectar a gente", admite su hermano Álex, de 17 años.
En la bancada de los docentes también han detectado que los chavales tienen "el 'maricón' todo el rato en la boca". "Yo soy profesora desde hace ocho años y no he notado tanto que el bullying haya aumentado como que el insulto se ha legitimado", explica Cristina Martín, que forma parte de la comisión Arcoiris de su instituto. Según este docente, esta LGTBIfobia de trazo más fino proporciona "capital social" a quien la invoca y "armariza" en el sentido de que dibuja una línea roja entre lo que es aceptable y lo que no, e "infunde miedo a abrirte y a vivir y hablar con libertad de tu sexualidad".
"Yo soy profesora desde hace ocho años y no he notado tanto que el bullying haya aumentado como que el insulto se ha legitimado"
Pánico social
Tanto es así, explica la docente, que a veces las comisiones LGTBI, que deberían ser un espacio seguro, dejan de serlo cuando se sabe qué alumnos forman parte de ellas.
"Yo creo que ser LGTBI en secundaria es más fácil ahora que hace 30 años, pero más difícil que hace tres o cuatro, estamos yendo hacia atrás", afirma Helena, de 17 años. A su entender, las chicas viven su sexualidad con mayor libertad que los chicos, víctimas de una especie de pánico social a que se rían de ellos por no estar a la altura de lo que suponen que debe ser un hombre.
"Yo creo que ser LGTBI en secundaria es más fácil ahora que hace 30 años, pero más difícil que hace tres o cuatro"
"Quienes están con el gay y el maricón son ellos, a nosotras no nos afecta tanto", añade esta alumna de primero de Bachillerato, que admite que, ante insultos o comentarios, sopesa si intervenir: "Dices alguna cosa dependiendo de la gravedad, porque, si no, te acabas convirtiendo en la pesada, en la aguafiestas que siempre está a la que salta y eso también te acaba perjudicando".
Educación sexual
De hecho, este repunte alimentado por la extrema derecha y youtubers hipermachos que predican el alto rendimiento personal convive con libertades antes inexistentes. Los estudios apuntan a que muchos patrones tradicionales se han roto en los últimos años (por ejemplo, casi una de cada cuatro alumnas de secundaria dicen sentirse atraídas tanto por chicas como por chicos, según la Enquesta de Convivencia escolar i seguretat a Catalunya). Y, con sus dificultades, también han surgido muchas comisiones LGTBI.
"Yo creo que hay más diversidad de opciones validadas y que eso ha creado una reacción a la diversidad"
"Yo creo que hay más diversidad de opciones validadas y que eso ha creado una reacción a la diversidad, también porque tienen pocos referentes masculinos que se escapen de la norma", señala Marta Caño, directora del instituto Maria Espinalt, centro que forma parte de les Escoles per la Diversitat i la Igualtat. En él, a partir de segundo, imparten educación afectiva y sexual cada 15 días en grupos pequeños desde segundo a cuarto de la ESO. "Se crean momentos mágicos, porque poco a poco son capaces de hablar sin juzgar, conectan con sus deseos y conocen otras realidades", añade la profesora, que entiende que iniciativas de este tipo son espacios de autoconocimiento y libertad y también cortafuegos para las violencias y la discriminación.
Precisamente en IGLYO, la organización internacional de jóvenes y estudiantes LGTBI, tiene "monitorizado" ese repunte de la LGTBIfobia que permea en las escuelas. "Quienes más la sufren son las personas trans e intersex", afirma Ru Ávila Rodríguez desde la dirección adjunta de la plataforma. Y aunque desde esta entidad valoran el salto legislativo y los protocolos antiacoso que se han activado en los últimos años, detectan que, llegado el caso, a menudo ni familias ni escuelas saben bien cómo actuar y acompañar. "Yo aún tengo heridas de cosas que me pasaron de cuando iba al colegio y que me callaba porque tenía vergüenza y no sabía cómo explicarlo –añade–. Creo que ahora estas violencias se detectan más, pero en los centros educativos falta desarrollar espacios seguros y también formar al profesorado, porque eso aún depende de la voluntad de cada centro y de cada docente".
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