Memoria democrática
"He llegado a respetar a mis asesinos": la Universidad de Córdoba distingue a Alejandro Ruiz-Huerta, último sobreviviente de la matanza de Atocha
Su testimonio reconstruye la brutalidad de aquella noche y el largo camino para convivir con la memoria y el miedo

Alejandro Ruiz-Huerta, en un despacho de la Facultad de Derecho. / Víctor Castro
Adrián Ramírez
"Con la compasión he llegado a respetar a mis asesinos". Ha pasado casi medio siglo desde aquel 24 de enero de 1977, cuando un comando ultraderechista irrumpió en el bufete de abogados de la calle Atocha 55, en Madrid, y asesinó a sangre fría a cinco de sus integrantes. Sobrevivieron cuatro, entre ellos Alejandro Ruiz-Huerta, madrileño afincado en Córdoba desde 2007, donde ha sido profesor de la Facultad de Derecho una década. Este viernes, la Universidad de Córdoba le entrega el cuarto Premio Memoria Viva.
Alejandro camina despacio y con una ligera cojera en la pierna derecha, donde penetraron las balas que casi le arrebatan la vida. Relata lo sucedido aquel día de carrerilla: lo ha recitado cientos de veces; se acuerda de él a diario.
En 1973 fundó un despacho junto a sus amigos Antonio Doblas y Javier Benavides, este último asesinado en 1977. Trabajaban en barrios como Vallecas o el sureste de Madrid, donde —subraya— "nos especializamos en defender los derechos de los trabajadores, no en derecho laboral". Dos años después nació el despacho de Atocha.
Una sangría terrorífica
Pese a su vinculación con el Partido Comunista (PCE), nunca imaginaron que algo así pudiera suceder. Aquel 24 de enero transcurría con "normalidad" hasta que tres pistoleros entraron buscando a Joaquín Navarro, sindicalista que había impulsado una reciente huelga en el transporte. "Esas manitas bien arriba", recuerda Alejandro, imitando la voz del atacante que les encañonaba. Mientras el grupo permanecía sentado en el suelo en semicírculo, uno de los agresores tropezó y se le escapó un disparo. "En ese momento —dice Alejandro tras un silencio— mi vida se parte por la mitad".

Alejandro Ruiz Huerta, en un despacho de la UCO. / Víctor Castro
La escena permanece intacta en su memoria. "Nunca podré olvidar a mi compañero Ángel Rodríguez mirando a la cara de su asesino, con quien había coincidido el día anterior. Tenía una expresión mezcla de miedo y de tensión militante. Decía: ‘Que pase lo que tenga que pasar’". Él era íntimo amigo suyo y habían comido juntos aquel mismo día. Acto seguido comenzaron "a disparar salvajemente". Fue "una sangría terrorífica". Después llegó una segunda oleada de disparos para "rematar a todo lo que se movía". "Sabían perfectamente lo que hacían", asevera con firmeza.
A Alejandro, una bala defectuosa impactó en su pecho. En la segunda ráfaga recibió "cuatro o cinco" impactos en la pierna derecha. Cuando los atacantes se marcharon, logró arrastrarse hasta la puerta para abrirla. "Tenía la sensación de haber perdido mi identidad. No sabía quién era en ese momento". Aunque se mantiene sereno al narrarlo, admite que hay detalles que sigue omitiendo porque aún le duelen. "Las escenas dantescas que viví en Atocha no se las contaba a nadie. Nueve cuerpos destrozados en el suelo... fue terrible", comenta mientras el gesto se le tuerce.

Cortejo fúnebre de los abogados de Atocha. / EFE
Durante las nueve noches que pasó en el hospital comenzó a comprender la magnitud de lo ocurrido. Allí recibió una nota anónima que decía: "Curita comunista, acabaremos contigo". "Era alguien que me conocía bien", afirma. "Poco a poco te das cuenta de la barbaridad que habíamos vivido". Asegura que una parte de él se quedó allí para siempre: "La historia de Atocha la tengo dentro. No se me olvida ni una coma". También le transformó: "Me ha hecho más tranquilo, más sereno". El miedo, sin embargo, no lo ha abandonado: "Tengo miedo siempre a cualquier tipo de violencia".
Perdón y culpabilidad
"Me siento culpable por no haber muerto", confiesa. Él y los otros tres supervivientes lograron salvar la vida "por un azar increíble". Comenzó a reconstruirse seis años después, durante un viaje a Turquía al que, en principio, no quería ir. "Ese día dejé las molestias a un lado y me puse a cabalgar en la vida". Define el proceso posterior como "una peregrinación de psiquiatras": "El síndrome que deja la violencia me dura todavía".
Aun así, asegura que con los años ha logrado cerrar parte de esas heridas. La clave, dice, ha sido la compasión: "La violencia y la intolerancia solo pueden curarse con tolerancia. Eso implica respetar incluso a un delincuente y darle una segunda oportunidad". No cree que sus agresores se hayan arrepentido — "venían a matar comunistas y lo hicieron"—, pero piensa que "ellos mismos necesitan ser perdonados por ellos mismos".

Monumento a los abogados de Atocha. / Europa Press
Alejandro regresó al despacho un año después. Al cruzar la puerta sintió "una tensión bárbara por dentro". No se reconocía, así que se marchó enseguida. Volvió a casa de sus padres y centró su vida en la docencia universitaria desde 1987, pasando por Valladolid y Burgos hasta llegar a Córdoba, donde ha construido una vida plena y ha conocido a su mujer.
Cree que la Transición no se ha contado como debería y reclama un lugar para las víctimas de aquella época en la memoria colectiva: "Somos unos olvidados de la historia", sentencia con firmeza.
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