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Videojuegos

El español se actualiza a una nueva versión de léxico ‘gamer’

"Baitear", "trolear" o "campear" ya no se usan solo en chats de partidas online. El profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canar, Iván Ramírez, ha reunido casi mil términos del universo ‘gamer’ en un diccionario publicado en la revista ‘The Conversation’ que explica cómo esta jerga se cuela con sus anglicismos en el español de habla cotidiana

Desarrollo de videojuegos en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Desarrollo de videojuegos en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC). / JOSÉ CARLOS GUERRA

Daniela Marrero

Las Palmas de Gran Canaria

El mundo digital deja un reguero de nueva terminología, en su mayor parte anglicismos, que componen la jerga joven, llena de vocablos ininteligibles para boomers con ejemplares como "baitear", "trolear "o "campear". Estas palabras suelen subirse al carro de las modas fugaces, apenas tienen esperanza de vida y resultan disonantes, por eso se les llama "modismos".

Hasta aquí la temática podría parecer algo banal, o superfluo, pero un académico de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), el profesor de Lengua Española Iván Ramírez, ordenó esta ingente cantidad de terminología en Boga, en un diccionario de léxico sobre videojuegos, para probar cómo estos términos del ocio digital se ‘inyectan’ en el habla coloquial de manera similar a la teoría de la aguja hipodérmica, natural e inconsciente.

El glosario consta en torno a 960 términos y expresiones con más de 1.900 sentidos y se publicó el 3 de noviembre en la revista The Conversation. Y aunque la creación diccionarios de jerga digital sea en el último lustro un asunto recurrente en los medios de comunicación y la perfecta diana para captar clics golosos de lectores, Ramírez defiende que el trabajo de recopilar palabras y presentarlas en orden alfabético, por muy modernas que suenen, no responde a ninguna tendencia actual. "Existen desde la Edad Media, con la marinería, por ejemplo. La creación de un diccionario siempre ha llamado a las personas que se dedican a la literatura o a la lingüística", asegura.

Se refiere a compendios en los que se recogen argots empleados en las cárceles o bien en el ámbito de las drogas. Estos glosarios publican terminología que, según el profesor, "se sale del léxico general y suele no incluirse en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) porque representan una parcela muy pequeña del lenguaje".

Aunque la porción lingüística del ocio digital cada vez abarca mayor presencia en la jerga callejera, por el crecimiento de gamers, que en 2023 registró 20 millones de usuarios y el salto de estos a las plataformas de móviles. Sin embargo, el soporte por el que se transmite, divulga y asienta en el uso diario este vocabulario responde a aplicaciones que usan los jóvenes, como Twitch, YouTube o Tik Tok.

Dentro de las páginas del Diccionario de términos de videojuegos (2021), el lexicógrafo y filólogo moderno deja en acta la llamada figura de los «híbridos ortográficos». Se trata de neologismos compuestos por una base léxica extranjera, y un sufijo español, como el -ear. Ramírez recoge 52 términos que responden a esta nomenclatura. Algunos ejemplos pueden ser «resetear», a partir del inglés reset; "crashear", procedente de crash, para referirse al fallo o bloqueo de un juego; "campear", formado desde camp, habitual en los juegos de disparos para describir a quien permanece inmóvil en un punto esperando al rival; "trolear", derivado de troll, que ya ha salido del ámbito del videojuego y se usa de forma general en redes sociales y foros; o "spoilear", construido sobre spoil, aunque en este caso aclara que la Academia ha optado por registrar la forma hispanizada como espóiler.

La Real Academia de la Lengua Española (RAE) ya recoge en sus últimas ediciones algunos de estos ejemplos, como "vapear" o "hackear", ejemplos que no deberían de resultar tan chirriantes para el lector.

Pero, ¿qué hace falta para que las palabras trasciendan al habla y sean recogidas en acta por un diccionario? «Gran parte de la sociedad hispanohablante piensa que cuando una palabra está en el diccionario de la lengua española, de la RAE y de la Asociación Nacional de la Lengua Española, esa palabra es oficial. Pero las cosas no funcionan así», argumenta el profesor. La realidad es menos romántica y más administrativa. El diccionario de la lengua española ejerce como «registrador» del léxico, no de tribunal de lo bello o lo correcto, y es incapaz de registrar la totalidad del habla viva.

De hecho, el DLE cataloga cerca de 93.000 palabras, pero el español «pasa sobradamente» de las 150.000. Esto significa que ese margen de 60.000 responden a palabras que pululan por calles, plazas y foros de Internet. Lo que ocurre es que ningún diccionario, ni el de aquí ni el de Cambridge, puede darles cuenta a todas.

La presencia creciente de anglicismos se ha ganado sus enemigos entre los más puristas de la Academia. Para muchos mayores el habla juvenil resulta opaca, y expresiones como "estar de chill" les genera desconcierto. Para otros lingüistas esa reacción forma parte del ciclo habitual de las lenguas ante cambios. Y aunque en el lenguaje de los videojuegos alberga sus híbridos, la gran mayoría de términos se definen como «extranjerismos crudos». «Es la tendencia del jugador, porque evidentemente el inglés es la lengua de poder y en el caso de la tecnología, pues su influencia es demoledora. Y el jugador, al estar tan empapado en la tecnología, con las consolas, o los videojuegos, tienden a emplear términos, tecnicismos que no se adaptan a la lengua española», aclara.

Aunque en este ecosistema digital no todo es inglés y siguen funcionando, sin levantar sospechas, palabras bien españolas como "aventura", "acción" o "arena", que sirven para clasificar géneros sin necesidad de traducción ni de pasar por aduanas lingüísticas. Algo parecido ocurre con el léxico de origen bélico. Disparos, puntería o apuntar encajan con naturalidad en el discurso gamer y se entienden sin manual de instrucciones.

La cosa cambia cuando entra en juego la economía del lenguaje. Ahí aparece aim, más corta, más rápida y más rentable en términos comunicativos. No es una cuestión de desprecio al castellano, sino de pura facilidad expresiva. En partidas donde todo va a velocidad de vértigo, decir aim resulta más cómodo que puntería, apuntar o precisión.

Cómo ahorman el nuevo español estas palabras ha vuelto a sacar de paseo el viejo debate del prescriptivismo frente al descriptivismo, o lo que es lo mismo, si la lengua se manda desde un despacho o se deja que la haga la gente. El prescriptivismo sostiene que hay una manera "correcta" de hablar y escribir, que conviene proteger. Sus defensores se quejan cuando aparecen anglicismos que, en su opinión, solo empobrecen el idioma.

Ramírez recuerda que la RAE defendió durante años la homogeneidad "para intentar no resquebrajar el principio de unidad idiomática", alegando el peligro de que el castellano acabe desmigajado como terminó el latín. «Me dedico a la lexicografía y el prescriptivismo, en las labores de diccionario, es inconcebible», sostiene.

El debate académico ahora mismo no es tan tajante. La RAE prefiere recomendar o adaptar, porque al final es la frecuencia de uso la que manda, y si la calle, los foros y los streamers dicen campear o aim, habrá que recogerlo en acta para que conste.

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