La ronda española
Vingegaard saca su don de campeón y azota a la Vuelta
Triunfo en solitario del ciclista danés después de atacar a 11 kilómetros de la cumbre de Valdezcaray en una carrera que este lunes descansa antes de afrontar la segunda semana de competición

La etapa 9 de la Vuelta a España, en imágenes. / Javier Lizón / EFE

Luce un bigotillo y una perilla más propia de un adolescente que de un doble vencedor del Tour. Pero las piernas de Jonas Vingegaard son las mejores del pelotón siempre y cuando no esté Tadej Pogacar en acción. Atacar desde lejos, a 11 kilómetros de la meta, y presentarse en la cumbre de Valdezcaray en solitario no está al alcance de cualquiera.
La cima riojana no pasaba por ser una de las más duras de la península. De hecho, sólo se complicaba en la zona inicial, tras superar Ezcaray, villa de mantas que son famosas en el mundo entero; en el lugar donde un domingo que anunciaba el fin del mes de agosto se mezclaban los aficionados de la Vuelta con los peregrinos; unos en bici y los otros con mochila, sombrero y bastones.
Un día de perros
En un día de perros, de los que invitan más a sentarse en una mesa a comer plácidamente que a subirse a la bici y calarse hasta los huesos, Vingegaard pasó a la acción, de forma improvisada, decisión en caliente. Ni estaba anotado ni lo tenía pensado en la salida de Alfaro. Las sensaciones por siglos que pasen valen más en ciclismo que los datos de los ciclocomputadores y que las indicaciones sabias de los preparadores físicos. Si te encuentras bien atacas, mueves el árbol de la Vuelta y cierras el paraguas en la Rioja para que todos se mojen y se agoten en la persecución del más listo de la clase que no es otro que Vingegaard.
No se esperaba el UAE la reacción de Vingegaard. Quizá les habían explicado que la primera vez que la Vuelta subió a esta estación de esquí llegaron todos juntos y Sean Kelly ganó al esprint. De lo contrario, seguramente, no le habrían dicho a Juan Ayuso que se descolgase y resguardase fuerzas para otras etapas. Y, con total acierto, Joâo Almeida nunca se habría desenganchado de la rueda trasera de Vingegaard.
La tempestad
En el peor momento de la tempestad, con el agua cayendo sobre la ruta de la Vuelta, con el viento moviendo las banderolas de la meta de Valdezcaray, el estadounidense Matteo Jorgenson, compañero de Vingegaard, realizó un esprint para lanzar a su jefe, poco después de que el danés dijera a los compañeros del Visma que iba a por todas, a por la etapa, a soltar a los rivales y si podía a vestirse con el jersey rojo que el noruego Torstein Traeen conservó por 37 segundos a las puertas de una segunda semana de competición -este lunes descansa la carrera- que pone los pelos de punta con subidas como la del Angliru programada para el viernes.
Llevaba la Vuelta muy estancada desde que cruzó la frontera por La Jonquera. Parecía que nadie tenía una etapa marcada en rojo y todos dejaron pasar los Pirineos. De repente, por azar, como cuando se acierta la bola del bombo, Vingegaard atacó y sólo Giuliu Ciccone se llenó de valentía para arrancar a su sombra y morir en el intento.
Almeida no estuvo en el momento preciso, aunque también es cierto que siempre el corredor portugués parece carburar más en la montaña como un viejo motor diésel de los que necesitaban un tiempo para entrar en acción. Cuando reaccionó, junto a Tom Pidcock, el ciclista danés ya cabalgaba hacia la victoria en solitario. “El ataque de Vingegaard fue una sorpresa. Intenté, pero no pude seguirlo. Creo que lo hice bien, pero Jonas volaba”, razonó el corredor portugués cuando ya había cruzado la meta en tercera posición y se encontraba a 38 segundos de distancia de su gran rival en la clasificación general.
"Ya había atacado y no podía elegir"
Vingegaard, el ciclista llegado del frío, el curtido entre la lluvia danesa, el que se preparaba para trabajar en la industria de la pesca antes de hacerse profesional de la bici, se encontró con la helada brisa riojana que, sin duda, le recordó a su Dinamarca natal.
Así que, hacia la victoria, subiendo con monoplato en un puerto que casi era una autopista en los últimos cuatro kilómetros, como si fuera el protagonista en una cronoescalada. Él, a levantar los brazos y los demás a someterse a su dominio. “Me di cuenta enseguida que quedaba mucho. Pero ya había atacado y no podía elegir”. El bigote y la perilla le darán un aspecto juvenil, pero Vingegaard es un campeón completo con dos Tours y ya cuatro victorias de etapa en la Vuelta.
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