La globalización nos ha reportado multitud de ventajas y enormes beneficios que disfrutamos con naturalidad y sin cuestionamientos. Glosar, ahora, todo lo bueno que se deriva de la interconexión de países, y de las relaciones comerciales y humanas que enriquecen a naciones y ciudadanos de todos los continentes, sería una tarea infructuosa por la extensión limitada de esta columna. Basta con acercarse al supermercado o con acceder a las plataformas de venta por Internet o a cualquier tienda física u online para hacerse una idea de aquello de lo que hablamos. Tenemos casi cualquier producto que nos imaginemos al alcance de la mano o con facilidades para su envío y rápida recepción. Podemos comunicarnos con personas de todo el planeta, e incluso desplazarnos hasta allá donde se encuentren si contamos con ciertos recursos económicos. A nivel cultural, esta apertura, el establecimiento de lazos y la construcción de puentes nos aportan, igualmente, muchas posibilidades para crecer, ser más tolerantes y mejores. Pero todo lo bueno que la vida nos ofrece suele tener una contraprestación, un precio que, inevitablemente, hemos de pagar. Y ese acceso prácticamente ilimitado a todo lo que el mundo pueda ofrecer conlleva una serie de sacrificios: rasgos propios que se diluyen, costumbres que se pierden, productos autóctonos que desparecen, cultivos que se abandonan, negocios que dejan de ser rentables, oficios que ya no se aprenden, proyectos que no se emprenden, etcétera. De todo ello nos hemos acordado en ciertos momentos de los últimos dos años. Y volvemos a recordarlo ahora. Porque la realidad nos demuestra que apenas el aleteo de una mariposa en Las Antípodas puede condicionar el presente de todo el orbe; cuánto más si, en lugar del vuelo de un insecto, hablamos de un virus mortífero que brota en China o de una guerra que se libra a unos miles de kilómetros de nuestros hogares.

La dependencia no es buena en casi ningún término de la vida. Y tampoco lo es en el plano energético, económico, comercial o alimentario. La autarquía suena a viejo régimen. Pero, entre tener solo lo que podemos producir o lo que nuestros ecosistemas nos ofrecen y depender por entero de lo que otros nos quieran vender, existe un término medio. Y solo parece que somos capaces de darnos cuenta, si acaso, cuando peligran los suministros, se disparan los precios y nos atenaza la incertidumbre. Como país no hemos de encerrarnos sobre nosotros mismos, ni debemos renunciar a todo lo bueno que nos ofrece la globalización. Pero tenemos que ser lo suficientemente inteligentes y previsores como para no depender del exterior en lo esencial. Porque podemos vivir sin aguacates, pero nuestro modo de vida se complica si carecemos de cereales y semillas, o de combustibles y un suministro energético garantizado y a precio razonable.

*Diplomado en Magisterio