Opinión | Lluvia fina

'¡Que viva España!'

Muchos nos sentimos orgullosos de un país que apuesta por la tolerancia y los derechos de todas y todos

Creo que el famoso refrán «dime de que presumes y te diré de que careces» se ajusta como anillo al dedo a quienes suelen hacer alarde de un patriotismo exaltado de banderas y fronteras que al final tiene poco que ver con el deseo real de un bien común para quienes habitan y comparten un mismo país. 

Incluso con respecto a la soberanía que siempre temen perder, aunque sea en Perejil, esos patriotas furibundos son los primeros que no tienen ningún inconveniente en vender nuestro patrimonio inmobiliario común a fondos buitres extranjeros o ponen la alfombra roja a multinacionales para que puedan enriquecerse a costa de degradar servicios públicos tan esenciales y envidiables como la sanidad española.

Ya el padre de todos los patriotas de este tipo, el dictador Francisco Franco, propició la instalación en territorio nacional de cuatro bases militares norteamericanas y no dijo ‘ni mu’ cuando cuatro bombas atómicas cayeron en la pedanía almeriense de Palomares, después de que dos aeronaves de la Fuerza Aérea de Estados Unidos colisionaran en pleno vuelo y que, de haber explotado, hubieran borrado literalmente a parte de España del mapa.

Este verano, los españoles hemos sido capaces de parar a la extrema derecha y de paso nos hemos atrevido a reivindicar ese amor a la patria que otros se habían encargado de arrebatarnos. Y es que el ‘viva España’ que Manolo Escobar consiguió popularizar a ritmo de pasodoble, había sido expropiado para el conjunto de la ciudadanía por un nacionalismo español que nada tiene que ver con la ideología y el sentir de la mayoría de la población, como reflejan los resultados electorales.

Claro que ‘viva España’, claro que muchos nos sentimos orgullosos de un país que apuesta por la tolerancia y los derechos de todas y todos, por ese país que es el primero del mundo en donación de órganos y que posee una sanidad pública y universal que es, con todas sus limitaciones y dificultades, la envidia del planeta y que por nada del mundo nos deberíamos dejar arrebatar en un verdadero ejercicio de patriotismo.

Mal que le pese a quienes confunden patria con rancio nacionalismo español, este país hace mucho tiempo que dejó de ser un territorio uniformado bajo el lema de ‘una, grande y libre’. 

Tampoco somos católicos, apostólicos y romanos aunque seguimos abrazando nuestras tradiciones religiosas como nadie, igual que hizo Federico García Lorca, el poeta que cantó a santos y mártires, que alabó a Santa Eulalia de Mérida con ese bello verso de ‘Olalla, blanca en lo blanco’, porque supo retratar la religiosidad popular y el sentir español como ningún otro, lo que no impidió que los patriotas sublevados de entonces le fusilaran por rojo y por maricón en una noche sin luna en el camino de Víznar a Alfacar.

Ser español, por mucho que a algunos les pese, es ahora y siempre pertenecer a una amalgama de pueblos que cuentan con la riqueza de poseer varias lenguas y un sin fin de dialectos, hablas y manifestaciones culturales de todo tipo que hay que valorar, cuidar y celebrar porque forman parte de nuestra propia esencia. 

Es por ello que este no es un país fácil, nunca lo ha sido ni lo será, una tremenda dificultad que la democracia ha tenido que ir sorteando al dictado de los votos en negociaciones con las fuerzas nacionalistas que han hecho a lo largo de estos últimos 40 años todos los partidos que han gobernado sin mayoría absoluta, pese a que la mentira y la hipocresía alimenten también ahora el agua que en el que cuecen la polarización y las vísceras.  

«Quién puso el desasosiego en nuestras entrañas», se preguntaba Víctor Manuel en aquella ‘España camisa blanca de mi esperanza’ que compuso en 1981, inspirado en un verso de Blas de Otero en el que hablaba de una ‘patria de piedra y sol y de líneas de lluvia liviana’.  

Y en este estío raro, en el que algunos de esos patriotas de pacotilla y banderita en la muñeca querían ganarse la confianza de los españoles tirando sus derechos, sus logros y sus luchas a una papelera, un grupo de futbolistas, acostumbradas desde pequeñas a pelear por lo que quieren, nos han hecho vibrar en un ejercicio de patriotismo alegre, igualitario y libre mezclado con grandes dosis de justicia poética contra aquellos que reivindican una España machista, racista y homófoba, una España que no es España, porque aquí, en el verano de 2023, se ha celebrado el Mundial con el gol de una mujer gitana y se ha gritado al mundo que no estamos dispuestas a consentir nada que no sea consentido. Claro que ‘viva España’. 

* Periodista

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