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estreno de cine

Michaël Dudok firma una obra maestra animada

 

JUAN MANUEL FREIRE
18/01/2017

La tortuga roja es la primera coproducción internacional de Studio Ghibli, el célebre estudio de animación japonés que Hayao Miyazaki cofundó en 1985. La mayor parte de la película se hizo en Francia, a los mandos del holandés Michaël Dudok de Wit. Cuando recibió una carta de Ghibli, Dudok de Wit creyó ser víctima de una broma cruel: «Fue una sorpresa, eso desde luego», explica. «Me preguntaban si quería escribir y dirigir un largo para ellos. Les dije que mi interés era extremo y enseguida empecé a escribir». Once años y un premio del jurado en Cannes (sección Un certain regard) después, el resultado ha llegado a nuestras salas. Nada más bello en la cartelera.

En Ghibli habían quedado conmovidos por Father and daughter, el corto que valió un Oscar a Dudok de Wit en el 2001. «Isao Takahata —cofundador del estudio con Miyazaki y director de El cuento de la princesa Kaguya— me dijo que le gustaba cómo aquel corto describía una verdad esencial sobre la vida». La añoranza por el ser querido, nos decía aquella bellísima historia, no desaparece con el tiempo ni depende de la edad.

Como el corto que hizo llorar en Ghibli, La tortuga roja prescinde del diálogo y se apoya en el poder de la animación para expresar un rico caudal emocional. Es una fantasía mítica sobre un náufrago cuyo único obstáculo para escapar de una isla remota es el reptil del título. Bueno, es eso en principio, pero es mucho más, sin dejar de ser minimalista durante todo el metraje. «Puedes encontrar paciencia y quietud en muchas películas de imagen real. En animación es raro», señala el director. De Wit tomó gran inspiración del arte tradicional japonés y chino, «porque explora la belleza de la simplicidad, el poder del espacio vacío», pero en el filme queda claro también el influjo del tebeo europeo.

Y hay un dibujante español que fascina a Dudok de Wit, el catalán Joan Junceda. Tras estudiar animación en el Surrey Institute de Farnham, el realizador pasó un año en Barcelona. Escribió a un pequeño estudio, Pegbar Productions, y consiguió trabajo como animador de un telefilme.