Llenas de inmensidad, las golondrinas cantaron como cachorros, abrieron sus picos llamando a la madre reclamando el desayuno de la mañana y apareció la luz. Ningún espectáculo nos ha parecido tan único, hermoso y sublime como este, entre tupidas madreselvas, sobre el palito en el que el coro de orquesta de patitas y aleteos es un ritual parecido a la unión inexorable que tienen el amor y el sexo. ‘Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán’. Dispara Bécquer desde la mochila mientras suena la ópera en tres actos de José María y Ramón Usandizaga y nos envuelve con su breve preludio en esa eterna primavera que hoy recorre con su sonido el cauce ribereño de Cáceres.

«El Marco ha dado de comer a la ciudad», dice Jesús Domínguez Cuesta, el famoso de Grúas Docu, nacido él en Tornavacas aunque siempre insiste orgulloso: «Quiero más a Cáceres que los cacereños». Aquí llegó con siete añitos. «Fui un granito de arena en el hoy desierto de la Ribera», recuerda con nostalgia rememorando aquel vergel que se cuidaba con mimo como las olas de los mares cuando las ramas daban sombra y no eran pasto del agua encenegada.

Domínguez Cuesta fue uno más de los que dio salida a este gran hipermercado a cielo descubierto. Vendió frutas y verduras a las puertas del mercado del Foro de los Balbos, como María la Pájara, Petete, La Palacina, Pelayo, que era jardinero de Cánovas y acomodador del cine de verano Capitol, y cuya cuñada, Pepa Carrasco, tenía una huerta en la parte baja de la Ribera. Todos luchaban ‘pa ganarse el capitalito’ y lograr ese propósito que solo entendía de sudar la gota gorda y peinar la tierra sin tregua para el canto.

Compraba Jesús las ciruelas claudias, que se vendían hasta en Bilbao. Deliciosas, de pulpa fina y jugosa mientras el hueso se desprendía de nuestro paladar en mitad de ese jardín botánico de Cáceres que sigue siendo el río de la vida.

El señor Santos

Vispereaba el amanecer cuando Jesús acudía con su romana a la tarea diaria. Traía entonces judías blancas de Valencia de Alcántara, que llegaban en tren a la capital y salían de las banastas como rosquillas porque el público se las quitaba de las manos. A su lado el señor Santos, padre de Manuel García Barra, fundador de Tambo, vendía melones, muchos traídos de Calamonte, y disponía de varios puestos repartidos por toda la ciudad. Manolo y otro de sus hermanos tenían encomendada la tarea de vigilarlos en las noches de verano. A los cacereños les gustaban los melones blandos y de olor, de manera que era habitual golpearlos en el culo con un palo para que el interior se ablandara.

El manantial del Marco a su paso por las inmediaciones del Mercado Franco. JOSÉ PEDRO JIMÉNEZ

Los García Barra dormían pocas horas porque a las seis de la mañana les tocaba levantarse para trabajar en el mercado. Por la tarde iban a la estación en busca de nueva mercancía que luego transportaban en carros hasta el puesto. Manolo compaginaba aquel trabajo con su empleo en una habacería de la calle Zurbarán donde se ofrecían frutas, hortalizas y hasta hielo o gaseosas frías para el verano; también aceite, que se despachaba con un medidor y se vendía por pesetas.

Entretanto el bullicioso mercado exponía sandías blancas que se traían de Navas del Madroño y Malpartida, también las había ‘colorás’. ‘Otra colorá, otra colorá’, gritaban los hortelanos a lomos de sus mulas y en tropel emergían los clientes que sangraban a tajadas con la faca el carmín de su carne desatada.

Había patatas de las viñas de Arroyo, y Jesús Domíguez Cuesta siempre le encargaba chirimoyas de Madrid a la actriz Ana Mariscal, la princesa del cine español de los 50, casada con el fotógrafo, cámara y empresario teatral cacereño Valentín Javier. Las chirimoyas eran un producto tan exótico y poco visto que en Cáceres las llamaban ‘alcachofas cerrás’. 

Jesús Domínguez Cuesta vendió frutas y verduras a las puertas del Foro de los Balbos

Los tomates llegaban de Miajadas, también de una empresa de Alcuéscar, que los traía de Almería y que invadían las cocinas con su pulpa infinita; los había de Chipiona, donde dicen que un tomate sabe a tomate. Luego estaban las lechugas, crecidas en la huerta de los Rebollo y en cuyas hojas se dibujaba el mapa verde de la savia. Jesús las compraba por cientos hasta llegar a quinientas al día para repartirlas en el cuartel donde miles de soldados realizaban su instrucción.

En verano los cacereños iban a bañarse al zonche de Márquez Zambrano, que era panadero de la Ronda del Carmen baja. Allí, rodeadas de agua, las ranas tenían su paraíso. Famosa era la huerta de don Pablo Vioque, comercial muy reconocido, un representante que llevaba lanas de la marca Los Pablitos. Vioque era un gran señor, un buen empresario que promovió además la construcción de pisos en San Pedro de Alcántara y que vivía en Fuente Fría. Allí tenía un precioso chalet donde crecían milagrosas la verduras mientras María Salas, trabajadora como pocas, repartía leche a granel por las calles de Cáceres.

Las golondrinas siguen con su sonido llamador que queda estampado en la impresionante imagen del fotógrafo José Pedro Jiménez: el momento justo del grito de auxilio del hijo hacia la madre; es pura bendición. Ellas, las golondrinas, son la esperanza de que aún estamos a tiempo de devolver a la Ribera su esplendor. Mientras, Bécquer, como una profecía, derrama intrépido todo su lirismo: ‘Pero mudo y absorto y de rodillas, como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido..., desengáñate, ¡así no te querrán!».