Ryszard Kapuscinski, periodista y escritor polaco; galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el año 2003, dejó escrito un alegato en contra de las guerras, que en el tiempo presente es necesario recordar. Entre otras cuestiones, reflexionaba sobre el concepto contemporáneo de una práctica de sometimiento y destrucción que viene de lejos y que a pesar de los avances de toda índole, las sociedades y de manera especial los poderes no han sido capaces de eliminar.

Kapuscinski había conocido la crueldad de la II Guerra Mundial en su Polonia natal, sus reflexiones se apoyaban en su propia experiencia, recordando perfectamente como había quedado la vieja Europa después de un conflicto armado que no pudo ocultar a “los mutilados, los niños huérfanos, las ciudades heridas y arrasadas y la gente irremediablemente enloquecida”. Sabias palabras que debemos tener en cuenta a raíz de los acontecimientos que cada día nos llegan desde las mismas puertas de Europa, donde los intereses mercantiles y el nacionalismo exacerbado de perversos dirigentes políticos pretenden conducirnos de nuevo por escenarios de destrucción y sufrimiento que creíamos olvidados.

Los historiadores sabemos mucho de las guerras y, de manera especial, de sus consecuencias. No hay ningún periodo histórico que se encuentre exento de conflictos armados. Conflictos en los que no hubo vencedores, solo derrotados. Sabemos que las trágicas consecuencias de las guerras las sufre, casi exclusivamente, la población civil, aquellos que ni las provocan, ni tienen interés en la disputa. La aniquilación del contrario, el exterminio y la desdicha forman parte de un código que en el futuro debemos desterrar para siempre de los libros de historia. No me gustan las guerras, ni las lejanas ni las inmediatas. Tampoco las guerras psicológicas, ni las guerras comerciales. El solo concepto de guerra ya implica barbarie y negación del dialogo. Menoscabo de la comunicación en igualdad de condiciones.

Vivo en una ciudad de largo recorrido por los caminos del pasado. Una ciudad que durante siglos aprendió mucho de las guerras y sus terribles consecuencias. Guerras con Portugal, contra los franceses, guerras civiles. Todas sirvieron para acarrear hambre, miseria y lutos a la población civil. Ninguna aportó nada bueno ni a la ciudad ni a sus vecinos. Guerras cuyas heridas tardaron décadas en cicatrizar y que hipotecaron de manera nefasta el futuro de muchas generaciones. Sembrando odios que, en muchos casos, el paso del tiempo nunca pudo borrar.

Me gustaría que esta crónica se entienda como un humilde alegato contra una guerra injusta, como todas, que nos ha vuelto a traer imágenes de dolor. Las imágenes del miedo de los indefensos, del éxodo de familias atemorizadas en su triste viaje a ninguna parte, de la destrucción de ciudades. También las imágenes de siniestros sátrapas que dirigen a ejércitos que son utilizados para arrasar la vida y el futuro de miles de seres humanos. Trágicamente, la historia se repite. 

* Cronista Oficial de Cáceres