Los primeros cafés que Santiago Pacheco servía en Metro (la cafetería del Quiosco de la Música de Cánovas, de Ángel Gómez Martín) iban destinados a las casas de citas de la calle San Felipe, más allá de Obispo Galarza, que era un barrio donde abundaban mucho este tipo de negocios y había lo menos 10. Cuentan que las vecinas de la calle Parras aleccionaban a sus hijos antes de salir a la calle con esta tremenda frase: "Niños, más allá de Obispo Galarza no crucéis porque allí viven las mujeres malas".

A Santiago le tocaba atender a todas esas mujeres malas, que no eran más que víctimas de una sociedad en la que trataban de ganarse la vida a costa de respetados clientes, que eran buenas y amables y que daban a Santiago unas propinas bárbaras. Nada más abrir el bar (que tenía una barra circular, que abría sobre las cinco y media y las seis de la mañana y donde también trabajaba Andrés Muriel, que preparaba como nadie la lecherada, la granizada y la mantequilla), la madama de turno telefoneaba a Metro. "Santi, traiga usted cinco dobles de café y una docena de magdalenas para las chicas", decía la madama al otro lado del hilo telefónico. Y allá que iba el bueno de Santi cuando ni tan siquiera puestas estaban las calles con su bandeja llena de dobles de café y magdalenas en una mano y una jarra de leche ardiendo en la otra.

Una de aquellas mañanas, al abrir Santi la puerta del burdel, se topó con una de esas ebúrneas muchachas que portaba por ropa no más que una corbata atada al cuello que le llegaba hasta las ingles. La señorita, pasada de copas y sin mediar palabra, se lanzó a los brazos de Santi y, claro, las bandejas de café, leche y magdalenas rodaron por el suelo formando una zapatiesta de narices. "Qué apuro Santiago, no se preocupe usted que todo esto lo pagamos... y traíganos otra rondita por favor", suplicó la apurada madama ante tremendo desaguisado.

Y es que la calle San Felipe, hasta los años 50, era el pequeño barrio chino de Cáceres, que también se extendió hasta vias cercanas como Castillo o Nueva. Después, en los 70 llegaron los puticlubs y en esa lista estaban La Cueva o Yuca, el que seguramente ha sido el club de alterne más famoso de toda la ciudad y cuya persiana está bajada. Ahora se alquila.

Detrás del Yuca estuvo siempre Paquita, que un día le compró un sombrero a Leopoldo, el de la bici, para que no pasara frío. Paquita estuvo casada con Antonio Girardi, que entonces era el decorador de moda de la ciudad, venido de Valencia, y que precisamente había decorado Metropol, la otra cafetería de Ángel Gómez que abrió enfrente de Metro, donde estaba Mendieta y ahora está Urvicasa. Antonio puso muy bonito y elegante el Metropol, que hasta servía bodas. Allí se metían los médicos a jugar al dominó cuando terminaban sus consultas y era un hervidero de clientes.

El Yuca tiene 147 metros cuadros y por el arriendo piden 1.600 euros al mes. Hoy ya es historia.