la botica de ayer

La farmacia

José Antonio Barquilla Mateos

He de decir que la farmacia, sinécdoque de todas las farmacias, me parece, no sé si decir, un ámbito esterilizado, impoluto, donde se respira salud.

Entro en una farmacia y es como entrar en una especie de Nirvana, algo limpio, blanco y sedante. Al contrario que en la consulta del médico, que puede ponernos tensos, lo cual no es culpa del médico, claro, pues gracias a ellos o a ellas, se puede recuperar la salud maltrecha, aunque la espera nerviosa, mientras el doctor o la doctora elaboran un diagnóstico, es algo inquietante.

Sin embargo la farmacia produce por regla general una sensación de tranquilidad. Una tranquilidad blanca con olor de fármaco. Y luego está la simpatía y la empatía de farmacéuticos y farmacéuticas, a los que consideras a menudo tus confidentes y amigos.

La farmacia de mi pueblo es como una réplica en grande (si esto puede decirse así) de la antigua farmacia o botica, que es como decíamos entonces a la farmacia. Y digo esto, porque en dicha farmacia hay muchos frascos de cristal muy grandes, como un adorno, o un recuerdo de aquella botica, de donde proceden, que era la botica de los antiguos farmacéuticos, él y ella, padres del actual farmacéutico.

Y esos frascos los veía yo, en la vieja botica, y eran ya como adornos de otros tiempos, que hacen pensar en retortas humeantes, en mixturas increíbles, o en redomas, que podían contener de todo, incluso «al diablo cojuelo».

Cuando era niño me mandaba mi madre a la botica a veces, casi siempre anochecido. Y recuerdo que sonaba la campana de la iglesia, para alguna novena o alguna misa, y la calle estaba casi a oscuras, sólo alumbrada a trechos por tristes bombillas que se bamboleaban con el viento de otoño, y proyectaban una claridad amarillenta y bailona en melancólicos rincones, mientras revoloteaban papeles y hojas secas, en repentinas tolvaneras, como en la ciudad de Vetusta de Clarín.

No sé por qué cuando pienso en aquella botica, me parece que era octubre y hacía frío, pero cuando entraba en el ambiente cálido y sedante de la botica, el otoño se quedaba fuera, como un perro perdido, y yo miraba embelesado los frascos de los estantes, cada uno con su rótulo, que era como mirar, aún entonces, un pasado de otro siglo, cuando se hacían preparados mágicos e increíbles de rebotica antigua.