Servicios que alivian la despoblación: un día en el corazón de las hurdes

La venta ambulante llena la despensa de la Extremadura rural

El comercio a domicilio cumple una función social en pueblos envejecidos como Ovejuela, de 60 vecinos

El 5% de los extremeños vive en municipios sin tiendas. «Que no nos falte nunca el camión», dicen

Sergio Garrido atiende a varias clientas, entre ellas, Pilar Sánchez, que acaba de comprar el pan, en Ovejuela.

Sergio Garrido atiende a varias clientas, entre ellas, Pilar Sánchez, que acaba de comprar el pan, en Ovejuela. / G. M.

«Mira, ya viene por ahí Sergio», dice Pilar Sánchez, de 83 años. Es imposible no percatarse de su llegada porque el claxon del camión suena insistentemente desde antes de su entrada en Ovejuela, a pesar de que algunos de sus clientes ya le esperan bolsa en mano en la calle. Faltan pocos minutos para que den las 9.30 horas de la mañana en un martes de agosto que no es un martes cualquiera, porque la localidad multiplica por cuatro su población en verano. Dicen que son apenas 60 los vecinos (77 en 2022 según el INE) que viven en esta pedanía de Pinofranqueado, en pleno corazón de Las Hurdes, pero los lugareños cuentan que ahora habrá cerca de 200, la mayoría procedentes de los tradicionales lugares de la emigración extremeña: Cataluña, País Vasco y Madrid.

Y eso se nota en el acento de quienes transitan por las empinadas calles del pueblo un día de diario, en su plaza principal repleta de coches (es prácticamente la única zona llana) y también en los panes que Sergio vende. «Ahora sí merece un poco más la pena venir, pero así y todo las cuentas no salen. Si tuviera que pagar mi sueldo de este camión, habría que llevarlo al desguace», cuenta Sergio Garrido, de 34 años. Él recorre cada día varias de las alquerías de Pinofranqueado en ese camión que es un supermercado rodante, una caja de cerillas -como él dice- comparado con el supermercado que regenta su familia política en Pinofranqueado, Coke Covirán, y donde trabaja cada día cuando llega de la venta ambulante. «Mi suegro lleva toda la vida viniendo a las alquerías de Pino, luego venían mis cuñados y ahora estoy yo, que llevo ya diez años recorriendo estos pueblos». Lo que más vende durante todo el año es, sin duda, leche y pan

Sergio Garrido a tiende a varios vecinos de Ovejuela en su súper rodante.

Sergio Garrido a tiende a varios vecinos de Ovejuela en su súper rodante. / G. M.

Antes venía a Ovejuela a diario, pero hace un tiempo que empezó a recortar y ahora acude dos días a la semana: martes y viernes. «Hemos tenido que reducir porque si no, no podríamos venir». Las cuentas no salen, pero no abandonan la venta ambulante en esta Extremadura rural porque saben que son un servicio esencial y cumplen una función social. «Es que aquí vive mucha gente mayor y sin coche. Me daría mucha pena dejarlo, porque además me lo paso bien». 

Y no es el único comercio rodante que llega al menos a este pequeño municipio del norte cacereño. Los lunes y jueves acude una panadera de Pinofranqueado -«nos hemos tenido que repartir porque era una tontería venir dos panaderos todos los días», dice Sergio-, los jueves «el del pescado y los congelados» y cada 15 días les visita Jaime, un carnicero de Béjar (Salamanca) que también les surte de embutidos. «Yo tengo apuntado el que toca cada día porque si no es un lío», dice Pilar, que les suele comprar a todos. «Siempre te hace falta algo y como no tengo coche, pues lo compro todo aquí. Además, así no dejan de venir», añade. Hoy ha comprado atún, suavizante, magdalenas... y varias barras de pan porque sus hijos, que viven fuera, pasan la mayor parte del verano con ella. 

Pilar carga su bolsa reutilizable en la segunda parada de Sergio en el pueblo que le pilla a escasos metros de su casa. La primera es en una calle sin salida en una empinada cuesta, donde el joven descendiente de Montehermoso atiende a una veintena de clientes que viven en la parte más alta de la localidad. Entre ellos está Asunción Domínguez, que se lía con los años cuando se le pregunta por su edad: «tengo 45... ¡ay no, calla, 75!».

-¿No traes chocolate hoy?, pregunta esta vecina.

-Lo que no tengo es del blanco, responde Sergio desde el camión.

-Pues ponme yogures que hasta el viernes ya no vienes.

Y que siga viniendo, porque saben que sin él, que trae de todo un poco, la vida sería más complicada e incómoda: «Tendríamos que bajar a Pino, pero sin coche tú me dirás... dependeríamos de los hijos», dice Asunción. Añade a su compra cereales, pechuga de pollo, café, cereales, papel de cocina y siete barras de pan. Siete. «Es que mañana miércoles no tenemos pan, ni los sábados ni los domingos, y ahora somos muchos». Asegura que ella lo compra todo aquí y cuando necesita algo con urgencia, llama a Sergio por teléfono y se lo encarga. Y las vecinas más jóvenes incluso le mandan WhatsApp. La clave, apunta, es organizarse con las comidas y pensar bien todo lo que hace falta cada día.

«Tiene todo lo que necesito»

María Teresa Sánchez es otra de las autóctonas de la fila que espera su turno. Ella y su marido sí disponen de vehículo y bajan frecuentemente a Pinofranqueado (a 13 kilómetros) y a Plasencia (a unos 70 kilómetros) donde viven su hija, que no pudo acabar la Primaria en el pueblo porque justo cuando le quedaba solo un curso el colegio cerró. «Tenía 11 años y ahora tiene 38, o sea, que llevamos 27 años sin escuela». Podría traerse la compra de fuera, «de hecho acabo de venir de Pino de hacerme unos análisis», pero ella prefiere servirse de los tenderos ambulantes como Sergio para que no dejen de venir. «Para qué quiero comprar fuera si todo lo que necesito me lo traen aquí», cuenta mientras relata que a pesar de ser un pueblo pequeño se vive muy bien y no se aburre: «Los lunes tenemos gimnasia, los miércoles manualidades y los jueves cantamos en la iglesia y luego nos tomamos café con dulces».

Sergio Garrido le da la bolsa con el pan a Mini Domínguez.

Sergio Garrido le da la bolsa con el pan a Mini Domínguez. / G. M.

«Es que este supermercado tiene de todo, desde carne fresca o avecrem hasta pilas y cepillos para barrer», apunta Mini Domínguez, nacida y criada en Ovejuela y residente en Hospitalet (Barcelona). «Desde que me jubilé vengo mucho, el año pasado me tiré aquí 8 o 9 meses, pero ahora tengo un nieto que cuidar y podré venir menos». Cuenta que en la pandemia se quedó en el pueblo año y medio y fue su salvación. «Yo lo único que pido es que no dejen de venir estos comercios portátiles, que no nos falte esto, que haga lo que sea el gobierno de Extremadura para que no abandonen; y si tienen que ponerle una ayuda, que se la pongan, por favor». Su ausencia sería, cree, la puntilla a la Extremadura más rural. La alternativa más cercana es Pinofranqueado, a unos 13 kilómetros de sinuosas curvas descendentes con unas vistas únicas a las frondosas sierras de Las Hurdes, que ahora han cambiado su color verde habitual por el negro del último incendio de mayo, que asoló más de 10.000 hectáreas y que ha dejado huella también en alguno de sus vecinos. "Pasamos mucho miedo primero con el fuego y luego con las lluviar", rememora Pilar.

El acento catalán de Mini no es el único que se cuela en la cola de este peculiar pequeño súper. Bautista Sánchez (es el apellido más frecuente junto con Domínguez porque dicen que son casi todos familia) vive en San Sebastián pero viene siempre de vacaciones. «Ahora que ya estoy jubilado paso aquí dos o tres meses al año. Me gusta mucho venir y que sigan viniendo estos camiones, porque si no, no comemos»

Teresa, Bautista y Jesús posan ante el comercio rodante de Coke Covirán.

Teresa, Bautista y Jesús posan ante el comercio rodante de Coke Covirán. / G. M.

Una vez al mes va al municipio una de las hijas de Pilar, Belén Sánchez, que vive fuera de la localidad desde los 18 años. «Aquí no había recursos para quedarse, o te dedicabas al campo o a vivir de las prestaciones, y no era viable, al menos antes». Ahora vive en Madrid, donde trabaja como técnico educativo en educación especial y donde ha formado su familia, pero cada mes vuelve a Ovejuela para ver a sus padres. «A mí es que me gusta mucho mi pueblo, esto es una maravilla, estar lejos de una ciudad».

Médico sólo los miércoles

La tranquilidad desde luego es insuperable, pero el hándicap de la España vaciada es la escasez de servicios para los que se quedan. Según un informe del Banco de España, el 5% de la población extremeña vive en poblaciones en las que no hay comercios, el 7% carece de bancos y casi el 11% tampoco tiene bares a su alrededor. En Ovejuela el médico de cabecera solo pasa consulta un día a la semana: «Aquí sólo te puedes poner malo los miércoles», ironiza un vecino, que apunta que antes había más bares y tiendas en el pueblo, «pero los jóvenes empezaron a irse y nos quedamos los viejos». Ahora hay dos bares (aunque uno de ellos va a echar la persiana el próximo septiembre) y desde hace cuatro años funciona una tienda que regenta Roberto Pérez, un joven que cambió Ibiza por la paz de Las Hurdes. «Tengo cuatro cosas básicas y antes vendía pan a diario, pero este año ya sólo lo traigo por encargo, ahora me dedico principalmente a la artesanía y también vendo en mercadillos de la zona». 

El tercer negocio que hay en el municipio está enfocado al turismo. Son cinco o seis casas rurales, de las que dos regenta Juan José Inglés, que espera su turno ante el camión de Sergio. «A mí me encanta que se me cuele todo el mundo porque este es uno de los momentos de relacionarse con la gente del pueblo, sobre todo con la gente más mayor». Vive en Cáceres pero los fines de semana los pasa en Ovejuela y por supuesto a todos sus clientes les informa de estos súper rodantes que suministran al municipio. «Es una cosa que les llama la atención, es que es muy curioso y además cumple una función social fundamental». Lo saben bien los vecinos y por eso intentan cuidar a Sergio. No es raro que le inviten al café que echa en uno de los bares tras cada venta. «Aquí hay muy buena gente».

El único tendero: de Ibiza a la paz de Las Hurdes

Hace cuatro años que Roberto Pérez, de 36 años, cambió su Ibiza nataL por Las Hurdes, que conoció durante unas vacaciones. Se enamoró de Ovejuela y echó cuentas. Le salían. «Vivir aquí es muchísimo más barato». Así que dejó su trabajo en la hostelería y abrió una pequeña tienda en Ovejuela. Al principio era un súper de básicos, pero poco a poco empezó a meterse en el mundo de la artesanía y ahora es su actividad principal. «Veía que había turismo y luego también vendo mucho en mercadillos de la zona», aunque admite que este año la economía está más floja. «El incendio no ha ayudado».