UNA REALIDAD INVISIBLE

Con discapacidad y víctima de maltrato: «Me pegaba a diario. Dormía a mi hijo temprano porque me aterrorizaba que lo viera»

Las denuncias por violencia de género se han duplicado en diez años, una lacra que se agrava con la discapacidad

En Extremadura 1.940 mujeres cuentan con medidas de protección frente a sus agresores. 2 tienen riesgo extremo

Lourdes Cid, técnico de Inserta Empleo Extremadura, que ayuda a mujeres maltratadas con discapacidad, sujeta la mano de una víctima.

Lourdes Cid, técnico de Inserta Empleo Extremadura, que ayuda a mujeres maltratadas con discapacidad, sujeta la mano de una víctima. / Carlos Gil

«Qué tienes por ahí? A saber lo que haces mientras yo estoy trabajando y tú sales de casa». Así fue el inicio de una vida de insultos y golpes para Marta (nombre ficticio porque no quiere exponerse ya que su agresor está en la calle), una extremeña con discapacidad víctima de violencia de género. Nació con un problema de desgaste y deformación de los huesos, que se agravó por esos episodios de maltrato y ahora tiene reconocido un 35% de discapacidad. Empezó con su agresor cuando tenía poco más de 20 años y, mientras no vivían juntos, la relación era aparentemente normal, al menos así lo interpretaba ella: «Teníamos peleas tontas, propias del noviazgo, así las veía yo», cuenta a este diario.

Hasta que comenzaron a convivir. Decidieron dar el paso cuando ella se quedó embarazada. Y un día, con más de siete meses de gestación, él llegó tarde a casa. Ella, cansada, decidió marcharse a dormir, pero a su agresor no le gustó que se retirara justo cuando él acababa de regresar. Así que comenzó a reprocharle que si no quería estar con él en el salón era porque tenía algo que ocultar. Empezó a empujarla y en el dormitorio la tiró encima de la cama y la agarró del cuello. Marta consiguió zafarse y refugiarse en la segunda habitación de la vivienda, que tenía cerrojo. Se encerró allí con su teléfono móvil y le advirtió de que iba a llamar a la policía.

Su agresor se marchó de casa, pero al rato volvió con su madre y con su hermana. «Me dijeron que la culpa era mía, que era yo quien le provocaba porque cuando él se iba a trabajar yo salía», recuerda. Finalmente no lo denunció y aquel infierno se convirtió en el día de día de esta extremeña. «Me insultaba, me daba golpes, me tiraba de todo. Había semanas que era todos los días», cuenta. Llegó a ver normal lo que pasaba, a pesar de que ya había sufrido como hija el maltrato porque su padre le pegaba palizas a su madre cuando ella era una niña. «Mi madre estaba todo el día trabajando. Éramos siete hermanos y mi padre llegaba a las doce o la una de la mañana bebido y la pegaba», cuenta. Un día, cuando solo tenía 11 años, llegó hasta a enfrentarse a él.

Sin embargo, cuando ella lo sufrió en primera persona, no tuvo fuerzas. «No me vía preparada para denunciar, primero por el qué dirán, por el qué pensaría mi familia. Mis amigos no porque ya no tenía, no me dejaba, me separó de todos», explica. Fue el miedo a que llegara hacerle algo a su hijo lo que le dio la valentía para presentar una denuncia.

Le agredió delante de su hijo

Le pegó varias veces delante de él. «Un día se enfadó cuando llegó a casa porque el niño (no tenía aún los tres años) estaba viendo dibujos, dejó de verlos y se puso a jugar con un globo en la cocina donde yo estaba cocinando y le pedí que dejara el globo hasta que terminara. No le gustó y empezó a gritar. Se fue enfadado a la habitación y cerró la puerta con tanta furia que la rompió. Luego cogió la parte que se había roto y me la tiró encima, me clavó una astilla en la espalda», recuerda. Fue al ambulatorio a curarse, pero no les contó la verdad a los médicos que la atendieron. Les dijo que había sido un accidente. Sospecha que no la creyeron del todo, pero no hicieron nada.

«Me separó de mis amistades. No quería que saliera de casa, pensaba que le engañaba»

Era tal el miedo que sentía que dormía a su hijo temprano para que cuando él llegara ya estuviera en la cama y no fuera testigo de las palizas. «No sabía cómo iba a llegar, sabía cómo se iba pero no cómo iba a volver a casa», dice. No lo denunció pero decidió separarse cuando su hijo no había cumplido aún los tres años, con la condición de que podía visitarlo cuando quisiera. No lo aceptó y siguió acosándola cada vez que iba a casa. «Un día llegó y yo estaba hablando por internet con el que ahora es mi marido (llevan más de 15 años). Le dije que no podía atenderle y me empezó a dar puñetazos en el brazo. Me cogió del cuello y cuando logré quitármelo de encima me lanzó el teléfono de casa. Le dije que ya no se escapaba, que iba a llamar a la policía, pero me siguió agarrando del cuello e impidiendo que cogiera el teléfono», rememora. Se lo quitó de encima como pudo, llamó a la policía y él huyó. Lo localizaron al día siguiente. Al tiempo le condenaron a días de trabajos a la comunidad. Fue a petición de ella porque pedían pena de prisión. «No quería que le condenaran a cárcel porque mi hijo pequeño no lo iba a entender», se justifica.

Se le impuso también una orden de alejamiento que estuvo un año en vigor pero se saltaba cuando quería. Y a día de hoy, después de que han pasado más de 15 años, la sigue controlando. «Sabe dónde trabajo, ha venido. Cuando lo veo siento temor, ese sentimiento nunca se va. Tampoco la rabia», reconoce. Ha conseguido rehacer su vida, está casada y tiene dos hijos más, de 12 y 8 años; el que tuvo con su agresor ya tiene 20. Nunca ha hablado con él sobre este infierno pero sabe que lo recuerda porque fue testigo de las palizas. Y ella ha preferido guardar esa etapa en un cajón: «No quiero recordarlo porque se vuelve a abrir la cicatriz. A veces hay que olvidar las cosas para que dejen de doler», sostiene.

Mil denuncias en seis meses

En Extremadura se han duplicado las denuncias por violencia de género en la última década. En el primer semestre de este año se han presentado en los juzgados 1.934, las mismas que las de todo el año 2013, cuando se recibieron 1.991. Solo entre abril y junio los tribunales extremeños recibieron 1.000 denuncias, un 13% más que en el mismo periodo del año anterior. Y se contabilizaron 988 víctimas, un 12,9% más, lo que sitúa a la región en una tasa de 18,5 víctimas por cada 10.000 mujeres, ligeramente por debajo de la media nacional, que está en 19,2, según los datos del Observatorio contra la violencia de género que se han dado a conocer esta semana. Actualmente en la región 1.940 mujeres cuentan con medidas de protección frente a sus agresores, de las que dos están en riesgo extremo, según informa la Delegación del Gobierno en Extremadura. Y en lo que va de año en España han sido asesinadas por sus parejas 51 mujeres, ninguna en la región. Son ya 1.236 feminicidios desde el año 2003.

«Le denuncié pero el terror no se me va. Ya no hay orden de alejamiento y sigue acosándome»

La violencia de género es una lacra que se agrava aún más en el caso de las mujeres con discapacidad, como Marta. Un estudio del Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (Cermi) revela que el 20% de las mujeres asesinadas a manos de sus parejas tenían una discapacidad reconocida. Este informe advierte también de que el 40% de las mujeres con discapacidad han sufrido o sufren episodios de maltrato. Es la realidad invisible, así la define Lourdes Cid, técnico de Inserta Empleo Extremadura, un colectivo que pertenece a Fundación ONCE y que ayuda a las víctimas a reconducir sus vidas.

Esta semana ha presentado en Mérida el libro ‘La voz del coraje’, que recoge los testimonios de 14 víctimas de violencia de género con discapacidad. Es la primera vez que un grupo de mujeres con discapacidad que han sido maltratadas se prestan a contar su historia poniendo su rostro. «Fueron capaces de salir de una situación de violencia extrema y dan la cara para animar a aquellas que estén en la misma situación a que denuncien, a que no pierdan la esperanza, a que se alejen para siempre de su maltratador», explicaron en la presentación. En el libro se animó a participar también a la protagonista de este reportaje pero declinó hacerlo precisamente por ese temor a que su agresor volviera.

Inserta Empleo Extremadura atiende en estos momentos a 113 mujeres con discapacidad que viven o han vivido situaciones de maltrato (hay 250 destinatarias pero de momento solo han comenzado a trabajar con 113). Desde 2020, cuando empezó el proyecto, han logrado que 33 encuentren un empleo. Con ellas trabajan primero la recuperación de la autoestima y el empoderamiento a través de talleres. Y después las preparan para el ámbito laboral, a través de la realización de acciones formativas que las capacitan para el empleo, con el objetivo final de ejercer como intermediarios con las empresas para conseguirles su inserción. Marta ya lo ha logrado. Ahora es conserje.

«Llegan derrotadas»

«Muchas llegan derrotadas. Tienen una triple discriminación: por ser mujer, por su discapacidad y por la violencia que sufren. Estos tres aspectos cierran muchas puertas y generan muchos estigmas en la sociedad», apunta Lourdes Cid. En la mayoría de los casos, además, la violencia forma parte de su vida desde la infancia: «En la discapacidad intelectual y psicosocial la violencia está muy presente desde la niñez. En muchos casos no son aceptadas por su familia o por su entorno. Algunas nos cuentan que han llegado a normalizarlo», explica.

Desde Inserta Empleo Extremadura les ofrecen acompañamiento y las escuchan. «Llegan con una autoestima y motivación inexistente y con el miedo muy presente. Vienen bajo el yugo de una amenaza», comenta Lourdes Cid. Su trabajo es duro. Dice que cuesta mirar de frente a las mujeres que viven aterrorizadas, pero no lo cambiaría: «A pesar de la dureza es muy satisfactorio, las mujeres te dan una lección día tras día. Vienen con ganas de coger las riendas de su vida, de sacar adelante a sus hijos, de llevar una vida normal», cuenta esta técnico. Para ella, lo mejor, es que una vez que dan el paso de denunciar, y a pesar de ese miedo, «pocas se rinden».