Visto desde la perspectiva que da el tiempo (estamos a finales de diciembre, con la incidencia del covid de nuevo disparada), es posible que julio marcara el inicio de un verano en el que vivimos por encima de nuestra posibilidades de normalidad, esta nueva normalidad que nos empeñamos en convertir en vieja normalidad pero que no acaba de funcionarnos. ¡Qué lío!

El caso es que a principios de julio la incidencia volvía a dispararse a pesar de que la mitad de los extremeños ya tenían la pauta completa, es decir, que habían recibido los dos pinchazos con el cóctel anti coronavirus. El verano prometía emociones, pero era un quiero y no puedo. Vamos, algo a lo que por desgracia nos estamos acostumbrando.

La Eurocopa estaba en marcha y, tras algunas dudas, la España del controvertido Luis Enrique volvía a ilusionar. ¿Un claro en el cielo encapotado? Sí, porque Italia nos apeó en semifinales, pero en los penaltis y con la cabeza muy alta. También julio, en el apartado deportivo, fue el del inicio de los Juegos de Tokio, unas olimpiadas que pasarán a la historia por celebrarse con un año de retraso y sin público en las gradas. Fueron cinco extremeños, Miriam Casillas, Cristina Cabaña, Javier Cienfuegos, Álvaro Martín y Alberto Ginés, que después escribió su nombre en los libros de historia, pero eso fue en agosto y merece ser contado en otro momento. Vamos, lo que viene a ser unas páginas más adelante. Pero en julio sí llegó la primera medalla española, de una casi extremeña Adriana Cerezo (Navezuelas), plata en taekwondo.

Bajaba el paro en la región, pero los jóvenes seguían en la cola, no en la del paro, pero sí en la de los cribados, otra de esas palabras que se ha hecho habitual en nuestro vocabulario. Los jóvenes también protagonizaban otro momento, en este caso en la universidad, cuando presentaban unos robots para dar asistencia a los mayores y un proyecto de medicina personaliza. Quizás en el futuro vuelvan a protagonizar más portadas.

Los jóvenes, seguimos con ellos, empezaba a vacunarse, la mascarilla dejaba de ser obligatoria en exteriores (sí, sí, esa que ahora ha vuelto) y el covid no dejaba de golpear fuerte, obligando a aplicar de nuevo cierres perimetrales en algunas localidades, aunque los tribunales impedían volver a los toques de queda.

La indignación volvía a la calle, esta vez para protestar por la brutal muerte en Galicia del joven Samuel. Muchas plazas extremeñas se llenaron de gente manifestándose contra el odio y la violencia que aún sigue sufriendo el colectivo LGTBI. Amar en libertad era, y sigue siendo, la petición.

El precio de la luz ya empezaba a ser noticia en los últimos días del mes cuando alcanzaba los 103 euros el kilovatio, que algunos meses después llegaba incluso a los 300. Y aquellos días este diario hablaba de ‘desbocado precio’. ¡Y así sigue!

Pero no todo iban a ser malas noticias. Amazon empezaba a ser una realidad en Badajoz (la previsión es abrir en junio de 2022), el teatro volvía a Mérida (eso siempre es una luz en el negro panorama que deja el covid) y siguiendo con el panorama cultural, Ai Weiwei visitaba Cáceres para reunirse, junto a Helga de Alvear, con su obra, emblema del nuevo museo de arte contemporáneo cacereño. 

En el fútbol, julio siempre es sinónimo de pretemporada y en ella estaban los equipos extremeños, con el foco puesto principalmente en dos:el Extremadura, que vivía una semana clave tras otra sin llegar a una solución (que parece, nunca llegará); y el Badajoz, con la detención y encarcelamiento de su propietario y presidente, Joaquín Parra, por presunto fraude fiscal. Sigue en la cárcel.

El mes se cerraba con una buena noticia, la vuelta de las listas de espera a niveles prepandemia. La nueva normalidad empezaba a parecer a la vieja, pero no, todo era un espejismo. La nueva no es la vieja, ni lo será. Vamos, ¡un lío!, como he dicho antes. Un lío que no acaba.