La educación es inherente a la naturaleza humana y constituye un proceso inacabado de carácter no necesariamente intencional. Tradicionalmente, nuestra sociedad a través de los diferentes agentes de socialización (familia, escuela, grupos de iguales, mass media, etc.) ha construido modelos de personas diferenciados en cuanto a género, se asocian características y roles específicos en función de si se nace varón o mujer. La desigualdad se hace evidente y se perpetúa cuando una mujer “ocupa” un espacio o posición reservado para lo masculino (o viceversa). 

La mejor herramienta para terminar con el machismo y la discriminación que históricamente ha sufrido el género femenino es la educación. La educación desde casa, la educación desde la edad temprana, la educación en primaria y en la adolescencia. Pero también la educación en las universidades. La educación en el lenguaje. Y la educación general de la sociedad. Una educación con perspectiva de género que haga de la misma una sociedad deconstruida y sana. Enseñar a quienes enseñan, como explica la pedagoga Pilar Díaz, “no es fácil”. Para ella, hay un problema básico: “Nos seguimos centrando en el temario y poco en la vida real y el equipo docente debe remar hacia el mismo objetivo con las familias, algo difícil”.

Los roles de género se adquieren desde la infancia y desde objetos tan simples como los juguetes como analizó la profesora de educación infantil Ángela María Reyes Montero en ‘La diferencia de género en los juegos y juguetes desde la etapa infantil: comparación entre el S.XX y S.XXI’. También el lenguaje lo fomenta. Decirle a un niño “los niños no lloran” o utilizar expresiones como “nenaza” forman parte de un sistema que perpetúa esos roles y discrimina y denigra a la mitad de la población.

La profesora Maribel Rodríguez Ponce explica que “las lenguas son producto de la sociedad, pero al mismo tiempo son las herramientas con las que la propia sociedad y la cultura se construyen”. De ese modo, “si una cultura es tradicionalmente patriarcal, androcéntrica, machista, etcétera, es inevitable encontrar en la lengua esos reflejos ideológicos. Si mantenemos usos lingüísticos sexistas, seguiremos potenciando pensamientos y realidades sexistas”, concluye.