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CINCO AÑOS DE LA MUERTE DE UN AUTOR IMPERECEDERO

Netflix derrota a Gabo

El escritor siempre se negó a ceder los derechos para no coartar la imaginación de sus lectores. Las adaptaciones fallidas de su obra siembran de incógnitas la serie sobre ‘Cien años de soledad’

 

MAURICIO BERNAL
18/04/2019

Si se ha producido una noticia de calado en los últimos meses en el macondiano mundo de Gabriel García Márquez ha sido de lejos la decisión de sus hijos, Rodrigo y Gonzalo García, de vender a Netflix los derechos de adaptación al cine de Cien años de soledad. La plataforma ha anunciado que hará una serie. Si el novelista colombiano está o no retorciéndose en su tumba es algo que debería ser sometido a consideración, más allá de que los muertos tengan esa habilidad, toda vez que en vida se negó una y otra vez a que su obra cumbre tuviera forma audiovisual. Ayer se cumplieron cinco años de la muerte del escritor de Aracataca y no hay nada más relevante para su legado que la perspectiva de que Remedios La Bella, Aureliano y Jose Arcadio Buendía, Úrsula Iguarán y Mauricio Babilonia sean arrancados del imaginario privado de cada lector y convertidos en gente de carne y hueso. No es un debate menor.

García Márquez lo expresó en esos términos en el artículo Una tontería de Anthony Quinn, publicado en 1982 al hilo de la controversia suscitada por la revelación del actor mexicano de que había ofrecido un millón de dólares por los derechos de la novela –y de que había recibido un no por respuesta–. «Mi reticencia de que se hagan en cine Cien años de soledad –escribió– se debe a mi deseo de que la comunicación con mis lectores sea directa, mediante las letras que yo escribo para ellos, de modo que ellos se imaginen a los personajes como quieran, y no con la cara prestada de un actor en la pantalla. Anthony Quinn, con todo y su millón de dólares, no será nunca para mí ni para mis lectores el coronel Aureliano Buendía».

DE NIRO Y SOPHIA LOREN / En 1989 insistió en lo mismo durante una extensa entrevista con Larry Rohter para The New York Times. Entonces dijo que al dar un rostro cinematográfico a la saga de los Buendía, «el margen de creatividad de los lectores desaparecería», y añadió: «Además, sería una producción tan costosa que tendría que haber grandes estrellas, De Niro como el coronel Aureliano Buendía y Sophia Loren como Úrsula, lo que la convertiría en otra cosa. No, este libro es demasiado parte de la vida diaria de Latinoamérica para hacer eso». Cualquier adaptación de una obra literaria es un golpe a la imaginación (¿alguien no piensa en Viggo Mortensen cuando piensa en Aragorn?), y García Márquez era reacio a encerrar su obra maestra en el cuadrilátero audiovisual; reacio a caparla. No desplegó ese celo con otras obras suyas, que no solo permitió que fueran adaptadas, sino en cuyas adaptaciones participó con entusiasmo –fue guionista y coguionista en varios proyectos–; lo cual eleva el significado de su permanente rechazo a ceder Cien años de soledad. Demasiado parte de Latinoamérica.

«Él siempre se negó a ceder esos derechos, y además de una forma muy tajante –explica Conrado Zuluaga, editor y experto en la obra del escritor colombiano, y autor de varios libros sobre el Nobel–. No coqueteaba con el asunto, sino que era tajante en rechazarlo, y creo que se debe a que era muy consciente de que era una obra inabarcable, desmesurada para llevarla al cine. Ahí está la disputa con Anthony Quinn, hay mil cosas sobre eso. Y el revuelo que ha causado esta noticia es porque todo el mundo tiene en la cabeza esa actitud categórica de él».

UN HOMBRE DE CINE / La paradoja es que Gabo era un hombre de cine: sus comienzos como periodista los marcó en parte su trabajo como crítico en El Espectador de Bogotá, fue cofundador de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba) y era, en general, un devoto de la gran pantalla. «Lo único que he estudiado hasta el final durante casi toda mi vida es el cine», le dijo en aquella entrevista a Rohter. Le gustaba tanto que le gustaba actuar: una de las primeras adaptaciones cinematográficas de una obra suya fue En este pueblo no hay ladrones, película de Alberto Isaac estrenada en 1965 basada en el cuento del mismo nombre, donde Gabo hacía el papel de cobrador de cine (el filme, de hecho, era un compendio de estrellas: también actuaban el calandino Luis Buñuel, Carlos Monsiváis, Juan Rulfo y Leonora Carrington, entre otros). Que en varias ocasiones cediera los derechos de sus obras para el cine entra en la lógica de un escritor con el animal cinematográfico metido en el cuerpo. Pero el cine casi nunca le devolvió alegrías.

Desde aquella película de Isaac hasta la adaptación más reciente de una obra suya, Memoria de mis putas tristes, de Henning Carlsen (2011), pasando por hitos como El coronel no tiene quien le escriba, de Arturo Ripstein (1999), El amor en los tiempos del cólera, de Mike Newell (2007), o Crónica de una muerte anunciada, de Francesco Rosi (1987), las traslaciones cinematográficas de la obra de Gabo no han cosechado ni el favor del público ni el de los críticos. No pasaron desapercibidas porque eran obras basadas en libros de García Márquez, y porque algunas, como la de Newell, tenían presupuesto y estrellas que mostrar (Javier Bardem hizo el papel de Florentino Ariza), pero de no concurrir estas circunstancias, difícilmente se habría hablado de ellas. El cine basado en obras de García Márquez no pasará a la historia del cine.

«Hay autores muy ricos en la página que son muy difíciles de adaptar –dice Manuel Kalmanovitz, crítico de cine de la revista colombiana Semana– porque el gozo con el lenguaje de una novela no necesariamente conlleva riqueza dramática o de situaciones, o de imágenes». Su colega Pedro Adrián Zuluaga considera que las adaptaciones de las obras del Nobel, en especial de las obras extensas, se han enfrentado sin éxito con dos desafíos mayúsculos: la escasez de diálogos y su carácter sentencioso por un lado y la atmósfera mágica que respiran la mayor parte de sus libros por el otro. «Se suele reducir lo mágico a hechos, cuando en García Márquez es la realidad entera la que es mágica». De todos modos, Zuluaga advierte contra la tentación de considerar que «toda» la relación de García Márquez con el cine fue un inmenso fracaso, y reivindica la condición de «interesantes» adaptaciones como la de Alberto Isaac, la de Ripstein de El coronel no tiene quien le escriba o la de Ruy Guerra de La mala hora, estrenada en el 2005 como Veneno de madrugada. «Sus cuentos y novelas cortas han sido más propicios a los ejercicios de adaptación afortunados».

EL FORMATO IDEAL / La noticia sobre Netflix y Cien años de soledad y los hijos del escritor ha desempolvado todo esto: la machacona negativa del autor a ceder para el cine su novela más celebrada y la mala suerte en general que corrieron las adaptaciones que sí aprobó. No se puede decir que sean buenos augurios, pero quizá juega a favor de un desenlace satisfactorio el formato: una serie. Ya lo vio en su día Anthony Quinn, cuando en aquel 1982 declaró en una entrevista (la que daría pie a la respuesta de Gabo): «Cien años de soledad sería ideal para un serial de 50 horas de televisión, pero García Márquez no quiere venderlo». Un serial. Cincuenta horas.

«No solo me parece el formato ideal –dice Zuluaga (el crítico)–. Es el único formato posible». «La desmesura de Cien años de soledad es difícilmente abarcable en una película –coincide Zuluaga (el editor)–, pero como serie es mucho más digerible, no solo para la realización, sino para el público». «Con el auge de las series de alto presupuesto –dice Kalmanovitz–, con lo que se han abaratado los efectos especiales y con el auge y la flexibilidad de lo digital, quizá sea posible lograr una adaptación que se corresponda con la amplitud de la novela».

En el proyecto de Netflix, los hermanos García asumirán el rol de productores ejecutivos, y es muy posible que Rodrigo, director de una docena de películas, entre ellas la notable Cosas que diría con solo mirarla y de varios capítulos de Los Soprano y A dos metros bajo tierra, entre otras producciones televisivas, acabe dirigiendo algunos episodios. «Yo creo –dice Zuluaga (el editor)– que Rodrigo puede hacer algo valioso porque tiene una mentalidad cinematográfica clara y definida, y porque me imagino que conversó mil veces con su padre sobre literatura y cine y puede tener unas ideas bien cimentadas sobre cómo hacer una buena serie», reconoce. La victoria de Netflix sobre la voluntad de García Márquez es la victoria de la cultura audiovisual. Pero la verdadera victoria tendrá lugar cuando la plataforma haya demostrado que estaba a la altura del desafío. Para esto habrá que esperar.