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una práctica polémica

Bofetón al negocio millonario que generan los vientres de alquiler

El libro, de una experta en bioética, denuncia el uso de «bebes objetos». Un ensayo subraya cómo la gestación subrogada es una industria sin humanidad

 

Una embarazada mira por una ventana, en una imagen de archivo. - EL PERIÓDICO

OLGA PEREDA
20/02/2019

Los defensores de la paternidad y la maternidad mediante gestación subrogada pretenden edulcorar lo que realmente significa «alquilar el útero de una mujer mediante un contrato». Así comienza Vientres de alquiler (editado por Lo que no Existe), ensayo firmado por Núria González, abogada especializada en derechos humanos y bioética. El libro es un repaso implacable de un negocio deshumanizado y millonario en el que los padres son «contratantes», y los niños, un «objeto comercial».

Si los padres contratantes no lo ven oportuno, esos niños sabrán quiénes son sus madres y, por lo tanto, perderán una parte importante de su identidad. Los bebés, a los que se les niega el derecho a la lactancia materna, son abruptamente separados de las mujeres que ellos reconocen como sus madres por el olor, el latido y el tono de voz. Pueden sufrir problemas de salud, como estrés, ansiedad y síndrome del abandono. El ensayo recuerda que en España una sentencia del Supremo del 2014 prohibió la inscripción de cualquier bebé que proviniera de un contrato de vientre de alquiler. Pero una instrucción del 2014 de la Dirección General de los Registros y del Notariado estableció una política favorable al registro de estos niños. En pleno debate político y social en España tras los últimos acontecimientos en Ucrania (el ministerio de Asuntos Exteriores anunció ayer que no se inscribirán más bebés, aunque permite que lo hagan los 39 niños ya nacidos que estaban en trámite y negocia que el resto pueda viajar a España con un salvaconducto), repasamos algunas de las (durísimas) conclusiones de Vientres de alquiler.

manipulación del lenguaje / Alicia Mirayes, portavoz de la plataforma No Somos Vasijas, escribe el prólogo y lo primero que destaca es la manipulación del lenguaje, la manera de edulcorar la (triste) realidad. La maternidad subrogada no es tal, sino vientres de alquiler, úteros que se contratan. Los padres comitentes son, en realidad, padres contratantes. Y el producto final, bebés cosificados y mercantilizados. La llamada donación o compensación es el pago del precio estipulado. El ensayo deja claro que la gestación subrogada se vende como algo natural en el que todas las partes salen beneficiadas: los padres «cumplen un sueño» y las madres gestantes son «ángeles altruistas». Lo cierto, concluye, es que hay una nueva clase social, nacida al auspicio del hipercapitalismo: tú puedes comprar un hijo.

Cinco compañías para un pastel / El libro repasa las cinco primeras agencias instaladas en España y las califica de «auténticas multinacionales que generan un mercado global». Usan una estrategia que implica la utilización del neolenguaje para hacer que su mensaje sea científico, sofisticado, aspiracional y no genere rechazo en términos morales o sociales. California está considerada la cuna del negocio. Los padres contratantes acuden al estado más rico de EEUU no tanto por el elevado coste del proceso (unos 100.000 dólares), sino por la seguridad jurídica que les brinda, ya que tienen todos los derechos asegurados sobre el bebé desde el cuarto mes de embarazo.

Primer caso: 1976 / El primer caso de vientre de alquiler se dio en 1976 en California y se realizó a través de una inseminación financiada por el abogado Noel Keane, creador de la primera agencia dedicada a este negocio, la Surrogate Family Service Inc. Sin embargo, el primer caso mediático, conocido como Baby M, se dio en 1985 en Nueva Jersey. La mujer gestante, Mary Beth Whitehead, firmó un contrato en el que se comprometía a tener un hijo para William y Elizabeth Stern. Recibió 10.000 dólares de un total de 25.000 que la familia Stern pagó al centro. Mary Beth Whitehead (inseminada con el semen de Stern) decidió no entregar la hija al matrimonio. Fueron a los tribunales, que decidieron otorgar la custodia al padre biológico permitiendo a la madre biológica visitarla.

Ucrania, por delante de EEUU / Todas las agencias intermediarias recomiendan que el vientre de alquiler sea de una mujer de nacionalidad y residencia ucraniana, subraya González, que estima que unos 300 bebés inscritos en España son frutos de los contratos de alquiler en aquel país. Las razones del éxito que apunta la abogada son varias. Primero: el coste es dos o tres veces menor que en Estados Unidos o Canadá. Segundo: las leyes respaldan a los padres contratantes, que pueden firmar cláusulas en las que se puede concretar el derecho al aborto sobre la madre gestante, o abandonar el producto-bebé si no cumple las expectativas de los contratantes. Incluso hay contratos que dan dos o tres oportunidades de embarazo independientemente del estado de salud de la madre. Tercero: el perfil caucásico. Y cuarto: la monitorización a lo largo de las 24 horas del día en residencias, unos recintos que muchas veces se convierten en granjas humanas.

TURISMO REPRODUCTIVO /El primer caso de contrato de vientre de alquiler en la India se produjo en 1994. Se inició una campaña oficial para promocionar el turismo reproductivo. El volumen de mujeres que accedían a esta práctica y toda la industria que estaba generando -dejando casi sin profesionales de la medicina de otras especialidades- hizo que en el 2012 el Gobierno publicara una orden para exigir visado médico a las personas que desearan viajar a la India para contratar la maternidad subrogada. En el 2013 se prohibió el acceso a los vientres de alquiler a extranjeros, homosexuales y personas en cuyos país de origen estuviera prohibido y en el 2016 entró en el Parlamento una propuesta para prohibir la práctica. También Nepal empezó a acotar el mercado en el 2015. Y Tailandia, especialmente tras el caso Baby Gammy: una pareja australiana descartó al bebé nacido por vientre de alquiler por tener síndrome de Down y se llevó a su hermana gemela, que no tenía esta afectación genética. La madre gestacional tuvo que quedarse a cargo del bebé rechazado.

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