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RESTAURACIÓN FUTURISTA

Hay un robot en la sala

Un restaurante asiático de Valencia ha incorporado a su plantilla a dos androides para servir las mesas H La idea no es sustituir a los camareros, sino librarles del trabajo pesado, dice su dueño

 

Atención diferente 8 Los dos androides sirven comandas en el restaurante Crensa, en Valencia. - MIGUEL LORENZO

NACHO HERRERO epextremadura@elperiodico.com VALENCIA
02/09/2019

«Que aproveche, cariño», dice Mulán cuando lleva a la mesa de un nuevo restaurante de Valencia la comida y la bebida que le han pedido. Con esa misma frase y un ritmo lento pero constante, esta camarera llevará cada comanda durante todo el servicio sin sombra de cansancio. Los clientes cogerán ellos mismos los platos de la bandeja y avisarán, tocándole en el costado, que se puede retirar. Puede que antes se hagan una selfi con esta trabajadora de rasgos redondeados, ojos pequeños y sonrisa tímida. Porque Mulán es un robot y tiene una gemela con la que comparte hasta el nombre.

Ambas son las estrellas de un local que abrió la semana pasada en la capital valenciana. Y atraen a más público que la propia comida asiática que se sirve en el Crensa, que es como se llama el restaurante. «De momento, todos los días tenemos lleno, hay colas y los clientes están contentos con Mulán y con mucha curiosidad. Hacen muchas preguntas, quieren saber cómo funcionan. Vienen niños con sus padres pero hay muchos adultos a los que les gustan tanto como a los niños», explica Zhijie Jan, el dueño del restaurante.

De hecho, Jan ha limitado la cháchara de los robots con los clientes. «Pueden hablar más, ahora dicen solo un par de frases, pero no les hemos puesto la función de conversación porque si no la gente querría estar todo el rato hablando con Mulán y tienen trabajo que hacer», señala.

Asentado desde hace años en España, este joven chino descubrió a estos camareros en un local de su ciudad, Fujian, cuando regresó, hace poco, en unas vacaciones y pensó que podría funcionar también aquí. Pero, además de curiosidad, las gemelas Mulán también han abierto el debate sobre si son una amenaza para el empleo. «Por supuesto que no queremos sustituir a los camareros», apunta Jan, que presume de tener una plantilla de ocho personas para un local que en su interior tiene unas 15 mesas y en la terraza, algunas pocas más.

«En el servicio es importante el trato, por eso tenemos tres camareros que son los que se ocupan de hablar con los clientes. Lo que hacen los robots es quitarles el trabajo pesado, el de llevar las bandejas. Los camareros están muy contentos, cobran igual y hacen menos trabajo», recalca. A los que cuestionan este modelo, Jan les dice «que en realidad el robot está creando puestos de trabajo, está permitiendo que trabajen los cocineros, los camareros y también los técnicos; ahora hago yo el trabajo de programación pero si va bien, tendré que tener un equipo». Sabe que la batalla será larga. Por eso eligió para sus androides el nombre de la heroína de una antigua fábula china cuya lucha contra los prejuicios llevó Disney al cine y a Occidente.

Seguridad 100%

La clave de los robots es la programación. «He pasado mucho tiempo aquí en el local, trabajando con ellas, haciendo planos, colocando mesas, porque tiene que haber un 100% de seguridad», explica. «Siempre he sido fan de la tecnología, siempre me ha gustado la novedad, las cosas avanzadas. Siempre he jugado a estas cositas», sonríe, divertido.

Insiste en que su función es solo ayudar a los camareros, de igual manera que los seis robots tradicionales de cocina que tienen, ayudan a los cocineros a preparar los platos. «Mulán solo saca la comida, es un trabajo muy limitado. Solo sabe llevar las comanda a la mesa. Si algunos clientes les dejan los platos y las botellas vacías en las bandejas, los lleva de vuelta a la cocina», añade. Pero Jan admite que es posible que en una década este modelo de robots pueda extenderse y que puedan aumentar sus funciones. De hecho, los suyos ya podrían hacer más. «Si se programan podrían hacer más cosas, pero no queremos que tengan muchas funciones», señala.

Para empezar, podrían moverse por el local sin seguir la guía de cinta imantada que actualmente marca su camino. «Ahora no quiero que sean más inteligentes porque este local es pequeño, no hay espacio para que lo sean y si se les cruza alguien y no hay guía en el suelo, se pueden ir hacia otro lado», explica. Por eso la otra frase que se le oye a Mulán cuando alguien se detiene en su camino es «déjame pasar, por favor».

Aunque estos robots no cobren una nómina, ni horas extras ni coticen a la Seguridad Social, Jan remarca que también tienen su coste. «Los robots no son gratis, hay que traerlos, mantenerlos, programarlos», recuerda. No quiere decir el precio, «por un acuerdo de confidencialidad, pero es costoso». ¿Unos 10.000 euros por unidad? «Más o menos», se limita a responder.

Su plan es ampliar la plantilla en un par de años, la de trabajadores humanos, pero admite que el modelo Mulán puede extenderse. «Quién sabe, a lo mejor dentro de 10 años un restaurante con robots es algo habitual», desliza.

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