De peñón de Gibraltar al monte Gorbea. En lo alto una cruz (de amor). Fuego de campamento al pie del Picu Urriellu. Fuego de campamento al pie del Aneto y del Mulhacén, del Amboto y de Peñalara, del Risco de la Nava y del Roque Nublo, del Pico Almanzor y de las crestas del Montseny… Cumbres todas desde donde ver más allá. Más allá de las columnas de Hércules, de Tánger y de Orán, del Rosellón y la Cerdaña… Más allá de los mares, allá donde se canta y se reza en español y en español se ama, que es como decir las dos orillas de un mismo mundo.

Aquel verano, siendo niños, hicimos el camino juntos. Por trochas y barrancos. Al pie de las quebradas y aún sobre los despeñaderos. Juntos, cantando tras el vuelo del águila. Tanto anduvimos bajo los rayos de un mismo sol que por uno nos tenían. La ganancia fue mucha y el reparto generoso…

Pero llegó el otoño. En el lar, la lumbre y, en los oídos, el eco enloquecido del viento en las montañas nevadas. Noches hechas de fríos y tinieblas. Noches tan largas que nos cansamos de soñar con dar al mundo mundos nuevos. En aquel refugio, escondidos los unos de los otros, dejamos de ser niños y de creer. La cordada quedó rota. La escalada pendiente. Más de uno pensó en renunciar. Todo se nos iba en discutir. De nada nos faltaba, pero dejamos de caminar. Allí, en la oscuridad de la noche, las sombras acabaron dando miedo a la misma luz del sol. De los laureles del camino no quedaba ni el recuerdo; solo aterradoras sombras. De nada nos faltaba y, sin embargo, por todo se discutía. Los ricos recordaron que habían puesto más y más había de corresponderles en el reparto. Y se alzaron los banderizos dando dentelladas a diestro y siniestro. El rencor se puso en pie y dejamos de ser uno.

Fue entonces cuando alguien recordó que allá abajo, en el valle, cada cual tenía su casa y su lengua. Que unos eran ricos y otros eran pobres. Que unos eran hombres y otras eran mujeres. Que unos eran blancos y otros negros. Los que tenían casa y lengua propia pensaron que era mejor abandonar a los que nada tenían. Los que eran ricos que era mejor volver antes de que los pobres les robaran. Y los pobres que era mejor robar antes de que los ricos les negaran el pan. Se dividieron en partidos, cada partido un egoísmo, embozados en viejas querellas, y concluyeron que había llegado la hora de volver al valle, de romper la promesa de ser cordada. Aquella noche pasamos frío como nunca antes. Un frío desconocido venido de un averno interior, helado y cruel, como si te quebrara el aliento por dentro.

Algunos, para no ser vistos, se fueron antes de que amaneciera. Otros al amanecer. Se fueron sin esperar a la primavera, rota ya la cordada. Todos, al llegar a sus aldeas, se encerraron en sus caseríos. Por miedo recogieron el ganado en sus establos. Se escondieron de sí mismos. Y renegaron.

Otros, los menos, aún a regañadientes, se quedaron. Fue entonces cuando alguien, como una luz que penetra en una sima, propuso escalar una última montaña mientras hubiera invierno, mientras las nieves lo hicieran difícil. Sin esperas, sin mirar atrás. El más joven, casi un niño, preguntó: ¿para qué si estamos solos? Para seguir siendo uno. Otro preguntó: ¿qué haremos al llegar? ¡Clavar nuestra bandera! ¿Cuál? ¡La de todos! El niño que habló primero abrió su mochila y, en sus manos, halló sangre y oro... ¿Y si no llegamos a la cima? Y el más viejo contestó: si no llegamos a la cima que alguien cuente que un día caminamos juntos, lenguas y razas, por trochas y barrancos, al pie de las quebradas y aún sobre los despeñaderos, cantando tras el vuelo del águila.

Y, al volver, vieron que el valle estaba florido.

Nota: Escrito al pie del Pico Almanzor.

*Abogado