Durante esta semana tuvo lugar en Zafra el curso de verano “Creación literaria en Extremadura en el siglo XXI”, dirigido por Miguel Ángel Lama, y con una larga nómina de participantes, entre ellos poetas como Pureza Canelo, Ada Salas, José Antonio Llera o Luciano Feria y novelistas como Gonzalo Hidalgo Bayal, EugenioFuentes o mi hermana Susana Martín Gijón, entre muchos otros. Ayer viernes cerró el curso la conferencia “La literatura hasta el siglo XX y la literatura del siglo XXI: semejanzas y diferencias” de Vicente Luis Mora, que no es extremeño, sino de la cercana Córdoba, y que coeditó recientemente con el profesor Lama una antología de Olvido García Valdés para la editorial Cátedra.

Me habría gustado asistir, tanto a esa última conferencia como a no pocas de las otras intervenciones, pero no había sido invitado, Zafra queda algo lejos y, en fin, uno tiene ciertas obligaciones laborales y familiares. A cambio, había leído a principios de mes el libro de Mora, La escritura a la intemperie. Metamorfosis de la experiencia literaria y la lectura en la cultura digital, publicado por la Universidad de León.

Vicente Luis Mora es un escritor que, en un panorama donde la gente suele especializarse y etiquetarse, publica, a muy buen ritmo, en casi todos los géneros. Su reciente novela Centroeuropa tuvo un notable eco crítico, ganando además el premio de novela de la ciudad donde reside, Málaga, y siendo (de momento) finalista para el Dulce Chacón de Zafra. Ambientada, como la también exitosa El viajero del siglo, de Andrés Neuman, en una ciudad ficticia de la Alemania de principios del siglo XIX, me resultó amena, pero me acabó de convencer de que me interesa más Mora como ensayista y como, digamos, vigía de lo nuevo. Ya en su época de director del Cervantes de Albuquerque (ciudad bautizada por ese hermoso pueblo pacense, y vuelta famosa por la serie Breaking Bad), seguía yo fielmente su blog, que desde su observatorio americano realizaba interesantes análisis sobre cine, literatura y sociedad. Y sin duda, nadie como él se ha ocupado con tal dedicación a registrar, desde su poemario Mester de Cibervía (2000), pasando por su ensayo El lectoespectador(2012) hasta el libro que nos ocupa, las relaciones entre culturas escritas y visuales. A veces, con un paralelismo que no sé si le gustará, he visto a Mora como un Giménez Caballero de nuestro tiempo (salvo por la posterior conversión política de este), gran difusor de las posibilidades que ofrecen los nuevos medios (el cine o la radio en los años veinte del siglo XX, internet en los de este siglo XXI). En la dicotomía de Umberto Eco entre “apocalípticos” e “integrados”, Mora tiende hacia el segundo término, con un optimismo refrescante en un panorama donde da más prestigio ser un viejo cascarrabias.

Su libro, basado en una extensa investigación, con una tupida bibliografía y una, se intuye, aún más agotadora navegación por las redes, expone un panorama interesantísimo cuyo análisis es imposible en este espacio, donde solo puedo animar a su lectura, sobre todo a esos profesores de secundaria que consideran que su labor es la de obligar a sus alumnos a leer La Celestina. Mora nos abre los ojos sobre un océano de prácticas escritas que, si muchas veces no tienen gran valor, al menos se hacen desde una pasión por escribir que han perdido muchos autores consagrados. Mora da en el clavo cuando imputa la decadencia de la literatura, no a los nuevos medios, sino a “un grueso sector de la industria del libro, más dedicado al negocio que a la generación de obras literarias dignas de ese nombre”. Pero, como concluye el autor, “la literatura puede atravesar otra Edad Media, la Edad de los Media, y sobrevivir, siempre y cuando los monjes hagan su trabajo”.

*Escritor y profesor