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El Periódico Extremadura

Pilar Galán Rodríguez

Jueves sociales

Pilar Galán Rodríguez

Atardeceres de mayo

Mayo siempre ofrece atardeceres de lujo. Solo hace falta una cerveza o un vino o un simple vaso de agua, si no queremos ponernos estupendos, y sentarnos enfrente a contemplar cómo poco a poco, entre matices dorados, rojos y azules, el mismo sol que nos ha deslumbrado toda la tarde, desaparece como una bola de fuego que ya nada conserva de amenaza. 

"Nadie de mi familia que ha pasado el virus aparece en ninguna lista de las que publican cada semana

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A poco que uno se esfuerce, puede convertirse en poeta en esos breves instantes, escribir un haiku, una copla... algo medido para que se ajuste al tamaño de un ocaso. Y si nos esforzamos un poco más, siempre podremos dedicar el día que termina a analizar en modo meditación qué hemos hecho para merecer tanta belleza. Para conseguir este estado, habría que resetear la mente y olvidar que llevamos ya tres meses de guerra en Ucrania, dos años y dos meses de una pandemia que no acaba nunca porque los datos que nos presentan ya no tienen que ver con la realidad, lo que te hace pensar si tuvieron algo de sentido alguna vez. 

Nadie de mi familia que ha pasado el virus aparece en ninguna lista de las que publican cada semana, ni siquiera los que lo pasaron en enero. A mi alrededor no dejan de crecer los contagios, que no figuran en ningún lado, porque lo que se vende es que hay que volver a la normalidad, a toda costa, caiga quien caiga, para disfrutar hasta el hartazgo y la ansiedad de romerías, ferias, conciertos, bodas, bautizos y comuniones... hay ganas, es la frase, y yo la comprendo, pero la nueva normalidad (ese odioso oxímoron) está plagada de peligros que no queremos ver, a lo mejor, porque los datos que nos ofrecen tienen ya muy poco de fiables. 

Pero hablábamos de atardeceres, no de noches cerradas, aunque es difícil meditar y no pensar en qué medidas se han tomado en las residencias, si se castigó a algún culpable, si se han mejorado los contratos de todo el personal sanitario, si se va a hacer algo alguna vez con el descenso de natalidad bestial que está dejando vacías las aulas de los colegios. 

Volvamos a los tonos grises y azules del cielo y giremos la cabeza a los tiroteos en los institutos, a las violaciones entre adolescentes, al consumo de alcohol, a ese mundo hirviendo que nos espera en cuanto nos demos la vuelta con los ojos inundados de luz roja, como una fruta madura, y tengamos que hacer la cena, preparar los baños y mochilas, y convencernos de que llegaremos vivos hasta la siguiente puesta de sol, y sobre todo, que sabremos convivir con toda la miseria que no hemos conseguido apaciguar en este instante de belleza. En realidad lo tenemos muy fácil. 

Solo tenemos que cerrar los ojos, como cuando éramos niños, y creeremos desaparecer de este mundo durante un instante, o al menos apartaremos el horror, no haremos nada por solucionarlo, salvo dejarlo agazapado, al acecho, en la noche oscura que comienza en cuanto se va la luz que nos obliga a mantener los ojos abiertos. 

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