Opinión | lluvia fina

Ni rubita ni niña

Los ataques machistas sufridos por María Guardiola deberían ser intolerables a estas alturas

María Guardiola en una comparecencia de prensa en la Asamblea.

María Guardiola en una comparecencia de prensa en la Asamblea. / El Periódico

Una cree que las mujeres con poder son más inmunes, menos permeables a ese machismo injusto y corrosivo que siempre intenta tirar por tierra nuestro valor como personas y como profesionales, pero no es así. 

Con el foco mediático puesto sobre ella, la que será la primera presidenta de Extremadura, María Guardiola, ha sufrido ataques machistas que deberían ser intolerables a estas alturas, sobre todo por una derecha mediática que ha demostrado lo mucho que le fastidia que una mujer tenga poder de decisión sin plegarse desde el principio a sus dictados. 

El que fue su propio asesor, ese que puede enseñar «las muescas en el revólver» y que se considera «muy bueno haciendo lo que hace», ya dijo de María que «vió en ella un diamante en bruto que sólo había que pulir y sacarle brillo con mucho trabajo».

Con semejante paternalismo hacia su jefa, no es de extrañar, algo que no ocurriría nunca en el caso de un líder político hombre, que Santiago Martínez-Vares haya sido considerado por muchos, hasta su reciente dimisión, como el verdadero ventrílocuo de su «títere», María Guardiola. 

A la futura presidenta de Extremadura la han llamado, incluso, «tonta útil» en manos de un «spin doctor» que se había jurado a sí mismo «ir a por Abascal» y «acabar con Vox».  

Se es capaz de poner en valor el poder de un tipo tan poco prudente y tan encantado de conocerse a sí mismo como para grabar sus amenazas y enviarlas en un mensaje de voz, al mismo tiempo que se tira por tierra el criterio propio de una mujer que, además de dirigir un partido en una comunidad autónoma, es funcionaria de carrera y ha ocupado distintos cargos públicos, como si fuera Doña Rogelia en los brazos de María Jesús. 

Guardiola ha tenido que soportar también calificativos tan machistas como el dirigido por el columnista Alfonso Ussía, quien se refirió a ella como «la rubita de Extremadura» para hacer correr el bulo de que abría conversaciones con el PSOE para formar gobierno antes de hacerlo con Vox.

Además, el rey de insulto, el sumo sacerdote mediático de la derecha extrema, Federico Jiménez Losantos, la ha mandado a fregar y ha acuñado para ella el poco original título de «la niña del alcornoque».

Yo, en un principio, creí en la palabra dada por María y reconozco que me cuesta aceptar que alguien que nombra a sus hijos y a su madre, para poner en valor la importancia de mantenerla, haya sido capaz finalmente de desdecirse por mucho que estemos totalmente acostumbrados al «donde digo dije, digo Diego».  

También reconozco que soy una ingenua y que lo volví a comprobar cuando descubrí que en el PP le hacían el vacío, mientras Vox iba a por ella a degüello con audios tergiversados de su etapa de funcionaria y con lo que hiciera falta.

La señora Guardiola, que es como se la debe llamar por respeto a su condición de líder político, será la responsable de su viaje o no con alforjas y tendrá que asumir sus incoherencias y contradiciones. 

No creo que le quede más remedio que reconocer también su torpeza política en la negociación, en haber dado la Presidencia y la mayoría de la Mesa del Parlamento extremeño al PSOE y en haber hecho una declaración que supuso tal alegato, tal ejercicio de dignidad política y coherencia, que dificilmente aguanta una vuelta atrás.  

Confío en que, a partir de ahora, como presidenta de Extremadura, nadie se atreva a menospreciarla con apelativos como el de niña, rubita o nena

«Yo no puedo dejar entrar en gobierno a aquellos que niegan la violencia machista, a quienes usan el trazo gordo, a quienes están deshumanizando a los inmigrantes y a quienes despliegan una lona y tiran a una papelera la bandera LGTBI». Fue ella quien lo dijo, nadie más y será muy complicado, por no decir imposible, olvidar semejante declaración de principios, aunque se tengan otros, como inteligentemente ironizó hace ya muchos años el irrepetible Groucho Marx.

Ahora, cuando ella misma ha decidido que ya su palabra no vale nada ante la aritmética de unos números que desde la noche electoral suman 28 más cinco, pide que los ciudadanos la juzguen como presidenta de la Junta y no como María Guardiola, cansada, reconoce, del «machaque personal y político» que ha recibido.

Para eso aún falta, no es posible pasar página sin más, yo solo confío en que por lo menos, a partir de ahora, como presidenta de Extremadura, nadie se atreva a menospreciarla con apelativos como el de niña, rubita o nena. Ha sido, es y será María Guardiola con sus aciertos y con sus errores, con su lógica y su paradoja, sus contradicciones, sus circunstancias, sus sueños y también sus realidades.

*Periodista