Opinión | Desde el umbral

Contexto

En nuestro tiempo, el contexto cada vez queda más opacado por el ansia de inmediatez, por la soberbia de quien cree saberlo todo, por el afán de manipulación y por la superficialidad que impera en nuestra sociedad

Aun siendo conscientes de que no hay que hacerlo, los seres humanos juzgamos, a menudo, con demasiada ligereza. La prudencia es un antídoto que, de algún modo, sujeta las opiniones que, a veces, buscan un resquicio para brotar aunque no estén suficientemente formadas ni informadas. En nuestro tiempo, el contexto cada vez queda más opacado por el ansia de inmediatez, por la soberbia de quien cree saberlo todo, por el afán de manipulación y por la superficialidad que impera en nuestra sociedad. Y, si no hay un contexto en que se enmarque y pueda entenderse la complejidad que intrínsecamente alberga todo, la realidad se acaba explicando de una manera torticera y mostrándose de un modo totalmente distorsionado. Si se prescinde del contexto, la realidad se puede moldear a conveniencia hasta conseguir hacer ver lo blanco como negro. Si el contexto se despedaza para extraer, por puro interés, retazos de una realidad e imponer un enfoque sobre otro, se acaba desvirtuando lo que se relata hasta exhibir los hechos o las palabras como algo totalmente desprovisto de verdad. En cualquier acto comunicativo, el contexto debería ser una exigencia irrenunciable. Porque sin contexto no hay posibilidad de veracidad. 

A menudo se prescinde del contexto como si fuera un adorno, algo superfluo, que enreda más que aclara. Pero no se hace de manera inocente, sino para dirigir la opinión de los demás en uno u otro sentido. En prensa, radio o televisión podemos comprobar esto a menudo. Si se cogen con pinzas unos segmentos de la realidad, de un acontecimiento, de unas declaraciones o de una conversación y se obvia el contexto, ningún resultado puede sorprendernos, porque todo cabe en un acto de manipulación de esa entidad. De ese modo se distorsionan hechos, se enardecen ánimos, se generan polémicas artificiales, se destruyen reputaciones y se despedazan las almas de las víctimas de lo que solo puede calificarse como montajes. Prescindir del contexto es hacer una declaración de intenciones de que se persiguen intereses espurios. Quien no teme ni a la verdad ni a la realidad no tiene miedo a que las palabras y los hechos aparezcan expuestos desnudos y enmarcados en un contexto que los explica y hace entender en una dimensión global y no episódica. Por eso, todos deberíamos desconfiar de quienes dicen querer informarnos mientras nos hurtan una parte sustancial de aquello sobre lo que supuestamente quieren iluminarnos. Hay que rascar en la realidad, indagar, profundizar, recoger datos y testimonios, escrutar las circunstancias en que se desarrollaron los hechos o en que se pronunciaron las palabras, hay que hacerse muchas preguntas antes de difundir respuestas poco sólidas, y hay que tratar de ser muy fieles a la realidad. El proceder contrario aboca a los bulos, las maledicencias, la difamación y la calumnia. Y en esa dinámica pierde siempre la verdad, que es la que nos hace libres.

*Diplomado en Magisterio

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