Opinión | Zona Zero

Gala, en la tarde infinita

Mi gata, que acaba de fallecer, ha guiado nuestras almas sobre caminos de comprensión infinita al mundo animal

Gala.

Gala. / EL PERIÓDICO

Gala, estoy persuadido de que nos ves por un diminuto pliegue del espacio-tiempo. Y que con tu eterna curiosidad felina contemplas a los viandantes de la calle Oaxaca ajenos al tráfago, a las urracas graznando mientras construyen sus nidos y cómo el último sol del atardecer parece que incendia las ventanas de los edificios. Ahora, Gala, estás en la tarde eterna, en la que el sol no se llega a poner nunca. Sospecho que echas de menos a tu inseparable y molesto Dalí, robándote el pienso del cuenco mientras huye veloz hacia la cocina con una sonrisa mezcla de delectación y pillería. Sí, Gala, tú nos ves desde un aleph borgiano, en el otro lado de este plano de la existencia. Desde allí contemplas el podio desde el que señoreabas el barrio y veías a los niños señalándote camino de la escuela gritando: «¡Mira, mamá, la terraza de los gatos!».

Siento que nos espías tendiendo la ropa allí donde en tu vida terrenal te pasaste los días dormitando y escudriñando horizontes. Como ves, Ana me sigue riñendo por no saber poner las pinzas en el pliegue en el que no deja marca. Dalí te busca con la mirada y no comprende tu ausencia en el rascador, al que no se atreve a subir. Allí está la pelota de los moños que has conservado durante 12 años en los que nunca bufaste a nadie. Ay, Gala, me dijeron que los gatos eran seres psicopompos. Es verdad. Has guiado nuestras almas sobre caminos de comprensión infinita al mundo animal, sobre el respeto a la vida, por pequeña que sea. Tú me has inspirado mucho más que textos literarios o periodísticos. Me has enseñado que es posible vivir en máxima armonía con el mundo, solo contemplando las flores, las nubes que se nos escapan, los ciclos de la tierra, en definitiva, las cosas que verdaderamente tienen importancia.