Opinión | Desde el umbral

'Entenderse'

Los problemas de comunicación desencadenan crisis en todos los niveles de la vida. Desde guerras hasta rupturas, pasando por todas las estaciones intermedias que puedan imaginarse entre ambos hechos o acontecimientos. Ocurrió así en la antigüedad, pasa en nuestros días e, indefectiblemente, sucederá en el futuro. En ocasiones, los mensajes no se trasladan con la suficiente claridad. Otras veces, el emisor y el receptor se sitúan en planos comunicativos alejados y no son capaces de colocarse en un nivel paralelo para garantizar el éxito, o al menos la inteligibilidad, del mensaje.

También ocurre que los mensajes se distorsionan en el trance de su conducción entre quien habla o escribe y quien escucha o lee. Y no es extraño tampoco que el canal a través del que tratamos de comunicarnos dificulte la comprensión de lo que pretendemos hacer llegar.

Por otra parte, no es lo mismo oír sin ver que escuchar mientras se mira a los ojos, ni leer en una carta, en un correo electrónico o en Whatsapp. Cada situación, contexto y soporte aderezan el acto comunicativo con una serie de ingredientes que pueden favorecer la correcta interpretación de lo trasladado o truncarla de manera definitiva o parcial. En torno a los actos comunicativos, a las conversaciones, a los diálogos, a los monólogos, al mensajeo y hasta a las notas manuscritas que se lanzan en el interior de una botella, se han generado a lo largo de la historia, y se desencadenan en el día a día, cantidad de malos entendidos.

Y la ausencia de la necesaria aclaración que, habitualmente, corregiría el estropicio comunicativo, acaba concluyendo en la fragua de procesos de incomunicación que se van agravando hasta acabar en diálogos de besugos caracterizados por la incomprensión total, en un silencio casi monacal o en una falta de intención manifiesta para entenderse. Para comunicarse no siempre es necesario utilizar el lenguaje verbal, porque la gestualidad se pronuncia, en ocasiones, con mayor verdad que las propias palabras.

Pero si, a veces, hay malas interpretaciones con la palabra hablada o escrita, imaginemos lo que puede llegar a provocar la ausencia de esta. Lo que más cuenta a la hora de conseguir el éxito del acto comunicativo es la voluntad de los intervinientes. Cuando hay voluntad, todas las dificultades, trabas u obstáculos pueden salvarse o superarse. No hace falta hablar la misma lengua, ni tener los mismo códigos. Cuando alguien quiere hacerse entender y otra persona está dispuesta a esforzarse para comprenderla, todo fluye.

Los malos entendidos vienen fomentados, pues, al menos en parte, de una ausencia de empatía, de la falta de ganas de que todo llegue a buen puerto, de la pereza, del autoritarismo, del egoísmo o de un cúmulo de todo lo anterior. Y eso si que no hay pinganillo, traductor, aplicación o explicación que lo pueda paliar, solucionar o resolver.

* El autor es diplomado en Magisterio.