Opinión | Espectráculo

Gaza en llamas

La acción sorprendió a todos por su perfecta orquestación, su ejecución y su escenificación propagandística

Por si fuera poco con la guerra de Ucrania, la guerra civil en Siria (de la que ya no se habla, pero que sigue en curso desde hace doce años y medio), la guerra civil en Yemen, de la que nunca se habló mucho y de la que ya no se habla nada, el conflicto de Nagorno Karabaj que ha terminado con la victoria de Azerbaiyán y la expulsión de los armenios de ese enclave en el que vivían desde hace siglos, o la renovada tensión entre Serbia y Kosovo, hace ahora una semana se inició un nuevo conflicto en una de las zonas más delicadas del mundo, cuando cruzaron, de manera totalmente inesperada, cientos de milicianos de Hamás la frontera con Israel, entrando a mansalva en un festival donde mataron a cientos de civiles israelíes y secuestraron a otros. 

La acción sorprendió a todos por su perfecta orquestación, tanto en su ejecución como en su escenificación propagandística, que haría pensar en el videojuego Call of Duty, pero más aún por el fracaso de los servicios de inteligencia israelíes. 

El famoso Mossad, que en los últimos años llevó a cabo el asesinato selectivo de varios altos científicos del programa nuclear iraní (sin que a nadie en Occidente le escandalizara; que se imagine si hubiera sido al contrario), se durmió en los laureles, convencido de que a los palestinos, en su estado de debilidad, no les interesaba una escalada de la violencia. Eso era ignorar que, con las personas como con los pueblos, nunca conviene llevar a nadie a la desesperación, y eso era lo que venía sucediendo con los palestinos, ninguneados internacionalmente, especialmente los residentes en la Franja de Gaza, un espacio superpoblado y rodeado por un muro, de facto un gigantesco gueto gobernado por una organización fundamentalista pero que, para muchos palestinos, no es peor que la Autoridad Palestina de Cisjordania, un gobierno corrupto que ha dilapidado totalmente la herencia moral de Yasir Arafat.

Cuando las armas hablan, la mayoría calla y los que hablan es para proferir juicios sumarísimos y maniqueos, lo que siempre beneficia a los extremistas. Benjamin Netanyahu, contra el que los israelíes venían protestando desde hace meses por la reforma judicial con la que su país se parecerá cada vez menos a una democracia, ha visto la ocasión de ponerse los galones de comandante en jefe y al principio hasta desdeñó el ofrecimiento de la oposición para formar un gobierno de unidad nacional, aunque luego cambiara de idea. Le habría gustado, claro, llevarse él solo la gloria de darles a los palestinos su merecido, que ha comenzado bombardeando Gaza y sitiándola, como paso previo a una probable invasión.

En España, algunos criticaron a los dirigentes de Sumar y Podemos por su equidistancia, y sin duda no era el momento de poner el acento sobre la «violencia colonial» de Israel sobre el pueblo palestino, como hizo Pablo Iglesias, cuando por una vez los violentos habían sido los colonizados, y las víctimas israelíes superaban aún a las palestinas, además de haber sido un acto de terrorismo que se cebó en jóvenes inocentes que estaban disfrutando de una fiesta, como podrían hacerlo en España. Ello no obsta para que, en lugar de alinearnos acríticamente con Israel (como hacen algunos tertulianos de derechas que hablan, con estupidez supina, del «antisemitismo» de los palestinos, olvidando que los árabes son tan semitas como los judíos), España pueda y deba mantener un perfil propio en este conflicto, habida cuenta de sus lazos históricos con el mundo árabe y la posibilidad de ejercer como mediadora, algo que otros países (EEUU, Alemania…), demasiado significados, no tienen, países que mientras se rasgan las vestiduras sobre las acciones de Hamás guardan un silencio cómplice sobre las víctimas palestinas, que ya superan a las israelíes.

* Escritor

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