Opinión | Lluvia fina

La niña del abrigo rojo

'La Lista de Schindler’ fue y sigue siendo un golpe necesario en el estómago de la humanidad

La niña del abrigo rojo de la película.

La niña del abrigo rojo de la película. / EL PERIÓDICO

Una de mis películas preferidas es ‘La lista de Schindler’. Aún recuerdo como me conmovió, la primera vez que la ví, la escena de la niña del abrigo rojo andando sola, perdida e inocente en medio de la destrucción del gueto de Cracovia, cuando el horror de los disparos y la muerte se mezcla con la prodigiosa música compuesta por John Willians para el film.

‘La lista de Schindler’ fue y sigue siendo un golpe necesario en el estómago de la humanidad para que nunca olvidemos que existió el holocausto, el genocidio nazi contra los judios de Europa. Setenta y cinco años después, la Franja de Gaza o mejor dicho el gueto de Gaza, en el que viven más de dos millones de personas, es ahora bombardeado y destruido mientras todos lo contemplamos en nuestras pantallas, como hicieron desde lo alto de una colina Oskar Schindler e Ingrid, es decir Liam Neeson y Breatrice Macola, en la película de Spielberg. 

Nunca he podido entender que quienes sufrieron el horror del gueto y el exterminio de su pueblo puedan practicarlo y de qué forma con otros pueblos, con otros hombres, con otras mujeres, con otros niños, que serán igual de inocentes de la niña del abrigo rojo. En esta tiranía simplista del conmigo o contra mí, de al favor o en contra, de buenos y malos, mejor aclarar, para no resultar sospechosa de nada, lo que pienso de Hamás, un grupo terrorista que asesina y secuestra a civiles, además sin tener en cuenta las terribles consecuencias que sus acciones pueden tener sobre el sitiado pueblo palestino.

Nadie debería olvidar el contexto, que no es otro que Israel ocupa desde 1967 la Franja de Gaza y Cisjordania, incluido Jerusalén Este

Dicho esto, nadie debería olvidar el contexto, que no es otro que Israel ocupa desde 1967 la Franja de Gaza y Cisjordania, incluido Jerusalén Este, e incumple sistemáticamente las resoluciones de Naciones Unidas sobre estos territorios, a pesar de que el estado israelí nació precisamente por un reconocimiento expreso de este organismo internacional, en lo que supone también otra de sus grandes paradojas. Tampoco tendría que olvidarse que los palestinos reivindican un estado independiente y soberano sobre el 22% de la Palestina histórica y reconocen a Israel sobre el 78% de este territorio, por lo que nunca entenderé que no se pueda articular una propuesta de convivencia pacífica en la zona en base a este criterio.

Ahora, tras el cruento ataque de Hamás, el conflicto en Oriente Próximo vuelve a tener una deriva cuyas consecuencias se desconocen a nivel geopolítico, pero que se sabe claramente desde el minuto uno cuáles serán para los gazatíes. Ya se encargó de dejarlo claro el primer ministro israelí,  Benjamín Netanyahu, que anunció de inmediato una ofensiva completa contra Gaza y lo primero que hizo fue un gran ejercicio de cinismo y falta de humanidad al pedir a los habitantes de la Franja que huyeran de allí cuando la realidad lo hace imposible.

El Gobierno del derechista Netanyahu, el más extremista y religioso que ha tenido nunca Israel, tampoco ha tenido reparos, tras los primeros días de bombardeos, de emprender un asedio total al pueblo palestino en Gaza, con el corte de electricidad, comida y agua, a lo que se une ahora una ofensiva terrestre por el norte y un éxodo obligado e imposible, en la senda a un auténtico genocidio.

Todo ello con el apoyo de las potencias occidentales y su infínita hipocresía, traducida una vez más en dejar a Israel las manos libres para actuar impunemente y sin ningún respeto a los derechos humanos, mientras alienta y apoya la justa lucha del pueblo Ucraniano contra la ocupación rusa.

Me pregunto cuántos niños, igual que la niña del abrigo rojo, andarán ahora solos y perdidos por Gaza, acostumbrados a esconderse en medio del espanto y el horror que les ha tocado vivir. Inevitablemente, me acordé mucho más de ellos y de la escena de Spielberg en la colina sobre el gueto de Cracovia cuando escuché al ministro de Defensa israelí defender la destrucción de la franja bajo la premisa de que sus habitantes eran ‘animales humanos’.

Ahora, mientras los corredores están cerrados para llevar la ayuda humanitaria a los gazatíes, en Israel entra toda la “solidaridad” militar procedente de Estados Unidos para masacrar, porque si algo está claro en este conflicto es que los habitantes de Gaza son ‘los nadie’, ‘los nada’, aquellos que, como escribió Eduardo Galeano, «cuestan menos que la bala que los mata». El verdadero Osckar Schindler está enterrado en el cementerio Monte Sion de Jerusalen y sobre su tumba, de acuerdo con la tradición judía, se siguen colocando piedras para recordar su legado, como si aún se pudiera tener fe en una humanidad que no se cansa de odiar, de arrasar, de aniquilar.  

*Periodista