Opinión | Espectráculo

Cambio en Polonia

No hay que olvidar medidas como las ayudas para la vivienda o por hijos, más propias de un partido de izquierdas

La situación hasta se parece un poco a la de España. Aunque las encuestas daban una mayoría suficiente al conservador PiS (Prawo i Sprawiedliwość, Ley y Justicia), el partido dirigido por Jaroslaw Kaczyński, con Mateusz Morawiecki como candidato más o menos títere, finalmente este partido fue el más votado en las elecciones polacas del fin de semana pasado, pero sin mayoría suficiente para gobernar. Para sorpresa de todos, Donald Tusk, el candidato de Coalición Cívica (un partido liberal, parecido a lo que fue en su momento Ciudadanos), y que gobernó Polonia entre 2007 y 2014, tendrá una segunda oportunidad. Tusk, que fue presidente del Consejo Europeo y del Partido Popular Europeo (presidencia que dejó para abanderar la oposición polaca), siempre se significó por una clara distancia frente a la extrema derecha, y afeó varias veces al PP español su acercamiento a Vox. 

Como resumía hace poco un periodista, en estas elecciones, los ciudadanos de Polonia elegían entre ser «polacos a secas» o «polacos y europeos» pues el PiS fomentaba un discurso peligrosamente cercano al de Viktor Orban en la cercana Hungría: todos los males venían de Bruselas, de una élite multicultural que despreciaba los valores tradicionales y que abría la puerta a inmigrantes peligrosos, sobre todo musulmanes. Un discurso contradictorio, pues Polonia es el tercer mayor receptor de fondos europeos, solo por detrás de Italia y España y, además, las encuestas muestran que una amplia mayoría de polacos apoya el proyecto de la Unión Europea, como no podía ser menos en un país que se siente en el corazón de Europa, no en sus márgenes. Además, al contrario que en Hungría, en Polonia existe una larga tradición democrática, y es poco conocido que la Constitución polaca de 1791 fue la primera de Europa y la segunda del mundo. Más conocido es que su poco ventajosa situación geográfica, situada entre dos países tan poderosos como Alemania y Rusia, le ha hecho perder durante largas épocas su independencia, y es con ese sentimiento de orgullo nacional con el que el PiS pretendía de nuevo ganar las elecciones, presentando a Tusk como una marioneta de Bruselas y, sobre todo, de Berlín. 

El resultado, con todo, no fue nada desdeñable para el PiS, pues le sacó cinco puntos de ventaja a los de Tusk, y arrasó en el Este del país, más desfavorecido. Y es que los conservadores de Morawiecki combinaron la restricción de libertades con políticas sociales que, sin duda, muchas familias humildes agradecieron. Así, de un lado, se hostigó a los medios críticos con el gobierno y se convirtió a la televisión pública en una especie de NODO que le ganó coloquialmente el nombre dereżimówka, la televisión del régimen. Asimismo, se promulgó una de las leyes más duras del mundo contra el aborto, que ha costado la vida a varias mujeres polacas, a las que sus médicos se negaron a operar para no poner el feto en peligro, con el resultado de que murieran madre y futuro hijo. Las protestas en la calle no sirvieron de nada, pero tampoco esa ley ha servido para que nazcan más niños, sino todo lo contrario: hoy día, Polonia es uno de los países con más baja natalidad de Europa. 

Pero por otro lado, no hay que olvidar medidas como las ayudas para la vivienda o las ayudas por hijos, medidas más propias de un partido de izquierdas, así como la muy generosa y esforzada acogida de más de dos millones de refugiados ucranianos. Veremos si el partido de Tusk consigue llegar a un acuerdo con otros partidos, como Tercera Vía o el partido de la Izquierda y si, de llegar al gobierno, no vuelve a caer en los errores que le hicieron perder el apoyo de la gente la otra vez, básicamente los escándalos de corrupción y unas políticas económicas que se olvidaban de los que menos tienen.

La situación hasta se parece un poco a la de España. Aunque las encuestas daban una mayoría suficiente al conservador PiS (Prawo i Sprawiedliwość, Ley y Justicia), el partido dirigido por Jaroslaw Kaczyński, con Mateusz Morawiecki como candidato más o menos títere, finalmente este partido fue el más votado en las elecciones polacas del fin de semana pasado, pero sin mayoría suficiente para gobernar. Para sorpresa de todos, Donald Tusk, el candidato de Coalición Cívica (un partido liberal, parecido a lo que fue en su momento Ciudadanos), y que gobernó Polonia entre 2007 y 2014, tendrá una segunda oportunidad. Tusk, que fue presidente del Consejo Europeo y del Partido Popular Europeo (presidencia que dejó para abanderar la oposición polaca), siempre se significó por una clara distancia frente a la extrema derecha, y afeó varias veces al PP español su acercamiento a Vox. 

Como resumía hace poco un periodista, en estas elecciones, los ciudadanos de Polonia elegían entre ser «polacos a secas» o «polacos y europeos» pues el PiS fomentaba un discurso peligrosamente cercano al de Viktor Orban en la cercana Hungría: todos los males venían de Bruselas, de una élite multicultural que despreciaba los valores tradicionales y que abría la puerta a inmigrantes peligrosos, sobre todo musulmanes. Un discurso contradictorio, pues Polonia es el tercer mayor receptor de fondos europeos, solo por detrás de Italia y España y, además, las encuestas muestran que una amplia mayoría de polacos apoya el proyecto de la Unión Europea, como no podía ser menos en un país que se siente en el corazón de Europa, no en sus márgenes. Además, al contrario que en Hungría, en Polonia existe una larga tradición democrática, y es poco conocido que la Constitución polaca de 1791 fue la primera de Europa y la segunda del mundo. Más conocido es que su poco ventajosa situación geográfica, situada entre dos países tan poderosos como Alemania y Rusia, le ha hecho perder durante largas épocas su independencia, y es con ese sentimiento de orgullo nacional con el que el PiS pretendía de nuevo ganar las elecciones, presentando a Tusk como una marioneta de Bruselas y, sobre todo, de Berlín. 

El resultado, con todo, no fue nada desdeñable para el PiS, pues le sacó cinco puntos de ventaja a los de Tusk, y arrasó en el Este del país, más desfavorecido. Y es que los conservadores de Morawiecki combinaron la restricción de libertades con políticas sociales que, sin duda, muchas familias humildes agradecieron. Así, de un lado, se hostigó a los medios críticos con el gobierno y se convirtió a la televisión pública en una especie de NODO que le ganó coloquialmente el nombre dereżimówka, la televisión del régimen. Asimismo, se promulgó una de las leyes más duras del mundo contra el aborto, que ha costado la vida a varias mujeres polacas, a las que sus médicos se negaron a operar para no poner el feto en peligro, con el resultado de que murieran madre y futuro hijo. Las protestas en la calle no sirvieron de nada, pero tampoco esa ley ha servido para que nazcan más niños, sino todo lo contrario: hoy día, Polonia es uno de los países con más baja natalidad de Europa. 

Pero por otro lado, no hay que olvidar medidas como las ayudas para la vivienda o las ayudas por hijos, medidas más propias de un partido de izquierdas, así como la muy generosa y esforzada acogida de más de dos millones de refugiados ucranianos. Veremos si el partido de Tusk consigue llegar a un acuerdo con otros partidos, como Tercera Vía o el partido de la Izquierda y si, de llegar al gobierno, no vuelve a caer en los errores que le hicieron perder el apoyo de la gente la otra vez, básicamente los escándalos de corrupción y unas políticas económicas que se olvidaban de los que menos tienen.

*Escritor

TEMAS