Opinión | Espretáculo

Los nuevos cruzados

Mientras el mundo contiene el aliento a la espera de que comience la escabechina que podría ser la invasión de la Franja de Gaza, y mientras las víctimas palestinas ya quintuplican a las israelíes, muchos políticos y periodistas aún insisten en el «derecho de Israel a defenderse», y Emmanuel Macron, en un gesto beligerante que no puede sino añadir tensión a una sociedad como la francesa, con una importante minoría musulmana (la mayoría bien integrada y haciendo los trabajos que los franceses «de pura cepa» no quieren hacer, aunque se ponga siempre el foco en los chicos malos), propone la delirante idea de una coalición internacional contra Hamás, como si Israel, con uno de los ejércitos más sofisticados del mundo, no se bastara y sobrara para luchar contra un grupo terrorista.

Mientras, el presidente de la República alemana, Frank-Walter Steinmeier, quien hasta ahora me había parecido unpolíticosensato, declaraba hace poco que el deber de todo ciudadano alemán es «proteger las vidas judías», declaración que a uno lo deja boquiabierto y ojiplático: ¿no debería ser proteger las vidas humanas, sin distinción de procedencia? Pero es obvio que los alemanes actúan condicionados por la culpa que sienten por lo que hicieron sus abuelos, sin darse cuenta de que el nieto de una víctima puede ser un verdugo, y hasta imitar los modos del asesino de su abuelo, desde la deshumanización a la Vergeltungo venganza multiplicada que practicaban los nazis, pasando por la formación de guetos y la degradación de las condiciones de sus habitantes, degradados también en su lenguaje, como hizo el Ministro de Defensa israelí al hablar de «animales humanos» para referirse a los habitantes de Gaza.

Da grima leer artículos donde se nos exaltan las virtudes de Israelcomo «una isla de libertad y democracia». No sabemos si, para defender esa isla y a sus nueve millones de habitantes, nos piden que nos enfrentemos al mar u océano musulmán, con 1.500 millones de personas

Por suerte, y esperemos que siga así, Pedro Sánchez no ha ido a Tel Aviv a dar un abrazo a Benjamin Netanyahu, odiado por la mayoría de su pueblo, culpable en último término del ataque de Hamás por negligencia y por haber fomentado la desesperación de los gazatíes, y al que el británico Sunak o el estadounidense Biden parecen querer convertir en un héroe. Un héroe que ordena bombardear a la población civil, habiendo matado ya a más niños palestinos en tres semanas que a los que había matado el Ejército israelí en las tres décadas anteriores. Con una desvergüenza que abochorna a muchos judíos conscientes (mención de honor para esos judíos estadounidenses que entraron en el Capitolio de Washington a pedir un alto el fuego y a gritar «no en mi nombre») se nos quiere pintar a Hamás como los nuevos nazis, y el discurso cala en algunos. No en vano se ha dicho que la memoria del Holocausto es la religión civil europea y, gracias a ella, el antijudaísmo (debería utilizarse este término en vez de antisemitismo, pues los árabes también son semitas) es tabú, mientras que los árabes han pasado a ocupar la posición de minoría repudiada, como pronosticaba el pensadorAlbert Caraco, para quien la humanidad siempre necesitaba un chivo expiatorio.

Da grima leer artículos donde se nos exaltan las virtudes de Israelcomo «una isla de libertad y democracia». No sabemos si, para defender esa isla y a sus nueve millones de habitantes, nos piden que nos enfrentemos al mar u océano musulmán, con 1.500 millones de personas. El sentido común diría que, en estos momentos, políticos y periodistas deberían esforzarse por calmar los ánimos, pero vemos lo contrario: Iker Jiménez o Francisco Marhuenda parecen predicar una nueva cruzada (las del Medievo fueron catastróficas) para salvar los Santos Lugares y Antonio Guterres, quien hace poco recibía en Extremadura el Premio Carlos V, es insultado por decir las verdades del barquero, mientras que no falta quien pide abolir la ONU, suponemos que para volver a la ley de la jungla o del más fuerte.

* Escritor