Opinión | Macondo en el retrovisor

Tiene su miga

Una madre del cole de mi hijo entraba en una cafetería de la mano del suyo, buscando refugiarse del chaparrón y tomar algo caliente, cuando el camarero les invitó, amablemente, eso sí, a abandonar el establecimiento porque «no se admitían niños»

Una niña con su mascota.

Una niña con su mascota. / EL PERIÓDICO

Ocurrió uno de estos días lluviosos. Una madre del cole de mi hijo entraba en una cafetería de la mano del suyo, buscando refugiarse del chaparrón y tomar algo caliente, cuando el camarero les invitó, amablemente, eso sí, a abandonar el establecimiento porque «no se admitían niños». 

El ‘shock’, según ella misma explicó detalladamente más tarde en sus redes sociales, fue en aumento, cuando durante la comprensible ‘discusión’, que tuvo lugar entre ellos, se percató de que en la pared había un cartel en el que rezaba: ‘Pet friendly’, que básicamente quiere decir que las mascotas sí que eran bienvenidas. 

Indignada, le recriminó a aquel individúo el hecho de que alguien pudiera tomar un café con su gato, pero no con sus retoños. A lo que éste le contestó, al parecer, con un lapidario: «Hoy en día muchos perros están mejor educados que algunos mocosos».

La anécdota, que la protagonista contó con pelos y señales en uno de esos innumerables grupos de WhatsApp que ‘sufrimos’ los padres, ha dado para mucho. Defensores y detractores de las dos partes, enfrentadas y aparentemente incompatibles. Una semana después, como con casi todo lo demás, el asunto ha quedado olvidado, pero lo que es innegable es que tiene su miga. 

Hace tiempo que el Instituto Nacional de Estadística nos advierte de que el número de nacimientos en nuestro país es cada vez más bajo, y cada año abrazamos resignados un nuevo mínimo histórico. Mientras, en sentido inverso, asistimos al aumento paulatino de mascotas en el hogar.

Hace poco incluso leí que en un bar de Mérida, ponían pinchos para perros

En el año 2021, en plena pandemia, la cifra se incrementó en un 40% con respecto al año anterior, alcanzando una cifra estimada de 9,3 millones de perros y 5,9 millones de gatos, según la Federación Europea de Alimentación para Animales de Compañía (Fediaf). Y no en vano, desde el pasado 29 de septiembre cuentan con una polémica ley, que vela por su protección.

En España, hay más animales de compañía que menores de 15 años, según los datos de la Red de Identificación de Animales de Compañía (Reiac). Y, la misma fuente, apunta que sólo en la ciudad de Madrid, el número de esas mascotas duplica el de niños de menos de tres años.   

Las cifras son así de rotundas y el capitalismo, que no pierde puntada, hace tiempo que explota la demanda de este nicho lleno de posibilidades. Ya no sólo hay juguetes de los tipos más inimaginables para ellos, también tienen ropa y accesorios (algunos de diseño), sus propios tratamientos de belleza, carritos, escuelas, ‘hoteles’ a precios desorbitados y hasta cerveza... Hace poco incluso leí que en un bar de Mérida, ponían pinchos para perros. Y en muchos establecimientos ofrecen agua y alguna ‘chuchería’ gratis para ellos, para así asegurarse fidelizar a sus dueños. 

Algunos de estos extremos me parecen cuanto menos cuestionables. Más que nada porque están destinados a alabar la vanidad de los humanos y hacer alarde de su estatus; y no tienen nada que ver con procurar la salud o el bienestar de los animales. 

Claramente, muchos de esos productos o servicios, son superfluos e innecesarios, y no tienen otro objetivo que sacarles la pasta a unos cuantos, muchos de ellos seguramente bienintencionados, pero que han perdido totalmente la perspectiva.

Vivimos en una sociedad que trata a algunos animales como personas, y a algunas personas, como animales. Y es ahí dónde radica el problema. A mí me encantan los perros. Creo que algunos muestran más amor y lealtad que muchos supuestos humanos y no tengo nada en contra de que alguien se pueda tomar una caña, un café o hasta comer con su ‘mejor amigo’ acomodado a sus pies, pero cuando incluimos a unos, para excluir a otros, es cuando algo chirría y empiezan las incoherencias.

Nos guste o no, que haya más animales que niños, es una realidad, pero también, un síntoma de que hay cosas que van muy mal en nuestro país. La falta de empleo estable y salarios dignos para jóvenes sobradamente preparados. La consiguiente imposibilidad de que estos puedan acceder a una vivienda propia. O la falta de políticas de fomento de la natalidad o de conciliación, reales y efectivas. Todo ello retrasa la reproducción hasta una edad en la que se convierte en imposible. 

Y es indicativo y sospechoso que se quiera alienar y penar de cualquier manera a aquellos que, pese a todas esas zancadillas, se animan a traer hijos al mundo. Ya sea negándoles un ascenso en el trabajo o el acceso a una cafetería. 

* Periodista