Opinión | Desde el umbral

Cuchara

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Cuchara / EL PERIÓDICO

Uno de los placeres indescriptibles del otoño y el invierno es la vuelta de los platos de cuchara. No es que la primavera sea territorio vedado para la comida de cuchareo. Pero el verano casi que sí. El estómago, por lo general, persigue el consuelo de esa alimentación caliente, de sopas y guisos, en las estaciones más frescas y lluviosas. 

Las sopas frías y templadas son una buena opción para quienes no quieren abandonar la cuchara en todo el año. Aunque hay valientes que, aun con 40 grados de temperatura a la sombra, son capaces de meterse entre pecho y espalda un buen potaje. 

La generalización, a menudo, conduce al error. Y en el comentario global, a veces, se desvirtúa el juicio acerca de numerosas particularidades, sensibilidades y gustos. Dicho esto, no puede desmentirse que lo común es que la mayoría de los comensales saquen la cuchara a pasear cuando empieza a refrescar. Y que los platos que requieren del mencionado cubierto para su ingesta pasen a un segundo plano, paulatinamente, cuando las temperaturas empiezan a escalar en los termómetros. Porque un buen plato de comida caliente te mete el cuerpo en caja, como suele decirse popularmente. 

El consumo de caldos, purés, sopas, cocidos o estofados nutre y conforta. Pero, además, eleva la temperatura corporal o, al menos, proporciona esa sensación de calidez y abrigo. Y hasta genera bienestar, hidratación y alivio en todo el recorrido o tránsito que va desde la boca hasta el estómago. Por otra parte, la cocina de cuchara suele asociarse a preparaciones culinarias elaboradas sin prisa, con calma y dedicación. Y, aunque es verdad que hoy en día todo se ha acelerado, y que lo exprés ha sustituido a lo más reposado, con el uso de las ollas rápidas, los robots de cocina, las vitrocerámicas, hornos, microondas y los sistemas de inducción, sigue reconociéndose cuándo hay toda una mañana de trabajo, control, dedicación, supervisión, aderezo, cata, gusto, cariño o amor tras un plato de comida. 

Antes, se practicaba, al menos en el terreno de las elaboraciones culinarias, eso que ahora se ha dado en llamar, de manera un tanto pedante, slow life. Por las condiciones y la organización de vida de antaño, por el tiempo del que se disponía y por el instrumental, las herramientas y los medios al alcance, se dedicaban muchas horas y bastante mimo a la preparación de esos pucheros que ofrecían alimento, sabor y caricias. 

Hoy todo suele ir más acelerado, y eso el paladar lo canta rápido. Pero, de cualquier manera, en un buen plato de comida de cuchara sigue atisbándose todo lo satisfactorio que ofrecía la cocina de antaño. Disfrutemos, pues, de lo mucho bueno que traen las estaciones presente y venidera, que ya llegará el tiempo de la refrescura culinaria, que también tiene su aquel.