Opinión | desde el umbral

Gentileza

Hay cualidades o modos de proceder en la vida que cada vez están más en desuso y que, quizá por ello, se convierten en especialmente apreciables.

Pienso al escribir esto en la gentileza, que, si bien, no se ha extinguido, sí se ha convertido en un bien ciertamente escaso. Y ahí se halla, quizá, la explicación que da respuesta al asombro evidente que manifiestan quienes coinciden con personas que aún hacen gala de la gentileza en su día a día, con cotidianidad y no de un modo impostado.

La gentileza es una combinación de consideración, amabilidad y respeto que nunca debería perderse a la hora de relacionarse con los demás. Es un indicativo de urbanidad, de ciudadanía responsable, de sociabilidad sana.

Relacionarse con los demás con gentileza no cuesta dinero. Y, si se practica la gentileza de modo frecuente, esta emana de nuestra personalidad sin esfuerzo alguno. Aunque también es verdad que, a quien va por la vida tratando a los demás de manera gentil, con toda lógica, le gusta ser perceptor de un trato acorde a su correcto modo de proceder.

La dispensación de un trato gentil o la falta de cuidado en el trato con los demás puede ilustrarnos en no pocas ocasiones acerca del tipo de persona ante la que nos encontramos. Hay, en este sentido, situaciones y circunstancias que se prestan a la constatación de un extremo u otro.

El modo en que la gente se dirige a las personas que trabajan de cara al público constituye un buen medidor para testar lo gentil o descortés que es un determinado individuo. No cuesta nada dar las gracias, ni pedir las cosas por favor, ni ceder el paso o un asiento, ni escuchar y mirar a los ojos de quien nos habla, ni saludar al llegar y despedirse al marchar, ni facilitar el trabajo de los demás, ni solicitar la atención de un empleado de manera civilizada, ni alabar un trabajo bien hecho o un servicio prestado con interés y mimo, ni disculpar un error, ni ofrecer de lo que vamos a comer, ni interesarse por los demás, ni sonreír o dar una palmada de apoyo, ni ofrecer un brazo en que apoyarse, ni ayudar con la carga, ni prestar un abrigo o un paraguas...

Porque la gentileza es más cuestión de buenas costumbres, agrado y voluntad que de cualquier otra cosa. Y, por tanto, todos podemos hacer brillar esa condición o ese don cuanto deseemos y cuando queramos.

Aunque algunos consideran que la gentileza está pasada de moda, hay que tener la suficiente personalidad para luchar contra los apologetas de la mala educación y la desconsideración regando el presente con buenas prácticas de urbanidad. Es algo que debe contemplar cada sujeto de manera individual. Pero es seguro que la extensión de ese modo de proceder, aunque solo fuese por efecto contagio, ayudaría a que el mundo se convirtiese en un lugar menos áspero, más habitable y alegre.