Opinión | Lluvia fina

Deshumanización

La respuesta de Israel a Hamás es mucho más que desproporcionada, es un auténtico genocidio 

Edificio destruido en Gaza.

Edificio destruido en Gaza. / EL PERIÓDICO

Siento que tengo perdida completamente la esperanza en la especie humana y reconozco que esta es una condena en sí misma que me enfrenta a una futuro habitado por el desasosiego y los malos augurios.

Es imposible confiar en una humanidad que repite guerras y genocidios y que parece asomarse siempre al precipicio de su propia autodestrucción.  

Y es que ahora, cuando tendríamos que estar preocupados, y sobre todo ocupados, por ver cómo solucionamos la amenaza real del cambio climático o los desafíos a los que nos enfrentamos con la inteligencia artificial, el nuevo orden o desorden mundial, ese que está siempre detrás de todos los conflictos, se juega en un tablero de cálculos estratégicos y dobles raseros con la muerte de miles de inocentes en Gaza y la incomprensión absoluta de que nadie pueda parar esta atrocidad en la que no se respetan los más básicos principios del derecho internacional y humanitario.

Es como si de nada sirviesen las manifestaciones multitudinarias que recorren medio mundo, los requerimientos de la ONU y otros organismos internacionales o todas las imágenes de devastación que certifican en sí mismas que la respuesta de Israel a Hamás es mucho más que desproporcionada, es un auténtico genocidio.

En este otoño lluvioso, se podría decir que, aunque ya lo intuía, he descubierto y confirmado con todo mi espanto que la deshumanización se extiende a pasos agigantados por el mundo y llega hasta el cómodo sofá de una tertulia o de quien muestra en una red social su total apoyo a todo tipo de barbaridades, incluidos los bombardeos a hospitales o campos de refugiados, bajo la premisa de que está más que justificada la respuesta de Israel al grupo terrorista Hamás.  

Solo eso puede explicar que personas que aquí ven una improbable ocupación de sus casas como el peor de los peligros, no puedan llegar a sentir la más mínima empatía con quienes son obligados a salir de las suyas para morir bajo las bombas.

También hay quienes apoyan el asedio de décadas que sufre el pueblo palestino, aunque se mostraban incapaces de soportar un confinamiento de dos meses por la pandemia, o quienes se declaran “provida” sin importarles para nada la muerte de miles de niños y niñas en Gaza, que son entregados a sus madres metidos en una bolsa de plástico.

Solo la deshumanización puede llevar a no conmoverse con esas imágenes de La Piedad que nos deja esta guerra despiadada, con esas fotografías o vídeos de mujeres abrazadas al cuerpo inerte de sus pequeños.  

Ya lo dijo claramente el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, “estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia”, y lógicamente lo hizo al inicio de la guerra para que se pudiera justificar todo lo injustificable, empezando por cortarle a los gazatíes el suministro de agua y combustible, así como la entrada de alimentos y ayuda humanitaria.

Deshumanizar supone un salto al vacio de difícil marcha atrás y representa el primer paso firme para una escalada de rencor y violencia en la que todo, absolutamente todo, puede llegar a estar justificado.

Por eso asustan y mucho estas derivas, alentadas además por la polarización y los extremismos para extender el odio y el resentimiento hacia hacia el otro, en este caso concreto, vestido de antisemitismo e islamofobia, como si nada, absolutamente nada, hubieramos aprendido de hacia donde nos llevaron estos desvaríos en el pasado.

En medio de la tristeza por lo que acontece en la humanidad, a veces envidio a las personas desinformadas, anestesiadas con sus propias preocupaciones simples y cotidianas, aunque siempre he sentido, sin ni siquiera proponermelo, que “cuando dejamos de pensar en lo que nos rodea, nos hacemos cómplices de lo que ocurre”, una sensación que yo ya experimentaba sin saberlo y que la ví plasmada magistralmente por Simone Weil en su famosa reflexión.

Es tanta mi desesperanza en esta humanidad deshumanizada, que solo la cultura, esas manifestaciones maravillosas que también deja el ser humano, dan un poco de luz y consuelo a mi desamparo existencial.

Vuelven a sonar en mi cabeza “los largos sollozos de los violines de otoño”, como escribió Paul Verlaine en su famoso poema escogido por los aliados para anunciar el “DíaD”, que pondría fin en Europa a cuatro años de la ocupación y el horror nazi, pero ahora con la esperanza completamente perdida, convencida de que después de las guerras y los genocidios de ahora vendrán otros en el futuro, porque quizás quien tenía razón es quien hace más de 2.000 años ya habló de deshumanización y resumió todos los males del mundo en la locución latina “homo homini lupus”, “el hombre es un lobo para el hombre”.

*Periodista