Opinión | Espectráculos

Granadilla como símbolo

Granadilla.

Granadilla. / Toni Gudiel

El sábado pasado fuimos de excursión con unos amigos por el norte de Cáceres, por el Valle del Ambroz y alrededores. La primera parada fue Gargantilla, bello y tranquilo pueblecito recorrido por el vigoroso torrente de la Garganta de Honduras, de donde toma el nombre. El pueblo estaba animado con lo del Otoño Mágico y en el Pabellón Multiusos se empezaba a congregar gente a la espera de comer, por tres euros, una ración de paella que se estaba cocinando en dos grandes paelleras.

En eso empezaron a ensayar unos músicos aficionados con un volumen desmesurado, y poco después a interpretar, a grito pelado, la canción Zombie, de los Cranberries. Una de las mejores canciones de rock de los noventa, pero no sé si la música más apropiada teniendo en cuenta que por la edad de los asistentes la mayoría sería más de Karina o Nino Bravo. Desde luego nosotros salimos pitando, pues desafinaban de lo lindo, y la pobre Dolores O’Riordan, que en paz descanse, debió de retorcerse en su tumba.  

Como en tantas localidades extremeñas, uno siente cierta melancolía al saber que, hace cien años, Gargantilla tenía más de mil habitantes. Hoy, apenas 370, es decir, un tercio de los que llegó a alcanzar. «Mejor, más tranquilo», replica uno de los amigos, y parte de razón tiene, pero, por otra, esa tranquilidad puede acabar siendo la misma de un cementerio, por la ausencia de vida.

Y eso que en ese pueblo, como en otros que cruzaremos después de un tamaño similar, como Abadía, hay parques infantiles, por supuesto casi siempre vacíos. Melancolía de esos columpios y caballitos que se oxidarán siendo apenas usados por niños de paso, y no por lugareños. 

La segunda parada fue en un pueblo ya totalmente despoblado, que yo no conocía, pero del que nuestro amigo había oído hablar: Granadilla, villa amurallada que domina el embalse de Gabriel y Galán, cuya construcción, de hecho, fue la muerte del pueblo, pues se obligó a sus habitantes a desalojar una localidad que tenía más de mil cien habitantes y que databa de la Edad Media. De hecho, fundada por los árabes, su nombre original era Granada, pero se le acabó cambiando el nombre para no confundirla con la de Andalucía. 

Melancolía de esos columpios y caballitos que se oxidarán siendo apenas usados por niños de paso, y no por lugareños

El señorío de Granada abarcaba diecisiete municipios, y gozaba de una situación estratégica, en esas alturas desde las que se dominan las Hurdes y la Vía de la Plata. Después de construirse el embalse en el Alagón, el pueblo ha quedadoen una llamativa península. En los años ochenta se incluyó en un programa de recuperación de pueblos abandonados y hoy es una atracción para turistas.

Llegamos justo cuando lo abrían, y la visita vale la pena. Nuestro amigo, que ha vivido varios años en Francia, estaba asombrado, y comparaba esa fortaleza extremeña con la Abadía del Mont Saint-Michel. Aunque pueda parecer exagerado y el Atlántico no sea el Alagón, cierto parecido tiene.

Por visitar aquella, los franceses cobran una entrada de once euros por persona. Aquí, como somos idiotas, la entrada es gratis. Granadilla tiene unos cincuenta mil visitantes al año. Mi amigo dice que él hubiera estado dispuesto a pagar hasta cinco euros. No sé si cinco, pero con un euro que se pagara, serían cincuenta mil euros al año para las arcas de Zarza de Granadilla, municipio al que pertenece. 

Luego seguimos hasta las ruinas de la ciudad romana de Cáparra, con su famoso arco. Otra ciudad despoblada. No sabemos si Extremadura tendrá futuro, pero desde luego pasado tiene a raudales. Me quedé pensando en Granadilla como símbolo de tantas cosas que se han hecho mal en esta tierra: las personas expulsadas por las autoridades franquistas, localidades que se dejan caer a pedazos sin que importe a nadie, falta de ideas para detener el declive humano, en medio de una naturaleza esplendorosa. 

* Escritor