Opinión | La curiosa impertinente

La sonrisa de un niño

Me quedo con las risas de mis hijos y de mis nietos. Cuantos más, mejor

El rincón de una caravana migrante donde suenan las adivinanzas y las risas

El rincón de una caravana migrante donde suenan las adivinanzas y las risas

Entre las miles de personas trascendentes cuya existencia desconocía hasta ahora,estaba la al parecer influyente economista, Corinne Maier. Esta suiza criada en Francia ha alcanzado la notoriedad por un ensayo con el título de «No Kid» en el que arremete contra la maternidad, aboga por las ventajas de un planeta menos poblado y afirma que criar un hijo es una pesada carga. Con este libro amplía un volumen de hace quince años en el que explicitabaque el parto es una tortura, el hijo es la muerte del deseo, el hijo acaba con la pareja, el hijo te convierte en un biberón ambulante y que, como afirma Houellebecq, es una especie de enano vicioso de una crueldad innata. Ante tal despliegue de sabiduría, a una solo le queda añadir detrás de cada una de estas acusaciones incontestables… y la hija.

La aguerrida autora se jacta de que en parte gracias a su libro ha decaído la propaganda pronatalista que nos intenta convencer de que no hay nada más hermoso que la sonrisa de un niño y cada vez oímos hablar más del agotamiento de los padresy se extiende el discurso contra la idea de tener hijos.

Los hijos son una bendición como ninguna otra, crea usted en la religión que crea y si es ateo, lo mismo. Puede haber algo -poco- más hermoso que la sonrisa de un niño, pero más hermoso que la risa espontánea, campanilleo de felicidad atesorada por los inocentes, lo dudo

Una, en su anticuado conservadurismoy también motivada por su propia experiencia, sabe que los hijos son una bendición como ninguna otra, crea usted en la religión que crea y si es ateo, lo mismo. Y opina además que puede haber algo -poco- más hermoso que la sonrisa de un niño, pero más hermoso que la risa espontánea, campanilleo de felicidad atesorada por los inocentes por los siglos de los siglos y expresión pura del gozo sin maldad, más que esa carcajada infantil nacida de la ausencia de inseguridad y dolor y anclada en el presente absoluto de la bondad suprema, lo duda.

Tal vez la insigne autora encuentre más bella una nevera llena de productos eco, un salón de diseño, tiempo para aplicarse tratamientos de belleza con micro frecuencia que detengan la flacidez y promuevan un sueño inalcanzable de juventud permanente u horas y horas de Pilates, yoga y mindfulness. Lo ignoro. Yo me quedo con las risas de mis hijos y de mis nietos. Cuantos más, mejor.