Opinión | Con permiso de mi padre

Luces para despistar

Se supone que estamos en una etapa de cataclismo climático, pero las ciudades ya llevan un mes brillando

Iluminación de Navidad en Vigo.

Iluminación de Navidad en Vigo. / FARO DE VIGO

Ahora que las ciudades compiten a ver cuál es la más iluminada, ruidosa y hortera, justo cuando empiezan las comidas compulsivas, los falsos abrazos y los reencuentros, reivindico la importancia del silencio, la introspección y la búsqueda de la belleza. Nada más lejos de mi intención que quitar un ápice de ilusión a la Navidad, porque es una época que me encanta y, entre otras cosas, me aporta una distracción para olvidar lo poco que me gustan el frío y la humedad. Pero reconozcan que se nos ha ido un poco de las manos este jolgorio: calles abarrotadas, empujones, luces como para hacer aterrizar un avión sin radar y gastos innecesarios. Y contradicciones, muchas, que me hacen preguntarme sin encontrar respuestas.

Se supone que estamos en una etapa de cataclismo climático (subimos el nivel de “asustamiento” por meses) y que la Humanidad tiene que hacer restricciones consecuentes en el gasto de energía y, sin embargo, hay ciudades que ya llevan un mes brillando como si fueran una mezcla de puticlú y disneylandia para flipados. Y la música atronando durante horas, como un anzuelo para diseminar alegría e incitar a consumir. Y si la Navidad acaba siendo una excusa comercial para atraer clientes que se dejen el dinerito en comer, comprar y echar el día viendo la iluminación, pues vale, pero entonces no den la tabarra con los recortes, el ahorro energético y la crisis climática.

Por eso es bonito el silencio en diciembre, porque es como una hibernación de los sentidos y te permite hacer repaso de cómo ha ido tu año, de la cantidad de promesas incumplidas, y de los importantes propósitos que estás dispuesto a saltarte el próximo. Y porque parece el momento de buscar la belleza entre tanto exceso, entre tanto oropel y fanfarria. La belleza de la escasa luz de este mes, con sus amaneceres de niebla y sus atardeceres de fuego, belleza en la tierra que descansa esperando una primavera generosa, belleza en los reencuentros esperados y no forzados, en los gestos que deberían ser habituales y sin embargo son ocasionales.

Y para los creyentes es Adviento, nada menos que el tiempo de preparación para el momento del nacimiento de Jesucristo, un tiempo de alegría, de oración y de reflexión caracterizado por la espera vigilante, lo que se puede aplicar también a los no creyentes (la fe es un regalo, no una elección). Y que en estos tiempos de correr, hablar antes de pensar y morder antes de entender, nos preguntemos hacia dónde vamos y hacia dónde queremos ir. Que esta vida, a veces fiesta, a veces negocio extraño, es más corta de lo que creemos, y en cuanto nos descuidamos estamos ya en los postres. Sean buenos, o inténtenlo. Y pongan un Belén.

Feliz lunes.

*Periodista