Opinión | Guerra en Gaza

Jorge Dezcallar

¡Basta ya!

No puedo soportar que tanta gente inocente sufra como consecuencia de lo que hicieron unos canallas en una madrugada sangrienta

Una familia entre escombros en la Franja de Gaza.

Una familia entre escombros en la Franja de Gaza. / EFE

Naturalmente que uno tiene derecho a defenderse si es atacado. Todo el derecho del mundo. A defenderse, a castigar a los agresores, a tomar todas las medidas necesarias para que se les quiten las ganas de volver a hacerlo y que, en todo caso, impidan nuevos ataques en el futuro. Y más si se trata de terroristas sanguinarios que han cometido crímenes execrables contra mujeres y niños indefensos. ¡Faltaría más! Y hay que hacerlo sin piedad para los asesinos pero dentro de normas que respondan a la proporcionalidad que demanda el derecho internacional, y al derecho humanitario, que exige no infligir castigos inhumanos y no hacer pagar a inocentes por barbaridades que no han cometido.

Creíamos estar curados de espanto con las imágenes de las tragedias que ocurren en el mundo, que son muchas y que los telediarios meten a diario en nuestros hogares. Algunas, producto de una naturaleza encabritada que parece cebarse en los más humildes: un terremoto que destruye poblados enteros y deja a los sobrevivientes a la intemperie en pleno invierno, porque la ayuda tarda en llegar -o no llega- a los riscos donde vivían; un volcán que obliga a desalojar pueblos y blanquea con su ceniza rostros desorientados de quiénes no saben adónde ir; tremendas inundaciones que se llevan por delante cosechas duramente trabajadas y de las que depende la subsistencia de gentes sin pensiones ni seguridad social. Otras veces, las catástrofes son peores porque las causa la mano del hombre con disputas fronterizas; guerras inciviles; peleas por el poder y los recursos entre señores de la guerra; multinacionales que acaban con formas de vida tradicionales; refugiados que huyen desorientados de combates que no les conciernen pero que les matan y expulsan de sus hogares; desplazados internos que solo piden seguridad y comida en campos interminables de tiendas, levantadas por organizaciones humanitarias en la mitad de polvorientos secarrales en los que nada crece. Todo eso y mucho más se introduce a diario en nuestros hogares y de alguna manera hemos aprendido a convivir con ello sin que nos quite las ganas de cenar.

Pero lo que nos trae la televisión últimamente es demasiado. O al menos me parece a mí que es demasiado.

No puedo soportar las patéticas imágenes de enclenques criaturas sietemesinas, sacadas de incubadoras que han dejado de funcionar por falta de electricidad en los hospitales.

No puedo soportar las imágenes de hombres corriendo, cubiertos de polvo con la cara desencajada y un niño herido en brazos que llegan a un hospital que carece de medios para curarle.

No puedo soportar ver a madres llorando desconsoladas mientras abrazan un pequeño bulto envuelto en una tela blanca, que es todo lo que le queda de un hijo al que parió con dolor y alimentó en medio de muchas dificultades.

No puedo soportar esos hospitales con heridos extendidos por el suelo de los pasillos, a falta de cuartos y de camas, y que médicos agotados operan sin anestesia.

No puedo soportar las imágenes de barrios enteros destruidos, donde esqueletos de viviendas sin paredes muestran impúdicamente lo que un día fue un dormitorio o una cocina. Es decir, un hogar al que nadie podrá ya regresar nunca.

No puedo soportar ver a esas multitudes asustadas y desorientadas que abandonan sus casas tras un corto aviso y huyen en largas filas en busca de seguridad hacia donde tampoco existe, porque también allí han llegado los bombardeos y ya no les queda adónde ir.

No puedo soportar ver filas de camiones parados con ayuda humanitaria que no pueden distribuir, porque una barrera les impide pasar mientras detrás de ella la gente muere porque falta todo: la comida, el agua potable, la electricidad, el combustible...

En definitiva, no puedo soportar que tanta gente inocente sufra como consecuencia de lo que hicieron unos canallas en una madrugada sangrienta. El justo castigo de esos pocos no puede implicar la tragedia de tantos.

Y aunque no lo veo, porque la televisión no lo muestra, no puedo soportar tampoco lo que imagino, el calvario de inocentes secuestrados encerrados en túneles angostos y oscuros, a muchos metros de profundidad, mientras fuera caen las bombas y familias angustiadas lloran y claman por su liberación.

Se le quitan a uno las ganas de celebrar la Navidad y de comprar turrón y champán mientras tantos sufren a tan pocos kilómetros de aquí. Y me avergüenza pensar que todo eso sucede en el siglo XXI. 

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