Con 21 años uno está pensando en lo que está pensando. Con suerte en los estudios, en tener algo de dinero para salir y viajar con los amigos, en la fiesta del fin de semana, en el último crush... A Júlia le tocó pensar en otras cosas. Un agotamiento que iba a más, un inesperado ingreso en la UCI, una silla de ruedas, una máquina de oxígeno y un código cero lanzado desde el Hospital La Fe de València, la máxima alerta nacional para los que necesitan un órgano. Esta es la historia de Júlia y de su trasplante de pulmón, uno de los 1.000 que ya han realizado en el centro valenciano, el único de la C. Valenciana que hace esta técnica y uno de los siete que lo hace en toda España.

El resumen, que satura a cualquiera que lo lee, comprende apenas un año de la corta vida de esta estudiante de Trabajo Social que ahora, meses después de la intervención reconoce que sus preocupaciones de veinteañera eran poco menos que banales y que, si hubiera tocado, estaba en paz para morir. "Al final la vida tampoco te debe nada, ¿no? Ella te da cosas y tú decides cómo cogértelas", sentencia. Y ella decidió tomárselo en clave superación. Con dos pulmones.

Esos pensamientos le llegaron cuando estaba en el momento más crítico. Postrada en la cama de La Fe, con unos pulmones que ya no le permitían respirar y soñando con que el próximo helicóptero que llegara le trajera unos nuevos. "Yo no tenía ni idea de lo que era un código 0. Me lo explicaron y cada vez que oíamos al helicóptero nos imaginábamos que venían y eran para mí", recuerda.

"Yo no tenía ni idea de lo que era un código 0. Me lo explicaron y cada vez que oíamos al helicóptero nos imaginábamos que venían y eran para mí"

Dos veces se preparó para bajar a quirófano y se quedó compuesta y con sus trenzas hechas -"un ritual que tenía"-. Fue a la tercera. "Cuando me llevaban en la camilla y dejé de ver a mis padres al girar la esquina, pensé que había sido muy afortunada de haberlos tenido pero que no me iba a morir. Los iba a volver a ver". Y así fue, después de seis horas de cirugía.

De costarle subir escaleras a una silla de ruedas

Ese es el final de la historia pero el principio tampoco fue fácil. "Empezó todo de Erasmus. Un día que estábamos de senderismo. Yo lo había hecho toda la vida pero me costó mucho subir una montaña. Me estoy alimentando mal, me dije", rememora. A la vuelta a València, el cansancio fue a más. "Me costaba subir a pie los tres pisos hasta mi casa pese a que siempre he hecho ejercicio", pero en ningún momento se le pasó por la cabeza que una enfermedad rara (hipertensión pulmonar además del peor tipo) le estaba minando la vida.

Llegó julio, se fue de festival. "Y no podía ni bailar. Pensé que era la covid porque no podía parar de toser". De ahí a las urgencias del Doctor Peset donde fue directa a la UCI y los neumólogos vieron que no era covid sino esta patología que la dejaba a las puertas del trasplante. Salió en silla de ruedas, conectada al oxígeno y confiando en que la medicación fuera suficiente pero no fue así.

"Cada mes empeoraba más, necesitaba más oxígeno y al poco ya me dijeron que iba a trasplante". Su padre a su lado, lívido. "Siempre temes lo que no conoces, ¿no? Este trasplante solo se lleva haciendo 30 años y pregunté por esperanza de vida y si me iba a morir. Me explicaron que podría vivir muchos años y que podía tener un futuro y yo quería tener un futuro".

"Al final la vida tampoco te debe nada, ¿no? Ella te da cosas y tú decides cómo cogértelas"

Entró en lista de espera en la que suele haber entre 25 y 30 personas sabiendo que en una media de cuatro meses podría respirar de nuevo por sí sola pero su estado se deterioró rápidamente. Llegó el código 0. Fueron 10 días, ahí sí, de subidas y bajadas.

Un millar de trasplantes de pulmón en La Fe

Porque hubo oportunidades previas, dos, pero no todo es tan fácil en un trasplante de pulmones. "No solo están los criterios de compatibilidad como tal, también se tiene en cuenta la edad del donante y del receptor y también el tamaño", explica Gabriel Sales jefe de Cirugía Torácica del Hospital La Fe de València. Sales dirige el equipo de cirujanos que en La Fe hacen posible este milagro de dar aliento a quien se queda sin él, una media de seis trasplantes al mes y subiendo.

Ahora, el centro acaba de superar el hito de los 1.000 trasplantes pulmonares después de estar haciéndolos durante 31 años. Empezaron en 1992 y desde entonces han podido llegar a ese millar de personas, entre los que ha habido 120 menores, también niños que no llegan a los cinco años. En estas últimas cirugías, más complicadas, solo se hacen en La Fe y en otro hospital en España. el Vall d'Hebrón.

Júlia no da el perfil de lo que es un receptor de trasplante de pulmón. Al menos para el imaginario colectivo ya que siempre se piensa en una persona mayor, normalmente hombre y que ha sido fumador. "Sí, ese es el perfil. Varón de unos 55 años", reconoce Sales pero solo porque siete de cada diez trasplantes se hacen por culpa de un enfisema o de la Enfermedad Pulmonar Obstructiva (EPOC) o por alguna fibrosis. Siete de cada diez, pero queda un amplio 30 % restante en el que entran, en contraste, gente joven por problemas como el de Júlia o enfermedades congénitas.

En La Fe hacen ahora una media de seis trasplantes de este tipo al mes, con mejores resultados que al principio. "Este año ya llevamos 26 hechos", recapitula el especialista. La cifra no deja de crecer gracias a que cada día se consiguen más órganos tras incorporar la técnica de donación en parada cardíaca (asistolia) y no solo de personas que habían llegado a muerte cerebral. "Operamos más pero la lista de espera está estable en 25-30 personas. No baja porque también va más gente ahora a trasplante", explica Sales. Por ejemplo, ha habido pacientes extremos de covid a los que se les ha trasplantado de pulmón.

"Voy a cuidar lo que me han dado"

Júlia forma parte ahora de ese hito de los 1.000, siendo muy consciente de lo que significa. Enseña orgullosa la cicatriz que le recorre la parte baja del pecho. Dice que a diario se lo acaricia y da gracias a ese donante y a esa familia que dio el sí para la donación "aún en sus peores momentos. Allá donde estén les doy las gracias cada día. Voy a cuidar lo que me han dado".

Por ahora está pensando en hacerse un tatuaje que involucre a la cicatriz esperando que pase rápido el postoperatorio y poder "meterme en un autobús" o volver a la universidad, aprovechar ese tiempo extra que alguien le ha regalado: "Ya quería viajar, pero ahora lo quiero más. Quiero hacer algo grande con mi vida". Con dos (nuevos) pulmones.