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SEMANA SANTA CACEREÑA

Multitudes en el Cristo Negro, lleno en los Ramos y plegarias en el Sur

La salida de la talla medieval tras dos años sin poder procesionar concentra a miles de personas. La Esperanza pone a rebosar el casco viejo en un Miércoles Santo exultante, más recogido en Llopis

Salida del Cristo Negro desde la concatedral, en esta noche de Miércoles Santo.

Los cacereños pueden. La Semana Santa siempre lo demuestra, y este año aún más. Porque si Cáceres se ha desbordado este Miércoles Santo, si no se cabía en las calles, si los hoteles se llenaban, si los bares no daban tregua, ha sido porque Juan Ignacio Blanco lleva días cuidando y preparando el Cristo Negro, porque Sandra García ha colocado hasta la última flor de la Esperanza, porque Javier Barra ha mimado el nuevo ornato del Cristo de la Buena Muerte, porque Juan José Merchán se desvive por cada detalle del Cristo de la Preciosa Sangre. En la Semana Santa cacereña no hay grandes presupuestos públicos, ni promotoras de renombre, ni agencias de eventos. Hay manos y voluntades que cada año logran el milagro de que esta ciudad se levante de sus complejos y sepa que querer es poder. Otro Miércoles Santo para la historia.

El Cristo Negro volvió ser el gran imán que posó los ojos de los devotos de medio mundo en Cáceres. Dos años sin la salida del Santo Crucifijo no han hecho más que incrementar la fuerte atracción, y devoción, que miles de personas le profesan. A las doce de la noche, los hermanos estaban concentrados dentro de la concatedral y fuera ya no cabía un alma. Juan Ignacio Blanco, camarero y jefe de paso, se disponía a retirarse unos minutos solo, frente a la imagen, para pedirle por los difuntos de la pandemia, por las víctimas de una y tantas guerras, por la seguridad de los hermanos y de todos los que aguardaban en la calle la salida de un Cristo de siete siglos que silencia 15.000 gargantas con su sola presencia.

Comitiva del Cristo Negro CarlaGraw

Y allí esperaba el Cristo Negro, con un clavel rojo a sus pies por la Pasión y otro negro por la pandemia, entre la hiedra fresca, recién cortada de los patios de los palacios y las casas fuertes de Cáceres. Muchas ni siquiera levantadas cuando esta imagen fue tallada por una mano anónima entre 1345 y 1360, sobre madera traída desde África, una mano que supo dar forma a un rostro difunto, a una anatomía vencida, incluso a unas venas inertes, creando un crucificado que a la vez sobrecoge y atrae. «Yo no lo guío. Él es quien nos guía cada año», reveló Juan Ignacio Blanco, encomendándose a la imagen.

El trasiego fue incansable durante toda la jornada en la concatedral. Muchos quisieron ver al Cristo Negro, recorrerlo con sus ojos, sentir ese respeto que infunde la talla curvada sobre su cruz. «Tenemos todas las ganas del mundo de procesionar. Hemos vivido momentos agobiantes durante la pandemia porque no podíamos satisfacer el deseo de mucha gente de salir en rogativa, pero hoy por fin el Cristo Negro volverá a las calles de la Ciudad Monumental», declaró el mayordomo, Alonso Corrales.

Saetas para el Santo Crucifijo. CarlaGraw

Y por fin, llegada la medianoche, se escucharon los tres golpes en las puertas en la concatedral. Los cincuenta y nueve cofrades (‘numerus clausus’) iniciaron poco a poco su recorrido, de ellos solo dos nuevos titulares. Otros 4.000 esperan que algún año llegue su turno. La de ayer fue además la XXXV estación de penitencia desde la reaparición procesional de la cofradía, fundada en 1490. Recorrió sus primeros tramos completamente escoltada por una multitud que no se había cansado de esperar, y que se sintió recompensada con esa impresionante imagen de los hachones, el timbal, la esquila y el Cristo Negro.

Muy poco antes, la plaza Mayor cacereña había estado abarrotada con la Esperanza. El Cristo Negro es reconocido internacionalmente, pero esta Virgen tiene otro altar enorme en la tradición cacereña. Se recuerda su llegada en 1949, las interminables filas de mantillas de quienes entonces eran mozas, ahora madres y abuelas. Hoy siguen las oraciones y los ruegos a sus pies, cada día en la iglesia de San Juan... Por eso, anoche se produjeron auténticas riadas de personas desde la cola de su procesión hasta el recinto intramuros para encontrar un hueco donde esperar al Cristo Negro. Un trasiego que Cáceres echaba de menos, que ha vuelto si cabe con más fuerza.

La Esperanza había salido a las nueve de la noche a hombros de la cofradía de los Ramos, junto con el Cristo de la Buena Muerte, las dos tallas titulares de la hermandad de San Juan. Tiene esta cofradía un gusto exquisito con los detalles, como lo demuestran los elementos de los reconocidos orfebres sevillanos Manuel Ramón Seco y Manuel de los Ríos. Y también una apuesta decidida por la Pasión cacereña, como además lo evidencia la presencia de tres bandas, nada menos, en su estación de ayer.

El Cristo de la Buena Muerte (siglo XVII), anoche, en su salida desde el templo de San Juan. CARLAGRAW

Primero procesionaba el Cristo de la Buena Muerte, un crucificado anónimo del siglo XVII que este año cobra una significación especial tras la pandemia, y por eso ha cambiado su tradicional manto rojo de claveles sobre el monte de la cruz, por una composición de brezo florido con una corona de laurel, más sobria. «La imagen representa una advocación de esperanza, de triunfo sobre la muerte, que hoy más que nunca nos recuerda a los que ya no están con nosotros», explicó Javier Barra, prioste de ornato de los Ramos.

Detrás, la Virgen de la Esperanza, cuyos hermanos de carga realizaron una maniobra realmente compleja para sacarla por las puertas de San Juan, dirigidos por Antonio Bazo. No lo pone fácil el extraordinario paso de palio bordado en el taller de las Mercedes de Coria del Río, con su trono de orfebrería de Manuel Román Seco. «Hacía tres años que la Virgen no procesionaba en Semana Santa. La lluvia tampoco lo permitió en 2019. Es un día muy especial», reconoció el mayordomo, Luis Manuel Rodríguez.

La Esperanza, en su recogida tras un recorrido abarrotado. CarlaGraw

Pero allí estaba la Esperanza, vestida siempre con la mayor dedicación por su camarera Sandra García, con el manto de procesión de la casa hispalense de Palacio Arróñiz, saya bordada en terciopelo blanco nuclear, valiosa toca en hilo de oro, fajín rojo de generala, bellotas de oro en el pecho regaladas por Mercedes Calles, medalla de la Policía Nacional (hermana de honor de la cofradía) y distintos broches seleccionados de su auténtico museo de ornamentación mariana, formado por un sinfín de donaciones. «Merece procesionar así porque ella es mujer, es madre, es reina», dijo emocionada su camarera, Sandra García.

La riqueza de la Semana Santa cacereña reside en estas formas diferentes de exteriorizar la Pasión que convergen en una noche y en una misma ciudad. Porque frente a las comitivas multitudinarias del centro, ayer se vivían los pasajes bíblicos de las últimas horas de Jesucristo de manera participativa en el vía crucis de la Pontificia y Real Cofradía del Humilladero (fundada en el siglo XVI), con el Cristo de la Preciosa Sangre. Fue una procesión en la que confluyeron tres parroquias de los barrios cacereños del Sur (Espíritu Santo, Nuestra Señora de Guadalupe y Sagrada Familia), con decenas de personas en un largo cortejo de velas encendidas, sin duda una manifestación más sencilla y especialmente comprometida con el significado religioso de estas fechas.

Vía crucis del Humilladero, que reunió a las parroquias del Espíritu Santo, Virgen de Guadalupe y Sagrada Familia. CARLAGRAW

El Cristo de la Preciosa Sangre llevaba ayer una ornamentación ligeramente distinta con rosas rojas, lirios, statices y claveles, entre hiedra y brezo. «Para los hermanos es una imagen muy querida, porque nos transmite muchos sentimientos», confesó el mayordomo, José Diego Rodríguez Moreno. Cerca de la medianoche, un timbal destemplado seguía marcando su camino hacia el Espíritu Santo.

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