Colaboración ciudadana. Un día con la organización humanitaria cacereña

El Banco de Alimentos de Cáceres rompe el techo del millón de donaciones

La onegé ha superado este año el 1.600.000 kilos de comida para los colectivos más vulnerables

«Veo a los voluntarios con la misma cara de ilusión que el primer día», asegura Rincón, su presidente

Juan Carlos Fernández Rincón, presidente del Banco de Alimentos de Cáceres, utiliza la palabra ‘solidaridad’ para definir todo lo que engloba a la labor que realizan desde la asociación. Este coronel de Infantería del Ejército de Tierra comenzó a colaborar en el año 2012 con la oenegé. En abril de 2013 se le puso por delante llevar las labores de presidencia y no la puedo rechazar: «Es algo que me satisface muchísimo», confiesa.

Para él, «el Banco de Alimentos es una forma de ayudar indirectamente a los más necesitados». Afirma que la vocación le viene desde mucho tiempo atrás y que necesitó tiempo para descubrir de qué manera podría ayudar a la gente. «Desde ese momento ya me enganchó», afirma. 

La sede del Banco de Alimentos de Cáceres está ubicada en un antiguo silo de Aldea Moret, de propiedad estatal, que era utilizado para guardar grano. No es el primer lugar en el que han ejercido esta labor social. Empezó en la calle Diego María Crehuet y de ahí pasó a la avenida de Alemania, a un almacén cedido por el ayuntamiento del que aún disponen y donde tienen cámaras frigoríficas. 

Fernández Rincón no puede esconder su admiración por un grupo inferior a 20 voluntarios que conforman el banco cacereño y su delegación de Plasencia, porque lo dan todo sin recibir nada a cambio. «Tengo una gran satisfacción, es que les veo con la misma ilusión que el primer día. Esta labor agota mucho, pero no fallan nunca, están aquí desde primera hora. Hacen cualquier cosa que se les pida», dice el presidente.

Apunta que «los voluntarios piensan que están haciendo algo importante en su vida, son personas que han pasado más de 40 años en su trabajo y es una forma de mantenerse activos». Destaca, también, la gran convivencia que existe entre todo el personal que conforma el banco y lo feliz que ve a la gente cuando está trabajando. No olvida, además, que son personas de edad muy avanzada: «El jefe de almacén tiene 87 años, y el tesorero casi 83». «Imagino que están muy a gusto porque llevan 20 años y siguen aquí. Nadie piensa en irse, aunque son libres de hacerlo cuando quieran», comenta. 

Rincón habla de la ayuda anual que reciben por parte del ayuntamiento, de asociaciones y de grandes empresas de alimentación que colaboran diariamente y hacen que «siempre dispongamos de comida para repartir a los más necesitados», y de las grandes operaciones que han acometido durante los últimos años: «Hace un tiempo, una empresa nos donó más de 120.000 euros, que la gente de hoy día no lo pensará, pero son 20 millones de las antiguas pesetas».

Vídeo | Así es el Banco de Alimentos de Cáceres

Carlos Gil

A diario

Reconoce que se vive mucho del día a día, y que en cada jornada llega alguien nuevo que quiere colaborar con ellos. «El otro día un empresario que iba a llevar cajas de huevos a un sitio pero que finalmente no las querían y las trajo aquí. Se volcó un camión que llevaba ciruelas y nos las trajeron, estaban en perfecto estado. También tenemos un convenio con un matadero que nos trae carne de las labores de gestión que se realizan en Monfragüe», corrobora el presidente.

Anónimos

Pero no todo son las compañías que colaboran, también dependen mucho de la gente anónima: «Hay personas que vienen con el coche cargado hasta arriba, abren el maletero y nos lo dan absolutamente todo».

Recuerda con cariño una ocasión en la que una pareja utilizó su despedida de soltero para recabar alimentos y donarlos. «Se presentaron aquí el día antes de su boda con una cantidad de alimentos que habían recogido de los invitados», afirma sonriente. 

Además del hecho de cooperar con la donación y recogida de alimentos, desde la asociación también se llevan otras iniciativas distintas: «Hace poco hemos presentado un libro que he escrito junto a otros eruditos de la ciudad y todos los beneficios han ido al Banco de Alimentos. Varios pintores han donado cuadros y el dinero ha sido para la oenegé».

Pero no es donando alimentos ni participando en el voluntariado la única manera de ayudar. «Yo estoy suscrito para que me saquen todos los meses de mi cuenta una cantidad de dinero y así también estoy colaborando», comenta el administrador. También relata que uno de los voluntarios llega todos los domingos con un billete de 50 euros que le da una señora para que los ingrese y así cooperar con el banco.

Fernández Rincón presume de la cantidad de kilos de comida que reparte anualmente entre las asociaciones que les solicitan ayuda: «Supera el 1.600.000, y esta campaña hemos conseguido 359.000 kilos solo de fruta de temporada de una gran calidad. Nos realizan controles de calidad para corroborar que está en buen estado, y siempre es así».

Todo esto lo hacen sin tener un punto de recogida habitual, simplemente gracias a las compañías que suelen dar las ‘mermas’ de forma diaria, y con las donaciones, en su mayoría anónimas, de personas que se desplazan hasta la avenida de la Constitución de Aldea Moret, donde está ubicado el Banco de Alimentos cacereño.

El reparto de mercancía no se realiza de forma directa a las familias: «Los alimentos se lo damos a las asociaciones. Cada asociación nos hace una petición con las familias interesadas en recibir ayuda y nosotros lo comprobamos a través del Instituto Municipal de Acción Social. Posteriormente se comprometen a venir a recoger alimentos cada vez que se les llame», afirma Rincón, quien reconoce que para ellos sería muy difícil repartir alimentos si las personas con esa necesidad se presentaran a la puerta de su sede cada mañana. 

También se efectúan repartos fuera de la capital cacereña, ya que su ámbito de actuación es provincial:«Hay pueblos que lo están pasando muy mal en la provincia». Y no olvida sus aportaciones para ayudar a los refugiados afectados por la guerra de Ucrania.

Entre las aspiraciones hay una: la de un nuevo local, puesto que el actual depende del Estado: «Si un día el gobierno quiere vender este silo, nos tendríamos que ir de aquí. Eso nos molestaría porque tenemos unas instalaciones geniales en las que hay mucho dinero invertido gracias a la Fundación Valhondo Calaff». Aunque por esa parte existe cierta tranquilidad en la oenegé porque son conscientes de la dificultad para vender el terreno, ya que a las empresas cacereñas les interesa un espacio distinto con otras características, ya que la estructura debería mantenerse. 

Recuerda con tristeza alguna ocasión en la que han sufrido robos dentro de la propia sede. «Una vez entraron y nos quitaron unos palés de aceite; nos dolió mucho. No hay nada más triste que robar a un pobre, es que no es a nosotros a quien fastidia, sino a los más necesitados», condena el dirigente. Además, en otra ocasión también han sido víctimas del mismo delito porque les hurtaron unas medallas que habían recibido por su actuación:«No nos duele por el valor monetario, pero sí por el sentimental, además del destrozo que nos causaron en las oficinas». Problema que creen haber solucionado gracias a la instalación de cámaras de seguridad y los cierres que han puesto en las puertas.

«Lo mejor que podría pasarnos es que tuviéramos que cerrar porque no hay nadie a quien repartir, eso sería maravilloso», finaliza Fernández Rincón, presidente de un colectivo con vocación de ayudar a los más vulnerables del sistema.