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LA FAMOSA AVE DE LA CIUDAD MONUMENTAL ES UNA ATRACCIÓN MÁS PARA LOS TURISTAS QUE VISITAN CÁCERES

El pavo de Torre de Sande de Cáceres pasa por el 'taller'

Como si se tratara de una mascota habitual, Curro, como se llama el animal, visita dos veces al año al veterinario. Fue un regalo de una cliente del restaurante a sus propietarios, César Ráez y Consuelo Villalba, que ya habían tenido otros dos ejemplares antes

 

Revisión: El veterinario inmoviliza a Curro para sacarle las muestras. - CEDIDA POR CLÍNICA AZUREUS

Luciendo palmito: A Curro le gusta subirse al muro del restaurante Torre de Sande donde tiene buenas vistas. - FRANCIS VILLEGAS

CARMEN HERNÁNDEZ MANCHA
11/01/2018

Hay mascotas de todo tipo. A los habituales perros y gatos, se suman conejos, peces, agapornis, hasta serpientes. Lo que no es tan corriente es que se tengan pavos reales. Sin embargo, algo debe tener este animal para que César Ráez y Consuelo Villalba los tengan como animales de compañía desde hace años, «nos gusta por lo estético y porque es muy dócil», explica su dueña. Ellos son los propietarios del restaurante Torre de Sande en la parte antigua y su pavo es una atracción más tanto del establecimiento como de la ciudad monumental.

Curro, como se llama el animal, se pavonea como no puede ser de otra manera, pero para lucir lustroso y sano, como los demás animales domésticos, tiene que visitar al veterinario. Alejandro Martín es el profesional que le atiende en la clínica Azureus. Él está especializado en animales exóticos y es su ‘médico de cabecera’. Curro pasó por sus manos esta semana, tocaba un chequeo, «hace tres años y medio estuvo a punto de morir por una infección y, desde entonces, le hacemos controles cada seis meses», detalla Alejandro Martín. La causa, según el veterinario, «un problema muy grande con las palomas de la parte antigua, son un foco de contagio para todo tipo de aves». «Comenzó a ponerse muy flaco y lo llevamos a Alejandro», recuerda Consuelo Villalba, «nos dijeron que tenía una infección en la sangre y es que, claro, comparte comida y bebida con las palomas», que se acercan a su comedero y bebedero sin posibilidad de evitarlo .

Como ‘estrella’ que es del restaurante, más allá del menú, los propietarios de Curro le cuidan con mimo. El veterinario le hace análisis de heces cada seis meses para comprobar que no tiene parásitos y de sangre, una vez al año, también se revisa el pico y su estado general, «como está en el restaurante, le miramos al milímetro». Manos expertas saben cómo inmovilizar al animal para que no se haga daño cuando se extraen las muestras, los pavos reales tienen mucha fuerza en las patas y podrían lastimarse durante la exploración. Cuenta Alejandro Martín que un pavo real, «puede llegar a vivir unos diez años, pero cuidado y bien alimentado, hasta quince».

Curro, a sus siete años, está hoy sano y luce un extraordinario plumaje azul propio de su especie. «Yo creo que es muy presumido», relata su dueña, «cuando escucha gente en San Mateo, se pone en el pico del muro para que todo el mundo le vea». Tanto le gusta lucirse, por algo pavonearse viene de pavo, que en Semana Santa le tienen que guardar porque «hay cofradías a las que les molesta, porque hay gente que está en recogimiento y se ponía a cantar en medio de la procesión y, claro, se perdía esa emotividad», justifica Consuelo, «luego, cuando pasa, lo volvemos a soltar».

Los pavos reales son animales muy territoriales cuando están en celo, que es el momento justo en el que lucen su plumaje con mayor esplendor, pero según su dueña, «no es peligroso». En esos días, simplemente, si hay mucha gente en el patio del restaurante, Curro se aparta y se sube a la zona alta del jardín. Sin embargo, cuando hay menos jaleo, se pasea altivo entre la clientela y, según Consuelo Villalba, «hasta deja que le den de comer».

Como Belén, la nieta de diecisiete meses de César y Consuelo, que según su abuela «en cuanto entra en el restaurante pide pan» porque sabe que a Curro le encanta comérselo y a ella, dárselo.

Consuelo Villalba tiene un montón de anécdotas como ésta de Curro y, también, de sus predecesores, el pavo Torre y la pava Sande. Un día, un vecino les avisó de que habían visto el macho en la torre de la concatedral, «había ido de tejado en tejado y la gente estaba alucinando de verle allí en Santa María». Como Torre no parecía que tuviera intención de bajar, se llevaron a Sande a la plaza, al verla, se animó a descender para estar con su pareja. «Torre era más territorial que Curro, como tenía hembra», justifica Consuelo, «de hecho, un día pasó que actuaba Nati Mistral en el Gran Teatro y vino a nuestro restaurante con su perro y cuando Torre le vio, se fue para él, menos mal que Nati es muy comprensiva y no se molestó, es más, decía que era culpa suya por llevarse al perrito».

Curro es mucho más tranquilo, aunque también tiene sus anécdotas. Como se sube al muro para lucirse, un día de mucho viento un golpe de aire le tiró. Una vecina volvió a dar la voz de alarma a sus dueños: el pavo estaba en la plaza de San Mateo, «le encontramos desorientado y con mucho susto, se dejó coger, lo que no hace en el jardín, como agradecido de que le hubiéramos rescatado». Consuelo habla de él con la familiaridad con la que cualquier propietario de mascota habla de su perro o gato. Lo que ocurre es que, en este caso, es Curro, el famoso pavo de Torre de Sande.