+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
 
   
 
 

Cartas al director

 

08/05/2019

EL PSOE

Principio y acción

Miguel Fernández-Palacios Gordon // Madrid

Pedro Sánchez no debe olvidar que la S y la O de sus siglas son de socialista y obrero. Otros, por ignorarlo, llevaron a su partido a una extenuante travesía del desierto. Baste recordar que en 1982, tras la dictadura franquista y en una España ilusionada que ya no veía riesgo en votar a la izquierda, el PSOE alcanzó el Gobierno con 202 diputados; pero emprendió una reconversión industrial y una reforma laboral que le condujo a obtener 184 escaños 4 años más tarde. La farsa de la OTAN, la reforma de pensiones, las privatizaciones de empresas públicas, los GAL y las puertas giratorias, le hizo bajar a 175 diputados en 1989. La corrupción y la Ley Corcuera le llevó a 159 en 1993. Abrir la puerta al empleo temporal le hizo perder el Gobierno en 1996 con 141 escaños. En el año 2000, solo obtuvo 125.

En 2004, las mentiras conspiranoicas del PP, le auparon de nuevo al Gobierno con 164 y en esta legislatura Zapatero lo hizo bien, escalando, en 2008, a 169; pero entonces reformó el mercado laboral y modificó el artículo 135 de la Constitución acompañado del PP, perdiendo la presidencia al desplomarse en 2011 a 110. Con la aparición en 2015 de nuevos partidos –Ciudadanos y Podemos– sacó 90 escaños. En 2016, tras pactar con Ciudadanos cayó a 85. Y ahora, la irrupción de un peligro real como es Vox, moviliza a la izquierda y le alza a los 123. ¿Desoirá Sánchez las presiones internas y la de los lobbies económicos que le apremian a pactar con la derecha? ¿Hará caso de lo que le reclamaban sus militantes la noche electoral en las puertas de Ferraz? ¿Reconocerá Sánchez que muchos votos le han venido de Podemos? ¿Aprenderá las lecciones que le brinda el pasado para extraer consecuencias?

LOS POLÍTICOS

Rivera, el que más

José María Grandas // Madrid

Hay partidos de buena fe que desloman a sus militantes en las campañas para conseguir votos. Otros, idealistas o temerarios, se endeudan legalmente para costearlas.

Tampoco faltan, por desgracia, los que admiten dinero sucio haciendo promesas ilegales. Ni el que, en un caso célebre, no teniendo suficientes parlamentarios, para no perder su esperanza, consiguió dos tránsfugas del partido vencedor para obtener un sonado triunfo... de corrupción. Incluso hemos padecido el caso de quien, traicionando sus promesas de limpieza y austeridad e hipotecándose con un banco separatista, pudo mantener su cargo gracias a una votación interna en la que el voto no era secreto.

Pero el colmo, el campeón del cinismo antidemocrático es el de quien ha falsificado las votaciones de sus militantes, para imponer a sus candidatos. Así pasará a esa negra historia Alberto Rivera.