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Cartas al director

 

11/07/2019

SANIDAD

A José María Vergeles

María Luisa Sánchez // Cáceres

El 10 de junio mi marido ingresa en el Hospital Universitario de Cáceres por un aneurisma aórtico abdominal. Desde el primer momento, es el doctor Isidro San José Barrachina, cirujano vascular, el encargado de atender su evolución. En algún momento se contemplaba darle el alta, pero gracias a su preocupación, no fue así. Barrachina junto al doctor Samorodny fueron quienes operaron a mi marido. Ha hecho un trabajo impecable como persona y como médico.

Contaminación

Como perro sin pulgas

Araceli Palacios // Zahínos (Badajoz)

Algunas mañanas, mientras tomo el primer café, escucho las noticias. Cada vez entiendo menos al género ¿humano? Tres millones de años desde que nuestra abuela Lucy vio la luz allá por esas Etiopías y somos más primitivos que ella. Es más, los antes homínidos no hemos metamorfoseado, cual Gregorios Samsas, en una plaga de langostas destructivas. Usamos al mundo como un pañuelo desechable. En realidad usamos y tiramos, usamos y tiramos, sin pensar en las consecuencias, con lo cual, la necesidad de energía es infinita.

El domingo estuve viendo unos capítulos de la serie Chernóbil. Impresionante. Lo peor es que sucedió realmente y seguirá sucediendo. Las cucarachas no aprendemos; solo demolemos. Y pienso en el poder destructivo del uranio que quieren extraer de la Cabra, de mi tierra preciosa. Y leo que las economías emergentes (léase China, por ejemplo) planean seguir construyendo reactores nucleares con ese uranio. Y las noticias claman la amenaza nuclear de Irán y cuentan cómo está enriqueciendo uranio para seguir fabricando bombas. Y aún sabiendo que vamos hacia la hecatombe, nadie hace nada para darle una vuelta a este calcetín. Nada vale más que el dinero. Nada vale más que el poder. Así, cuando la pantalla muestra imágenes de playas llenas de plásticos y de cadáveres, bosques quemados, guerra y destrucción, no puedo por menos que pensar ( y mucho pienso para ser cucaracha) en la indigestión tan exagerada que le estamos provocando a este planeta, y que, cualquier día en medio de una gran un vomitera, nos pone las maletas en la puerta.

Los dinosaurios se extinguieron por accidente, pero está claro que nosotros lo vamos a hacer por méritos propios. Y cuando lo hagamos, el mundo se sacudirá el plástico y la morralla que le hemos echado encima, y descansará al fin. Como el perro al que le quitan las pulgas.

En la Sierra Suroeste seguimos gritando con la esperanza de que nos escuchen antes de que sea demasiado tarde: no a la mina de uranio, sí a la vida, sí al planeta.