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Café filosófico

Un museo para la caza

La caza es percibida, cada vez por más personas, como una actividad que despierta reparos morales

 

Un museo para la caza -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
09/10/2019

Se acumulan las malas noticias para el mundo de la caza. Hace unos días comentaba el descenso, uno año más, de la expedición de licencias en Extremadura. Una tendencia que se repite en todo el país y refleja el paulatino envejecimiento de las sociedades de caza. Pocos días después se denunciaba la muerte de cuatro linces ibéricos a manos de cazadores en la comarca de los Montes de Toledo. Y el domingo pasado nos enterábamos del preacuerdo de la Junta con un millonario madrileño para albergar en Olivenza una colección de más de mil animales disecados fruto de sus cacerías por todo el mundo.

Esta última noticia ha generado una sustanciosa polémica. No solo por el rango de los animales cazados y embalsamados (muchos de ellos al borde de la extinción) o el desparpajo con que este empresario exhibe en la prensa sus delitos fiscales, su rancia filiación franquista o el obsceno mundo de los safaris de lujo de los que participa (en los que el último grito parece ser pagar por cazar animales de colores inusuales logrados por selección genética). Lo más sorprendente de todo es el modo en que este señor ha pretendido «librar a su mujer e hijas» de los animales disecados que copan su palacete: tirando de vínculos personales –dice ser primo lejano del presidente de la Junta– y proponiendo una fundación público-privada para sostener un «museo de caza» con su nombre en Olivenza. Sin duda, Berlanga hubiera hecho de todo esto una nueva y descacharrante versión de La Escopeta Nacional.

La reacción de tanta gente a este último caso, o al de los cuatro linces muertos en Castilla-La Mancha, pone sobre el tapete un asunto que, tarde o temprano, el mundo cinegético tendrá que afrontar. La caza es percibida, cada vez por más personas, como una actividad que despierta muy justificados reparos morales. No hace falta ser animalista o ecologista para advertir que acorralar y disparar a animales por el puro placer de hacerlo es, cuando menos, cuestionable. Los animales no son personas, desde luego. Pero tampoco son simples dianas móviles. Hacerles sufrir hasta la muerte por puro deporte empieza a ser considerado por la inmensa mayoría como algo moralmente injustificable. La caza deportiva ha de buscar nuevos derroteros y opciones.

De otro lado, los argumentos que dan los defensores de la caza para librar a este «deporte» de su decadencia son muy endebles. La actividad cinegética puede reportar, en ciertos contextos, algunos beneficios medioambientales, sobre todo en relación a la superpoblación o extinción de ciertas especies (un efecto provocado, a menudo, por los propios cazadores, deseosos de introducir ciertos animales –véanse las numerosas granjas cinegéticas, especialmente de jabalíes– y de eliminar depredadores o «alimañas» que les puedan hacer la competencia). Pero esto no es de ningún modo generalizable. La protección del medio ambiente está, hoy, en manos de la Administración y de las leyes, uno de cuyos objetivos es restaurar la capacidad de regeneración y regulación natural de los ecosistemas, como se hace en los espacios naturales que gozan de la mayor protección.

El resto de argumentos a favor de la caza son igualmente discutibles, sobre todo si se los contrapone a la consideración moral que hacíamos antes. Ningún beneficio económico, tradición o ejercicio de libertad individual justifica que se haga sufrir innecesariamente a animales tan anhelantes de vida y sensibles al dolor como nosotros. El respeto a otros seres vivos y la idea de que estos no deben considerarse como meros objetos para nuestro entretenimiento son principios tan asentados ya en la sociedad que incluso forman parte de los contenidos curriculares que los docentes hemos de transmitir en clase. De ahí también la preocupación por las campañas de promoción de la caza en los colegios.

Nadie niega, en fin, que la milenaria cultura de la caza sea, como cualquier tradición, algo digno de conservar. Pero, mayormente, en un museo. Un museo en que se muestre, desde una perspectiva científica y artística el rico y complejo universo de la caza. Nada que ver, por tanto, con la casposa colección de momias que pretende transferirnos ese millonario pre-constitucional desde su mansión de la Moraleja.

*Profesor de Filosofía.

   
4 Comentarios
04

Por Infraestructuras 14:12 - 09.10.2019

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Y por supuesto, ni saben escribir tan bien, ni han tenido la oportunidad de hacerlo, porque su entorno no se lo ha permitido. Pero tienen su cultura, ya lo creo.

03

Por Infraestructuras 14:04 - 09.10.2019

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Bueno, pues concretando, no me refiero a todas las personas del medio rural, sino a aquellas que aceptan que su papel en el campo es el de máximo depredador y así actúan. Me refiero a aquellas para las que la caza siguen cumpliendo una función social y ni mucho menos me refiero a aquellos que van al campo a asesinar. Aquí en Extremadura, hay mucho asesino suelto, ahí sí estoy de acuerdo con Vds.

02

Por Alonsoquijano 13:20 - 09.10.2019

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Totalmente de acuerdo con el autor. Y también con Infraestructuras. Dedicarse a cazar animales por deporte a estas alturas es imposible de entender. Niezsche, cuyo último acto de lucidez antes de volverse loco fue abrazarse a un caballo al que maltrataban en la vía pública, tampoco lo entendería. Y mire. Yo soy de campo. Y estoy de acuerdo con la reflexión de este artículo, así que no generalice. Somos muchos los que damos vida al mundo rural sin tener que dar muerte a animales por puro placer de hacerlo. Hay otras formas de disfrutar del monte, y también de pegar tiros sin hacer daño a nadie. Acuérdense de todo esto estos meses venideros cuando no puedan pasear por el campo sin oír tiros y hasta sin tener que soportar una lluvia de plomos sobre la cabeza. Hasta aquí de la caza!!!

01

Por Infraestructuras 10:25 - 09.10.2019

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Con los del museo, no le quito la razón. Sin embargo, con lo de la caza, si tomamos por referencia a Niestzche en su libro “sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, nos dice cómo se produce el conocimiento: Lo primero, es una sensación que reciben nuestros sentidos del entorno. Después, esta sensación y mediante la metáfora, la organizamos en nuestra psique, a través de las normas que nos trnasmite nuestra sociedad, de acuerdo a modelos predeterminados, que nos proporciona nuestra propia sociedad, o algo así, corríjalo Vd. si no está de acuerdo, porque como profesor de filosofía, no se lo voy a discutir. La cuestión, es que las sensaciones que pueda recibir del entorno, un profesor de filosofía, que normalmente es hombre de ciudad, no se pueden trasladar a las sensaciones que pueda recibir un hombre de campo, que recibe dichas sensaciones de un entorno totalmente diferente. Así que, hágame Vd caso y dedíquese a la filosofía y deje el campo y la caza para quien lo entienda.