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La curiosa impertinente

¿Para que sirve un título?

 

No hace mucho, un amigo de mis hijos que ha renunciado a terminar la carrera porque quiere seguir su camino, moverse, estudiar y aprender lo que le demandan sus inquietudes y no pasar por el aro de cursar materias que, según él, no se relacionan en nada con sus intereses, terminaba su aserto con la pregunta, usted juzgará, querido lector, si retórica o no, «total, ¿para qué sirve un título?».

Este muchacho no forma parte de ese 1 de cada 5 jóvenes ninis españoles, ya que se ha ido a trabajar al extranjero, sin tener muy claro su futuro pero siguiendo su vocación aventurera. Y una le desea toda la suerte porque, valiente o inconsciente, no se ha quedado gorroneando a sus padres, matriculándose para tirar el dinero, saliendo de noche y levantándose a las tantas, consumiendo la paciencia de sus desesperados progenitores y desaprovechando todo lo que los contribuyentes invierten en ese servicio obligado del Estado del bienestar que tendría que tener como contrapartida inapelable la obligación de estudiar por parte de los alumnos.

Pero la juventud puede ser alocada, no escarmienta con los errores ajenos y entre sus derechos, está sin duda el equivocarse. Por mucho que se le diga al jovenzuelo hambriento de experiencias propias y saberes viajeros, que todos los expertos apuntan la necesidad fundamental de la formación y los títulos para conseguir un buen empleo, si no quiere creerlo, no lo creerá.

Además, ¿cómo convencerle de que un título académico refrenda, bajo la apariencia de un mero papel, años de trabajo serio, sabiduría y excelencia, a la vista del comportamiento picaresco de esos políticos que decidieron que necesitaban urgentemente unos másteres a la carta, lo mismo da en derecho autonómico que en perspectiva de género, equívocamente engendrados por ciertas universidades, que les enriquecerían sus currículums y les asegurarían su futuro, sin ir a clase, sin leer el TFG y con peregrinas convalidaciones? Tarea inútil.

Si encima alguien afirma al borde de las lágrimas que ¡no todos somos iguales! Las carcajadas se oirán en Tombuctú.

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1 Comentario
01

Por juan de la vera 11:48 - 12.09.2018

Y cuando el señor Casado enseña un papelito que no se lee, hay que reírse hasta dónde?