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Tribuna abierta

Subrogación, prostitución y moralina

Los asuntos de este calado deben tratarse desde un arduda reflexión moral

 

Subrogación, prostitución y moralina -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
03/10/2018

Hay moral y moralina. La moral refiere el problema y el arte de vivir correctamente; la moralina la manía de dictar esto mismo a los demás de forma frívola y dogmática. La moralina es especialmente insoportable cuando se aplica a asuntos que afectan a la vida real de las personas, y que suelen ser más complejos de lo que suponen los moralistas de salón. Dos de estos asuntos, siempre polémicos, son el de los embarazos subrogados y la prostitución. ¿Deben regularse tales ‘actividades’, o deben ser tajantemente abolidas?

Con respecto a este asunto se da una moralina, cabe decir, de ‘derechas’, y otra de ‘izquierdas’. La moralina de la derecha liberal solo se deja sostener desde un cierto ejercicio de cinismo (para un liberal no hay realmente moral que valga más allá de los deseos y el poder de cada cual). Para el liberal, los embarazos subrogados y la prostitución serían expresiones de ese sagrado bien que es la libertad individual dado en el marco del libre mercado. Allí, cada persona compra y vende lo que puede y quiere, incluyendo su propio talento, capacidad o fuerza de trabajo. ¿Por qué no también la capacidad para gestar niños o proporcionar placer sexual? ¿Acaso no puede hacer uno con su cuerpo – su más propia propiedad – lo que quiera?…

Desde luego, el liberal reconoce que las desigualdades de partida determinan casi absolutamente lo que cada uno puede comprar y vender. «Es ley de vida» (dirá con descaro). Pero aún así (añade con no menos cinismo) el pobre no deja de ser ‘libre’ para tratar de enriquecerse con ese cuerpo que es su única posesión, o para morir pobre y ‘dignamente’, si es eso lo que prefiere. Y la ley, que ha de amparar todas las libertades individuales, ha de amparar también esta...

En el extremo opuesto del cinismo de la moralina liberal, de lo que peca la moralina de izquierdas es de un rigorismo uráneo e inquisidor. Desde su perspectiva, los embarazos subrogados y la prostitución suponen en todas sus formas un tipo de explotación o abuso (de la mujer para más inri) absolutamente inaceptable y ante el que no cabe más que la abolición sin condiciones. Si a esto se le replica que la mayoría de esas mujeres carecen, hoy por hoy, de otro modo mejor de ganarse la vida que el de alquilar su cuerpo, la salida es clamar contra el capitalismo criminal y patriarcal, pero sin renunciar un ápice al discurso abolicionista. ¡Hágase justicia así se hunda el mundo! –parece que es la idea–. Acabar por decreto con las granjas de mujeres y los prostíbulos. Aunque con la miseria estructural que los alimenta –esto ya no se dice– no se acaba por decreto, y mientras se hace la revolución –y va para largo– también haya que comer.

Si la liberal es la moralina –repulsiva y cínica– de una mal concebida ‘libertad’, la de la izquierda es la moralina –ingenua y estéril– de una dignidad mal entendida. O entendida por aquel que vive más que dignamente y se permite el lujo de pontificar en torno al tema sin mayores consecuencias. «Si salvamos a las mujeres de la subrogación o la prostitución – aclara este paladín – ya encontrarán otra forma más digna (según él) de volver a... ser explotadas». ¿Pues cómo va a escoger libremente una mujer alquilar su vientre o prostituirse –supone el indignado moralista de izquierdas– si puede trabajar de sol a sol en el campo o en una fábrica de mala muerte? Imposible. Y si lo hace es que no sabe lo que hace, la pobre, o que está manipulada. (No sé si van entendiendo la creciente desafección por esta izquierda moralmente avanzada que, en vez de librar a los oprimidos de la pobreza, les promete salvarlos de la indignidad de vender ciertas funciones y partes de su cuerpo –¡como si no se explotaran, igual, todas las demás! –).

¿Quiere todo esto decir, en fin, que no se deba hacer nada contra el indigno comercio de vientres gestantes o de cuerpos en general? Por supuesto que no. Quiere decir que estos asuntos no se dejan tratar con moralinas, que estas lo dejan todo igual, y que solo sirven para tranquilizar conciencias. Incluso las de los más concienciados. Las cosas son pertinazmente más complejas, y requieren de una más ardua reflexión moral.