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La mirilla

Subrogar

 

Marian Rosado Marian Rosado
05/05/2019

Subrogar, raíz de la llamada gestación subrogada, es «sustituir o poner a alguien o algo en lugar de otra persona o cosa», según la definición de la RAE (Real Academia Española). «Eran mujeres muy pobres, que con ese dinero podían comprarse una casa o llevar a sus hijos a una buena escuela», me contaba una colega india esta semana.

Recordaba un reportaje que grabó en una de las «granjas de mujeres» que existían en la India hace pocos años. Al país se le conocía como la «fábrica de bebés» del mundo desde 2002, cuando abrió la puerta a los vientres de alquiler y se convirtió en el destino de parejas de todo el mundo que deseaban tener hijos. Pero en 2016 el Parlamento restringió la gestación subrogada a parejas heterosexuales indias.

«Granja de mujeres», «fábrica de bebés». Mi amiga india dice que entiende a las parejas que buscan un hijo, pero que es inmoral comprarlos.

Estoy de acuerdo. En este periódico tuve la oportunidad de hacer un reportaje sobre gestación subrogada o vientres de alquiler en el que conocí a familias que habían pasado por ese proceso. Es imposible no sentir empatía por esos padres amorosos, por su deseo de formar una familia y dar amor a una criatura. Pero qué pasa con la mujer que ha pasado por nueve meses de embarazo.

Dicen los que defienden la gestación subrogada que puede ser un acto altruista. Puede. Las estadísticas reflejan que esos son casos son puntuales.

«Es puro capitalismo», dice mi colega. «Es libre elección», dicen los liberales. Bueno, no hay libre elección en un sistema donde rige la ley de la oferta y la demanda, donde las más pobres entre las pobres tienen que sacrificar su cuerpo para aspirar una vida digna, donde se pone precio al útero de una mujer.

Yo soy mujer y no me imagino pasando por ese proceso salvo que lo necesitara una persona muy querida. O que yo tuviese una necesidad económica muy grande. He aquí.

«El cuerpo de la mujer es la última frontera del capitalismo», afirma la académica Silvia Federici. Sin esa capacidad para producir trabajadores no se hubiera desarrollado el sistema y de ahí la necesidad de controlarlos.

Los avances científicos han convertido a las mujeres en industrias de niños. Seres humanos de compra y venta.

La última frontera.