Hace poco, por motivos laborales, estuve de viaje en una pujante ciudad de Oriente Medio. Aproveché para ir a un supermercado y comprar algunas especialidades locales. Es algo que me gusta hacer cuando voy de viaje, ya que de vuelta en casa me permite seguir disfrutando de sabores que encuentro exóticos y me transportan de nuevo a otras latitudes.

La sorpresa vino cuando, a la vuelta, paseando por mi barrio, entré en un comercio de productos indios y encontré todos los mismos artículos que yo me había traído. Allí, a cinco minutos de casa, sin necesidad de volar ni tener que transportar nada.

Por un lado, sentí que la globalización es maravillosa. Es una suerte que, gracias a este comercio, pueda comprar cuando quiera cualquier tipo de producto oriental. Es fantástico que pueda seguir consumiendo productos que me encantan durante todo el año, sin necesidad de viajar a otros países para conseguirlos. Pero, al mismo tiempo, no pude dejar de sentir un cierto desencanto. Si durante todo el año en mi ciudad encuentro ya todo tipo de nacionalidades con las que compartir experiencias, restaurantes de todo el mundo y productos exóticos, ¿qué encanto le queda a viajar? ¿Dónde está el espacio para el descubrimiento, el asombro o la sorpresa?