Hace una semana, Guillermo Fernández Vara renovaba su cargo de secretario general del PSOE de Extremadura con un 99,01 % de los votos de los asistentes. Una cosa es tener unidad en las propias filas y otra esta práctica unanimidad. Con semejante aclamación, el presidente extremeño se creerá que es un fuera de serie y, como a los emperadores romanos cuando desfilaban en triunfo tras haber ganado una batalla a los bárbaros, estaría bien que algún correligionario le fuera repitiendo al oído aquello de «recuerda que eres mortal» (memento mori), pero no está la cosa política como para ejercer de aguafiestas. Ante resultados como ese, sospechosos de tan abultados, antes se hablaba de ganar «a la búlgara», recordando los de Todor Zhivkov, que gobernó su país con puño de hierro durante 35 años. Pero en realidad es un resultado habitual en la España autonómica, y más cuando no hay otro candidato. Por poner un ejemplo, la última vez que Alberto Núñez Feijoo fue reelegido presidente del PP de Galicia, lo hizo con el 98,3 % de los votos.

Extremadura, Galicia. Dos regiones donde el caciquismo, aunque de distinta tendencia, parece inevitable, inherente a su propia estructura, y con el que al final una mayoría parece satisfecha. Y a quien no le guste, que emigre a otra tierra, y no se queje tanto. Esta semana se celebró en La Coruña un extenso congreso sobre ‘Emilia Pardo Bazán, cien años después’, con motivo del centenario de la escritora gallega que, en Los pazos de Ulloa, denunció con valentía (más aún siendo ella aristócrata) las taras del caciquismo. Los modos actuales son muy distintos, más solapados y sibilinos, y siempre podrían ser peores. El dominio del PSOE en Extremadura no ha generado una corrupción tan monstruosa como la del PP en Murcia, Valencia hasta hace poco, y no digamos Madrid. Y tampoco es que haya alternativas mejores, pues el PP da pena, aguantando aún Monago, inasequible al desaliento, y aguantándolo (con esa disciplina monolítico-militar de la derecha española) sus compañeros, aunque quizás alguno como el cacereño Laureano León, el pacense Francisco Javier Fragoso o el placentino Fernando Pizarro podría rascar un resultado más digno.

Los romanos eran muy sabios y quien toca el cielo debería recordar que solo puede ir hacia abajo, salvo que lleve a cabo un difícil ejercicio de modestia. Cada vez más pienso que, en democracia, los gobernantes se parecen a los gobernados y esa dicotomía entre pueblo y casta es bastante matizable: en el pueblo hay muchos a los que les gustaría ser casta y que venderían a su madre si hiciera falta por un cargo. Fernández Vara se parece a una mayoría del pueblo extremeño: sensato, envejecido, conformista y de buen comer, como Díaz Ayuso se parece a buena parte de los madrileños: alienados, materialistas, prepotentes, buscavidas y aficionados a las cañas. Cierto que esa descripción (salvo lo último) no encaja con ninguno de mis amigos madrileños, pero ninguno votó a Ayuso.  

A veces se gobierna más cuando no se está tan seguro, y por eso uno se esfuerza por hacer las cosas bien. Un ejemplo es el de Luis Salaya, con una frágil mayoría de gobierno, y al que, aunque al principio saliera con la bobada del Buda, hay que reconocer que ha dado un nuevo aire a Cáceres, para mejor. Desde sus planes de ayuda al comercio local, que han revitalizado un centro que languidecía con el PP (los ricachones viven a las afueras, en la Sierrilla o en el Ceres Golf) a la finalización y apertura de la Ronda Sureste o a medidas como la reordenación de algunas calles: cosas tan simples como cambiar la señalización de aparcamientos en la calle Argentina, que antes era caótica, o algunas calles de los Fratres, medidas que hacen nuestra ciudad más habitable pero que no salen en titulares, y son por ello más meritorias.

* Escritor