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El Periódico Extremadura

Mario Martín Gijón

Espectráculo

Mario Martín Gijón

Recurrencias

La feria del libro de Cáceres de este año, por fin, apostó por la calidad, mérito a reconocer de organización y Ayuntamiento

Mañana domingo se clausura la Feria del Libro de Cáceres, después de once días en los que se ha desarrollado un programa notable, de nivel muy superior al de años anteriores, encabezado por autores extremeños muy reconocidos, como Javier Cercas, Ada Salas, Santos Domínguez, Isaac Rosa o Pilar Galán, pero dando también protagonismo a autores más jóvenes como los cacereños David Eloy Rodríguez y Montaña Campón, a la literatura infantil, con Beatriz Osés, y a los libros de profesores de la Universidad, desde catedráticos como Enrique Moradiellos y José Luis Bernal a jóvenes promesas como Lucía Tena Morillo, César Rina Simón o Santiago López Rodríguez. Si otros años se había apostado por lo comercial (como la venidera Feria del Libro de Badajoz, que traerá como mascarón de proa a “Carmen Mola”), la de Cáceres este año, por fin, apostó por la calidad, mérito a reconocer de organización y Ayuntamiento.  

Por cuestiones laborales, familiares y de salud, apenas pude pasarme por la Feria, pero de todas las presentaciones, la que más lamenté perderme fue la del libro Camarón, dicen de mí, con texto de Carlos Reymán Güera y dibujos de Raulowsky. No porque sea aficionado al cante jondo (que no lo soy, aunque reconozca su mérito), sino por lo que tenía este acto de homenaje a Reymán, autor pacense que murió demasiado joven, víctima de un tumor cerebral y cuyo libro más destacado es Recurrencias, publicado hace un par de años por la editorial emeritense De la Luna Libros.

Me ocurrió que compré este libro el verano pasado, habiéndomelo recomendado dos grandes amigos, grandes autores y grandes lectores, como son el novelista gráfico Fidel Martínez y el poeta y crítico Eduardo Moga. Lo compré y lo dejé junto a otros libros pendientes, y no lo había leído aún cuando supe de la muerte de Reymán, que me impactó, pues no sabía de su enfermedad. La lectura de Recurrencias, por tanto, estuvo teñida de la tristeza de no haber leído antes, en vida, a un autor tan prometedor como modesto, que solo había publicado un libro más, Demagogias, en 2016, y que en el libro de relatos que leí se muestra dueño de un estilo irónico y melancólico, como muestranrelatos como “La necesidad de las erratas” o “c. r. g.”, que comienza: “No haber escrito una obra meritoria, una obra reseñable, quizá no haber sabido y hacer de la vida un mal juego de espejos empañados, enfrentados en una esquina de la calle”.

Los personajes de Reymán son gente corriente a la que ocurren cosas extrañas, como el protagonista de “El reloj”, al que despiden de un hotel, o gente algo estrafalaria, como los protagonistas de “Mis 300 kilos de vida” o “Las gafas”, pero en todos sus relatos se desprende una profunda compasión por las debilidades humanas y una conciencia de que “Todas las familias tienen un cadáver en el armario” o de que incluso las personas más detestables pueden tener un buen gesto, como se narra en el cuento “Mi jefe”.

Leer Recurrencias es encontrar motivos recurrentes pero es, sobre todo, ver el germen de una obra truncada demasiado pronto, con la ternura de los relatos “Los gorriones” o “La paloma” protagonizados por la niña Lucía, el toque borgiano de “Los espías gemelos”, la ironía metaliteraria en “Diario de un poeta recién olvidado”, “Diario de un escritor todavía joven, aspirante al Nobel de Literatura” o “Hablando con Unamuno”, o la nostalgia de las pérdidas cercanas como “El abuelo” o “La higuera y la parra”. Concluye el libro con una “Adivinanza” que, leída ahora, nos suena como epitafio: “Escritor sin techo, mendigo de palabras, hace la calle y la periferia, se sienta a las puertas de las editoriales que no le abren, descobijado, se sabe dos o tres frases en el idioma de los atardeceres, las siete letras del alfabeto del agua”.   

*Escritor

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